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1.
La
Biblia,
¿libro
prohibido?
Nuestra
época
es
testigo
de
un
interés
extraordinario
por
conocer
la
Palabra
de
Dios.
Se
multiplican
las
ediciones
de
la
Biblia,
se
escriben
comentarios,
se
celebran
sesiones
de
estudios,
cada
vez
se
quiere
conocer
mejor
los
libros
sagrados...
Este
interés
llama
más
la
atención
porque
sigue
a
una
época
en
la
que
la
Biblia
parecía
un
libro
prohibido.
En
realidad,
nunca
ha
sido
un
libro
prohibido.
Nadie
puede
prohibir
a
Dios
que
hable,
ni
que
conozcamos
lo
que
Dios
ha
dicho.
Pero
durante
tiempo
nos
hemos
mantenido
muy
alejados
de
la
Biblia.
Como
en
tantas
otras
cosas,
hemos
sido
víctimas
de
las
circunstancias.
La
Reforma
luterana
usó
y
abusó
de
la
Biblia.
Sometida
al
libre
examen
de
cada
uno,
sirvió
para
justificar
doctrinas
que
nunca
en
ella
se
habían
escrito.
Esto
fue
ocasión
para
que
el
Magisterio
de
la
Iglesia
exigiese
una
serie
de
condiciones
para
la
lectura
de
la
Biblia,
que
pudiesen
inmunizar
de
errores
al
lector.
La
consecuencia
fue
que
la
Biblia
apenas
se
leía.
Así
se
evitaban
falsificaciones,
mutilaciones
y
torcidas
interpretaciones.
Pero
el
pueblo
cristiano
se
veía
privado
del
contacto
directo
con
la
Palabra
de
Dios.
Hoy
la
Biblia
ha
pasado
a un
primer
plano.
Vamos
a
intentar
una
aproximación
a la
Biblia,
llevados
de
la
mano
de
la
Constitución
sobre
la
Divina
Revelación,
del
Concilio
Vaticano
II.
2.
Dios
habla
a
los
hombres
Dios
quiso,
con
su
bondad
y
sabiduría,
revelarse
a sí
mismo
y
manifestar
el
misterio
de
su
voluntad:
por
Cristo,
la
Palabra
hecha
carne,
y
con
el
Espíritu
Santo,
pueden
los
hombres
llegar
hasta
el
Padre
y
participar
de
la
naturaleza
divina.
En
esta
Revelación,
Dios
invisible,
movido
de
amor,
habla
a
los
hombres
como
amigos
trata
con
ellos
para
invitarlos
y
recibirlos
en
su
compañía.
La
Revelación
se
realiza
por
obras
y
palabras
intrínsecamente
ligadas;
las
obras
que
Dios
realiza
en
la
historia
de
la
salvación
manifiestan
y
confirman
la
doctrina
y
las
realidades
que
las
palabras
significan;
a su
vez,
las
palabras
proclaman
las
obras
y
explican
su
misterio.
La
verdad
profunda
de
Dios
y de
la
salvación
del
hombre
que
transmite
dicha
revelación
resplandece
en
Cristo,
mediador
y
plenitud
de
toda
revelación.
Div. Rev., 2.
-Dios
intenta
en
la
revelación,
ante
todo,
la
manifestación
del
misterio
de
salvación
realizado
en
Cristo.
Ninguna
realidad
de
este
mundo
es
objeto
de
una
enseñanza
divina,
dada
por
modo
de
revelación,
si
no
es
desde
el
punto
de
vista
de
su
relación
con
la
revelación
de
este
misterio
de
salvación
en
Cristo.
Éstas
son
las
enseñanzas
que
deben
buscarse
en
la
Escritura
Sagrada.
En
ella
no
hay
ninguna
verdad
divinamente
garantizada
más
que
en
los
puntos
que
a
ésta
se
refieren;
fuera
de
sí,
no
aporta
enseñanza
alguna
positiva
que
exija
de
nuestra
parte
una
adhesión
de
fe.
-Dios
nos
habla
como
amigos.
Con
profunda
intimidad
y
con
progresiva
lentitud.
El
Antiguo
Testamento
fue
una
lenta
preparación
hasta
que
llegó
la
plenitud
total
en
Cristo.
