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Los
Retiros espirituales -en sus distintas modalidades- han sido
utilizados durante siglos por los cristianos para mejorar su
vida espiritual. Hasta hace unos años era fácil tener
ocasión de hacer alguno. Hoy es menos frecuente.
Y sin
embargo, resultan ahora particularmente necesarios
porque estamos inmersos en una cultura caracterizada por la
ausencia de transcendencia.
En estas
páginas se realiza una rápida explicación -no llegará a
cinco minutos de lectura- de lo que son y para qué sirven,
con el fin de que muchas más personas puedan beneficiarse de
este espléndido medio, tan práctico y oportuno hoy en día.
1. La cultura del bienestar
Jamás el
hombre, en toda su historia, soñó con un grado de confort
como el que disfruta hoy en los países del primer mundo.
Nadie duda
de que esto es un gran logro humano. Pero, por otro lado, ¿a
quién se le escapa, a estas alturas, que no siempre
satisface plenamente al espíritu humano?
En un
ambiente de consumismo y hedonismo se produce la asfixia del
hombre espiritual, cuyos afanes e impulsos espontáneos
quedan adormecidos y se van apagando poco a poco hasta
llegar casi a desaparecer; como el rescoldo entre las
cenizas.
Todos
somos testigos de los tristes efectos de esta ciega sumisión
al mero consumo: en primer término, una forma de
materialismo craso, y al mismo tiempo una radical
insatisfacción, porque cuanto más se posee más se desea,
mientras las aspiraciones más profundas quedan sin
satisfacer, y quizá incluso sofocadas (Juan Pablo II
Solicitudo Rei Socialis, n.28)
2. La prisa
Nunca
hemos vivido mejor; pero nunca hemos vivido tan agitados.
El horario
de trabajo, que a veces acaba demasiado tarde: la familia, a
la que quizá dedicamos menos tiempo del que nos gustaría:
compromisos ineludibles; relaciones sociales; reuniones e
imprevistos de todo tipo...
Enredados
en una maraña de compromisos y obligaciones, a veces nos
preguntamos si somos realmente los protagonistas de nuestra
vida, o simplemente somos empujados por las circunstancias
que, como una corriente demasiado fuerte, nos arrastran sin
remedio.
El hombre
agobiado de quehaceres, en nada se ocupa menos que en vivir
(Séneca Sobre la brevedad de la vida).
3. Dentro de la espiral
Muchos son
conscientes de que están metidos en una dinámica humanamente
empobrecedora. Sienten vagamente que en su vida -tan llena
de ciertas cosas- falta algo. Pero no saben cómo cambiar el
curso de las cosas. El trajín del día a día, en el que no
queda demasiado tiempo, amortigua luego esos vagos deseos de
cambio. Y todo sigue igual.
Es la
dialéctica de lo urgente y lo importante. Siempre hay algo
urgente que nos impide encontrar tiempo para lo importante.
Y pasan
los años sin que nos demos cuenta, como esas estaciones en
las que el tren no para
(R. Knox).
4.
Un parón necesario
"¿Qué
estoy haciendo con mi vida? ¿Para quién trabajo de esta
manera?... ¡Qué se detenga el mundo un par de días!
¡Necesito pensar!"
- Pues
bien, en cierto sentido un retiro hace realidad ese
"milagro".
La paz de
unos días de retiro sirve para pensar con calma en lo
importante -lejos de lo que el poeta llamaba mundanal
ruido- y poner un poco de orden en las ideas. Familia,
trabajo, vida cristiana, amistades... ¿Está cada cosa en su
sitio? ¿Tengo que redimensionar algún aspecto de mi vida?
Procurad
hacer un poco de silencio también vosotros en vuestra vida
para poder pensar, reflexionar y orar con mayor fervor y
hacer propósitos con más decisión. Hoy resulta difícil
crearse "zonas de desierto y silencio" porque estamos
continuamente envueltos en el engranaje de las ocupaciones,
en el fragor de los acontecimientos y en el reclamo de los
medios de comunicación, de modo que la paz interior corre
peligro y encuentran obstáculos los pensamientos elevados
que deben cualificar la existencia del hombre
(Juan Pablo II).
5. ¿Huir del mundo?
Apartarse
del bullicio, retirarse unos días, buscar el silencio para
pensar... ¿No será esto huir del mundo? ¿Acaso es malo el
mundo?
No. Un
cristiano corriente debe amar apasionadamente el
mundo en el que vive y los compromisos que de él dimanan. La
agitación, el ruido, el bullicio de la sociedad moderna son
para él su medio natural, en el que se encuentra a gusto,
como