Incluso
la
revelación,
ya
acabada,
ha
de
ser
todavía
explicitada
en
la
Iglesia
e
interpretada
en
su
tradición
bajo
la
acción
del
Espíritu
Santo,
que
lleva
a
los
hombres
a la
entera
verdad
(Jn
16,13).
El
contenido
positivo
de
cada
texto
debe,
por
lo
tanto,
ser
apreciado
en
una
perspectiva
dinámica.
La
verdad
de
cada
texto
debe
entenderse
teniendo
en
cuenta
el
conjunto
de
la
revelación
y su
carácter
progresivo.
-La
Biblia,
pues,
debe
entenderse
en
su
totalidad,
pues
sólo
así
tiene
verdadero
sentido.
No
podemos
quedarnos
en
unas
creencias
de
unos
tiempos
anteriores
a
Cristo,
ciertamente
manifestadas
en
la
Biblia,
pero
tendentes
a
una
manifestación
ulterior
más
plena.
Como
tampoco
es
lícito
citar
simplemente
una
frase
aislada
de
contexto
para
demostrar
una
cuestión
que
nos
interesa.
-Dios
se
revela
no
sólo
con
palabras,
sino
también
con
obras,
en
una
plena
e
intrínseca
dependencia
de
unas
y
otras.
Lo
más
característico
de
nuestra
revelación
cristiana
es
que
Dios
ha
entrado
en
nuestra
historia.
3.
Respuesta
a la
revelación:
la
Fe
Cuando
Dios
revela,
el
hombre
tiene
que
someterse
con
la
fe.
Por
la
fe
el
hombre
se
entrega
entera
y
libremente
a
Dios,
le
ofrece
el
homenaje
total
de
su
entendimiento
y
voluntad,
asintiendo
libremente
a lo
que
Dios
revela.
Para
dar
esta
respuesta
de
la
fe
es
necesaria
la
gracia
de
Dios,
que
se
adelanta
y
nos
ayuda,
junto
con
el
auxilio
del
Espíritu
Santo,
que
mueve
el
corazón,
lo
dirige
a
Dios,
abre
los
ojos
del
espíritu
y
concede
a
todos
gusto
en
aceptar
y
creer
la
verdad.
Para
que
el
hombre
pueda
comprender
cada
vez
más
profundamente
la
revelación,
el
Espíritu
Santo
perfecciona
constantemente
la
fe
con
sus
dones.
Div. Rev., 5.
-La
respuesta
a la
Revelación
es
la
fe,
que
se
define
como
"
entrega
entera
y
libre
a
Dios".
El
diálogo
iniciado
se
convierte
en
verdadero
encuentro
entre
personas.
Esto
es
lo
más
característico
de
la
fe
cristiana,
cuyo
fundamento
esencial
no
se
encuentra
en
la
aceptación
de
unas
verdades,
sino
en
la
aceptación
personal
que
lleva
como
consecuencia
la
admisión
de
unas
verdades.
No
es,
por
tanto,
la
fe
cristiana
"creer
que
existe
algo",
sino
abrirse
profundamente
a
una
relación
personal
con
Dios
que
se
nos
comunica.
No
ofrecemos
a
Dios
en
el
acto
de
fe
una
adhesión
intelectual,
sino
una
total
aceptación
personal;
es
el
hombre
entero
que
se
ofrece
a
Dios.
-Con
ese
espíritu
de
fe
debemos
acercarnos
a la
lectura
de
la
Biblia.
En
nada
se
parece
a la
actitud
meramente
apologética,
que
busca
y
rebusca
en
la
Biblia
unas
frases
con
las
que
demostrar
unas
verdades,
o
para
arrojarlas
en
la
cara
a
los
que
consideramos
"enemigos".
4.
Escritura,
Tradición
y
Magisterio.
La
Tradición
y la
Escritura
están
estrechamente
unidas
y
compenetradas;
manan
de
la
misma
fuente,
se
unen
en
un
mismo
caudal,
corren
hacia
el
mismo
fin.
La
sagrada
Escritura
es
la
Palabra
de
Dios,
en
cuanto
escrita
por
inspiración
del
Espíritu
santo.
La
Tradición
recibe
la
Palabra
de
Dios,
encomendada
por
Cristo
y el
Espíritu
Santo
a
los
Apóstoles,
y la
transmite
íntegra
a
sus
sucesores;
para
que
ellos,
iluminados
por
el
Espíritu
de
la
verdad,
la
conserven,
la
expongan
y la
difundan
fielmente
en
su
predicación.
Por
eso
la
Iglesia
no
saca
exclusivamente
de
la
Escritura
la
certeza
de
todo
lo
revelado.
Y
así
ambas
se
han
de
recibir
y
respetar
con
el
mismo
espíritu
de
devoción.
La
Tradición
y la
Escritura
constituyen
el
depósito
sagrado
de
la
Palabra
de
Dios,
confiado
a la
Iglesia.
Fiel
a
dicho
depósito,
el
pueblo
cristiano
entero,
unido
a
sus
pastores,
persevera
siempre
en
la
doctrina
apostólica
y en
la
unión,
en
la
Eucaristía
y la
oración,
y
así
se
realiza
una
maravillosa
concordia
de
Pastores
y
fieles
en
conservar,
practicar
y
profesar
la
fe
recibida.
El
oficio
de
interpretar
auténticamente
la
Palabra
de
Dios,
oral
o
escrita,
ha
sido
encomendado
únicamente
al
Magisterio
de
la
Iglesia,
el
cual
lo
ejercita
en
nombre
de
Jesucristo.
Pero
el
Magisterio
no
está
por
encima
de
la
Palabra
de
Dios,
sino
a su
servicio,
para
enseñar
puramente
lo
transmitido,
pues
por
mandato
divino
y
con
la
asistencia
del
Espíritu
Santo,
lo
escucha
devotamente,
lo
custodia
celosamente,
lo
explica
fielmente;
y de
este
depósito
de
la
fe
saca
todo
lo
que
propone
como
revelado
por
Dios
para
ser
creído.
Así,
pues,
la
Tradición,
la
Escritura
el
Magisterio
de
la
Iglesia,
según
el
plan
prudente
de
Dios,
están
unidos
y
ligados,
de
modo
que
ninguno
puede
subsistir
sin
los
otros;
los
tres,
cada
uno
según
su
carácter,
y
bajo
la
acción
del
único
Espíritu
Santo,
contribuyen
eficazmente
a la
salvación
de
las
almas.
Div. Rev., 9 y 10.
La
Revelación
de
Dios
tiene
un
destino
universal
en
el
espacio
y en
el
tiempo,
en
estrecha
vinculación
con
la
universalidad
y
continuidad
de
la
comunidad
creyente,
que
es
"sacramento
de
salvación"
para
la
humanidad
entera.
El
mensaje
de
salvación,
preparado
y
prefigurado
en
Israel
como
antiguo
Pueblo
de
Dios,
se
hizo
eficazmente
presente
en
el
misterio
de
Cristo,
y
pasa
a
través
de
los
Apóstoles
al
nuevo
Pueblo
elegido
en
Cristo.
La
Revelación
sigue
el
mismo
proceso
histórico
que
la
historia
de
salvación.
Lograda
su
plenitud
con
la
venida
de
Cristo
y
consumado
el
misterio
de
Cristo
con
su
glorificación
y
con
la
misión
del
Espíritu
de
la
verdad,
esta
revelación
se
continúa
en
el
seno
de
la
comunidad
creyente
por
la
predicación
y la
fe
en
primer
lugar,
y
después
por
su
consignación
escrita
en
la
Escritura,
como
libro
de
la
comunidad
eclesial
y en
unión
indisoluble
con
la
Tradición
oral.
El
binomio
Revelación-comunidad
creyente
radica
en
la
constitución
y
existencia
misma
de
ambas
realidades.
El
nacimiento
del
Pueblo
de
Dios,
tanto
en
la
Antigua
como
en
la
Nueva
Alianza,
manifiesta
una
serie
ininterrumpida
de
vínculos
de
dependencia
con
el
constituirse
mismo
de
la
revelación
y
con
su
desarrollo
progresivo
a lo
largo
de
la
historia
de
la
salvación.
El
Pueblo
de
Dios
recibe
su
existencia
en
la
revelación,
y la
revelación
supone
necesariamente
el
Pueblo
de
Dios,
que
la
recibe
y
transmite
vitalmente
en
su
peregrinar
histórico.
La
Iglesia
no
puede
existir
sin
la
revelación,
y la
revelación
no
puede
transmitirse
sino
en
la
Iglesia.
La
Iglesia
es
la
presencia
visible
y
actuación
eficaz
de
la
revelación
en
el
mundo,
preparada
por
Dios
en
la
antigua
alianza,
llevada
a su
plenitud
en
Cristo
con
su
Espíritu,
y
destinada
a
continuarse
hasta
su
plena
consumación
en
la
visión
gloriosa.
La
revelación,
pues,
ha
sido
entregada
a la
Iglesia
para
que,
en
el
seno
de
esta
comunidad
de
salvación,
el
mensaje
cristiano
llegue
a
todos
sus
destinatarios
en
este
tiempo
medio,
desde
la
entronización
de
Cristo
Resucitado
a la
derecha
del
Padre,
hasta
su
segunda
venida
gloriosa
al
fin
de
los
tiempos
como
juez
glorioso
de
la
humanidad
entera.
Una
característica
del
comunicarse
de
Dios
a
los
hombres,
universalmente
válida
en
la
historia
de
salvación,
es
que
la
revelación,
tanto
en
su
fase
de
preparación
y
promesa
como
en
su
fase
de
plenitud,
no
se
dirige
primariamente
a un
individuo
aislado,
sino
a la
comunidad
de
la
que
forma
parte.
La
revelación,
en
la
fase
de
entrada
en
la
historia
y en
la
fase
de
su
transmisión
continua
en
el
tiempo
y en
el
espacio,
implica
una
comunidad
de
creyentes
que
recibe
y
transmite
la
Palabra
de
Dios
revelada,
y
esta
comunidad
creyente
implica
por
su
misma
naturaleza
la
revelación.
Si
entendemos
bien
esta
mutua
vinculación
de
la
revelación
y de
la
comunidad
creyente,
nos
daremos
cuenta
de
que
no
se
puede
concebir
a la
Iglesia
como
una
congregación
de
hombres
ya
existente
y
constituida
en
sí a
la
que
posteriormente
se
confía
la
revelación.
La
Iglesia,
por
el
contrario,
se
constituye
en
la
misma
revelación.
La
revelación
y la
voluntad
salvadora
de
Dios
tienen
como
meta
la
salvación
de
los
hombres.
Toda
la
revelación
debe
transmitirse
íntegra
a
todos
los
hombres
de
todas
las
edades,
comenzando
por
la
edad
apostólica,
porque
a
todas
abraza
la
voluntad
salvadora
de
Dios.
El
paso
del
Evangelio
de
Cristo
a
los
apóstoles
está
garantizado
por
el
mismo
Cristo.
La
obra
reveladora
de
Cristo
no
se
consuma
sino
con
la
misión
del
Espíritu
de
la
verdad.
Aquellos
días
de
convivencia
del
Cristo
Resucitado
con
sus
apóstoles
y
demás
discípulos
fueron
muy
fecundos
para
completar
la
revelación
de
los
misterios
del
Reino
comenzada
en
los
días
de
su
vida
mortal.
El
mandato
dado
por
Cristo
a
los
apóstoles
de
predicar
este
Evangelio
significa
transmitir
toda
esta
plenitud
de
la
revelación.
Los
apóstoles
realizan
su
misión
primero
por
la
predicación
oral.
Ellos
hicieron
eficazmente
presente
esta
salvación
de
Cristo
testimoniándola
con
su
palabra,
con
su
actividad
sacramental
y
con
el
ejemplo
de
su
vida
integralmente
cristiana.
Más
tarde,
los
mismos
apóstoles
y
otros
de
su
generación
pusieron
por
escrito
el
mensaje
de
la
salvación,
inspirados
por
el
Espíritu
Santo.
Para
que
el
Evangelio
se
conservara
constantemente
íntegro
y
vivo
en
la
Iglesia,
los
apóstoles
dejaron
como
sucesores
suyos
a
los
obispos,
entregándoles
su
propio
cargo
del
magisterio.
Pablo
recomienda
a
todos
los
cristianos
de
Tesalónica
que
"oren
para
que
la
Palabra
de
Dios
corra"
(2
Tes
3,1).
La
palabra
predicada
en
la
Iglesia
no
es
sólo
la
palabra
de
los
apóstoles,
de
modo
que
todos
los
demás
sean
meros
oyentes,
sino
la
palabra
de
toda
la
comunidad
de
creyentes,
en
la
que
los
ministros
sagrados
y el
pueblo
cristiano
contribuyen
mutuamente
a
hacerla
eficazmente
presente
al
mundo
y a
conservarla
en
el
tiempo.
Algo
parecido
decía
también
Pablo
a
los
cristianos
de
Corinto
(1
Cor
14,
26):
"Cuando
os
reunís,
cada
uno
aporta
su
carisma:
quien
salmo,
quien
doctrina,
quien
revelación,
quien
lengua,
quien
interpretación.
Sea
todo
para
aprovechar
a
otros".
Dada
la
dificultad
de
precisar
los
límites
a
los
que
puede
extenderse
la
tradición,
y
dada
la
indeterminación
en
que
queda
esa
posibilidad
de
desbordar
el
sentido
histórico
de
la
sagrada
Escritura,
es
preciso
un
factor
de
estabilidad
que
garantice
la
unidad
de
la
fe.
Es
el
Magisterio
de
la
Iglesia
a
quien
compete
interpretar
auténticamente
la
palabra
de
Dios
escrita
o
transmitida
oralmente.
La
Iglesia
recibió
de
Dios
el
encargo
y el
deber
de
conservar
e
interpretar
la
Palabra
de
Dios.
Los
exegetas
y
teólogos
ayudan
con
sus
estudios
a la
Iglesia
para
que
madure
su
conocimiento
de
la
Palabra
de
Dios.
Al
Magisterio
de
la
Iglesia
corresponde,
por
voluntad
de
Dios,
el
conservar
e
interpretar
auténticamente
esa
Palabra
de
Dios.
De
ninguna
manera
puede
esto
suponer
que
el
Magisterio
de
la
Iglesia
esté
por
encima
de
la
Palabra
de
Dios:
más
bien
está
a su
servicio,
para
descubrirla,
interpretarla
y
darla
a
conocer.
Las
definiciones
solemnes
de
los
concilios
y de
los
Papas
son
absolutamente
infalibles.
Cuando
exponen
auténticamente
el
significado
de
un
pasaje
concreto
de
la
Escritura,
queda
definido
que
ése
y no
otro
es
su
auténtico
sentido.
Poquísimos
son
los
textos
que
han
recibido
esta
interpretación
auténtica.
La
transmisión
de
lo
que
los
Apóstoles
enseñaron
y
predicaron
es
el
origen
de
la
Tradición
eclesial.
Esa
tradición
apostólica
va
creciendo
en
la
Iglesia
con
la
ayuda
del
Espíritu
Santo,
al
mismo
tiempo
que
la
comunión
de
fe
la
vive,
la
testimonia,
la
celebra
y la
transmite.
Crece
la
comprensión
de
las
palabras
e
instituciones
transmitidas
cuando
los
fieles
las
contemplan
y
estudian
repasándolas
en
su
corazón,
cuando
comprenden
internamente
los
misterios
que
viven,
cuando
los
proclaman
los
Obispos,
sucesores
de
los
Apóstoles
en
el
carisma
de
la
verdad.
La
Tradición
es
así
algo
vivo,
dinámico,
en
donde
se
enraíza
el
Magisterio
eclesial.
5.
La
Biblia,
Palabra
de
Dios.
La
revelación
que
la
sagrada
escritura
contiene
y
ofrece
ha
sido
puesta
por
escrito
bajo
la
inspiración
del
Espíritu
Santo.
La
santa
madre
Iglesia,
fiel
a la
fe
de
los
Apóstoles,
reconoce
que
todos
los
libros
del
Antiguo
y
del
Nuevo
Testamento,
con
todas
sus
partes,
son
sagrados
y
canónicos,
en
cuanto
que,
escritos
por
inspiración
del
Espíritu
Santo,
tienen
a
Dios
como
autor,
y
como
tales
han
sido
confiados
a la
Iglesia.
En
la
composición
de
los
libros
sagrados,
Dios
se
valió
de
hombres
elegidos,
que
usaban
de
todas
sus
facultades
y
talentos;
de
este
modo,
obrando
Dios
en
ellos
y
por
ellos,
como
verdaderos
autores,
pusieron
por
escrito
todo
y
sólo
lo
que
Dios
quería.
Div. Rev., 11.
La expresión "Dios es autor de la Escritura" se entendió en algún tiempo con el sentido concreto de "autor literario", y en función de evitar todo error. Así León XIII entendía la inspiración, como:
-iluminación
del
entendimiento
para
evitar
el
error
de
los
juicios;
-influjo
en
la
voluntad
para
moverla
eficazmente;
-asistencia
sobre
las
facultades
ejecutivas,
para
que
no
se
deslizara
error
alguno
en
la
redacción.
La
Constitución
de
Divina
Revelación
del
Concilio
Vaticano
II
tiene
una
perspectiva
diferente.
Sitúa
la
inspiración
de
la
Biblia
en
el
contexto
de
la
Revelación:
-la
Revelación
plena
llegó
a
los
Apóstoles
de
boca
de
Cristo;
-Cristo
confió
a
esos
mismos
Apóstoles
la
misión
de
transmitir
y
conservar
esa
Revelación
(la
recibida
en
el
AT
como
preparación
y la
actual
cristiana);
-esa
transmisión
se
hace
por
una
doble
vía:
por
la
predicación
oral
y
por
la
consignación
escrita,
realizada
por
inspiración
del
mismo
Espíritu
Santo
enviado
por
Cristo;
-la
inspiración,
en
concreto,
es
la
asistencia
especial
de
Dios
para
la
puesta
por
escrito
de
esa
Revelación.
Dios
es "autor
de
la
Escritura"
porque
suya
es
la
Revelación
que
contiene,
y
suya
la
asistencia
especial
para
que
esa
Revelación
fuera
puesta
por
escrito.
No
es
necesario
entenderlo
en
el
sentido
estricto
de "autor
literario".
Los
autores
humanos
no
actúan
como
meros
instrumentos
inertes
en
manos
de
Dios.
De
hecho,
el
concilio
quiso
evitar
la
palabra
"instrumento"
que
aparecía
en
el
documento
inicial.
Por
el
contrario,
dice
que
esos
hombres
actúan
con
todas
sus
facultades
y
talentos,
de
modo
que
son
"verdaderos
autores",
puestos
al
servicio
de
Dios.
6.
La
verdad
de
la
Biblia.
Como
todo
lo
que
afirman
los
hagiógrafos,
o
autores
inspirados,
lo
afirma
el
Espíritu
Santo,
se
sigue
que
los
Libros
sagrados
enseñan
sólidamente,
fielmente
y
sin
error
la
verdad
que
Dios
hizo
consignar
en
dichos
libros
para
salvación
nuestra.
Div. Rev., 11.
La verdad de la Escritura es un hecho admitido por todos los cristianos de todos los tiempos. Hasta el siglo XVI no se presentan problemas serios. Cuando -por una parte- se sigue interpretando la Biblia "al pie de la letra", y -por otra parte- avanzan las ciencias, surgen los conflictos. El "caso Galileo" fue posible por no distinguir suficientemente entre la verdad de la Biblia y la verdad de la interpretación.
No es camino adecuado querer restringir el campo de la inspiración, como si fuesen solamente inspiradas las cuestiones importantes, las cosas "de fe y costumbres". Toda la Biblia está inspirada por Dios. Necesitamos un criterio teológico para interpretarla correctamente.
Ése
ha
sido
el
mérito
fundamental
del
concilio
Vaticano
II
cuando
nos
presenta
ese
criterio:
"La
verdad
que
Dios
hizo
consignar
en
esos
libros
para
nuestra
salvación".
No
se
habla
ya
de
modo
negativo:
"ausencia
de
error",
sino
positivamente
de
la
"verdad".
Una
formulación
nueva,
que
responde
a lo
que
ya
había
dicho
San
Agustín:
"Dios
no
quiere
hacer
astrónomos
o
matemáticos,
sino
cristianos".
7.
La
Biblia,
palabra
humana.
Dios
habla
en
la
Escritura
por
medio
de
hombres
y en
lenguaje
humano;
por
lo
tanto,
el
intérprete
de
la
Escritura,
para
conocer
lo
que
Dios
quiso
comunicarnos,
debe
estudiar
con
atención
lo
que
los
autores
querían
decir
y lo
que
Dios
quería
dar
a
conocer
con
dichas
palabras.
Para
descubrir
la
intención
del
autor,
hay
que
tener
en
cuenta,
entre
otras
cosas,
los
géneros
literarios.
Pues
la
verdad
se
presenta
y
enuncia
de
modo
diverso
en
obras
de
diversa
índole
histórica,
en
libros
proféticos
o
poéticos,
o en
otros
géneros
literarios.
El
intérprete
indagará
lo
que
el
autor
sagrado
dice
e
intenta
decir,
según
su
tiempo
y
cultura,
por
medio
de
los
géneros
literarios
propios
de
su
época.
Para
comprender
exactamente
lo
que
Dios
propone
en
sus
escritos,
hay
que
tener
muy
en
cuenta
el
modo
de
pensar,
de
expresarse,
de
narrar
que
se
usaba
en
tiempo
del
escritor,
y
también
las
expresiones
que
entonces
más
se
usaban
en
una
conversación
ordinaria.
Div. Rev., 12.
La
primera
labor
del
intérprete
es
descubrir
en
las
palabras
escritas
el
sentido
literal
que
el
autor
sagrado
quiere
expresar.
Para
esto,
no
basta
conocer
el
significado
material
de
las
palabras
utilizadas.
Conocer
el
sentido
literal
no
quiere
decir
que
haya
que
leerlo
al
pie
de
la
letra.
Es
necesario
conocer
los
géneros
literarios,
las
distintas
maneras
de
expresarse,
propias
de
la
época,
y el
estilo
empleado
en
este
libro.
El
sentido
literal
a
veces
será
metafórico,
hiperbólico,
irónico...
Por
poner
algunos
ejemplos,
es
muy
distinto
el
modo
de
afirmar
y el
grado
de
enseñanza
en
la
historia,
la
novela,
el
teatro.
En
la
historia
se
trata
de
afirmar
directamente
lo
ocurrido.
Tendrá
mayor
valor
cuanto
mayor
sea
el
número
de
documentos
que
se
citen
para
apoyar
lo
que
se
afirma.
En
la
novela
de
fondo
histórico,
el
autor
expone
un
hecho
histórico,
pero
con
libertad
para
vestirlo
con
su
imaginación.
En
una
obra
de
teatro
-lo
mismo
que
en
una
novela-
el
autor
no
se
hace
responsable
de
lo
que
dice
cada
uno
de
los
personajes,
sino
sólo
de
la
enseñanza
global.
Por
ejemplo,
Cervantes
no
afirma
directamente
cuanto
dicen
Don
Quijote
o
Sancho
Panza.
Para
hablar
de
los
"libros
de
caballería"
trata
de
interpretar
lo
que
los
"quijotes"
o
los
"sanchopanzas"
dirían
en
cada
circunstancia
determinada.
En
la
Biblia
tienen
cabida
todos
los
modos
de
hablar,
con
la
única
excepción
de
la
mentira.
En
cuestiones
relacionadas
con
la
ciencia,
se
puede
hablar
según
las
apariencias
de
los
sentidos,
por
ejemplo
cuando
decimos
que
"el
sol
sale
y se
pone".
La
historia
es
válida
cuando
nos
narra
cosas
realmente
sucedidas,
aunque
no
sea
una
historia
documentada
al
modo
científico.
Lo
importante
será
averiguar,
no
lo
que
dice
al
pie
de
la
letra,
sino
lo
que
los
autores
quieren
decir
con
eso.
5.
Resumen.
Resumiendo
lo
dicho,
y
tratando
de
reducirlo
a
esquema,
podríamos
decir
que
en
la
Biblia
es
verdad:
a)
lo
que
dice
la
Biblia;
b)
en
el
sentido
en
que
lo
dice;
c)
en
orden
a
nuestra
salvación.
a)
Lo
que
dice
la
Biblia:
Este
enunciado
parece
una
perogrullada.
Naturalmente
que,
si
hablamos
de
la
Biblia,
será
verdad
lo
que
dice
la
Biblia.
La
realidad
es
que
muchos
problemas
que
se
plantean
a la
Biblia
se
refieren
o
tienen
su
punto
de
partida
en
cosas
que
no
están
en
la
Biblia.
Adiciones
que
se
han
podido
hacer
a lo
largo
de
los
tiempos,
o
interpretaciones
tergiversadas.
El
primer
paso,
normalmente
reservado
a
los
especialistas,
será
un
estudio
crítico
sobre
el
texto,
su
traducción
y su
interpretación.
b)
El
sentido
en
que
lo
dice:
No
basta,
para
conocer
la
verdad
de
la
Biblia,
saber
lo
que
en
ella
se
dice
materialmente.
Unas
mismas
palabras
materiales
pueden
tener
significados
muy
diversos,
según
el
uso
del
lenguaje.
El
Hijo
de
Dios
se
hizo
hombre,
un
hombre
concreto.
Encarnándose
en
un
cuerpo
humano
determinado.
Con
las
características
propias
de
una
raza:
la
judía.
Acomodándose
a
las
formas
de
vivir
propias
de
su
época.
Pudo
haber
elegido
cualquier
otra
raza
y
cualquier
otro
tiempo;
pero
si
decide
encarnarse
ha
de
hacerlo
de
un
modo
concreto,
puesto
que
no
existe
el
hombre
universal,
sino
hombres
determinados.
De
la
misma
manera,
la
Palabra
de
Dios
se
encarna
en
la
palabra
humana.
En
la
palabra
concreta,
con
el
vocabulario,
la
sintaxis
y
los
giros
propios
de
la
lengua
y de
la
época
en
que
fue
escrita,
con
las
diferencias
propias
de
los
distintos
autores
que
la
transcribieron.
Lo
mismo
se
emplea
el
estilo
poético
de
Isaías
que
el
lenguaje
sobrio
del
evangelista
Marcos.
Es
necesario
conocer
la
manera
de
pensar
y de
hablar
de
aquellos
hombres
para
poder
interpretar
correctamente
la
Palabra
de
Dios.
En
el
lenguaje
común
de
los
hombres
no
siempre
se
afirma
de
la
misma
manera.
Es
más,
hay
veces
que
una
afirmación
se
expresa
con
una
pregunta,
una
duda,
una
exageración
o
hipérbole.
Por
ejemplo,
una
madre
puede
pedir
silencio
a su
hijo
diciendo:
-ya
te
he
dicho
que
te
calles;
-¿no
te
he
dicho
que
te
calles?
-no
sé
cómo
hay
que
decirte
que
te
calles;
-te
he
dicho
mil
veces
que
te
calles...
La
afirmación
directa,
la
pregunta,
la
duda,
la
hipérbole
son
distintas
maneras
de
significar
lo
mismo.
Estas
mismas
maneras
de
afirmar
se
encuentran
en
la
Biblia:
-Os
aseguro
que
cielos
y
tierra
pasarán,
pero
mis
palabras
no
pasarán
(Mt
24,
35).
-¿Quién
de
vosotros
podrá
acusarme
de
pecado?
(Jn
8,46).
-No
recuerdo
si
bauticé
a
alguno
más...
(1
Cor
1,14-16).
-Es
un
país
de
gigantes:
a su
lado
parecemos
saltamontes.
Sus
ciudades
tienen
unas
murallas
que
llegan
hasta
el
cielo
(Num
13,
33).
c)
En
orden
a
nuestra
salvación
Ésta
es
la
finalidad
propia
de
los
libros
sagrados.
Se
trata
de
libros
religiosos.
Todo
lo
demás
pierde
interés.
Ése
es
el
aspecto
propio,
el
prisma
bajo
el
que
se
consideran
todas
las
verdades
expuestas
en
la
Biblia.
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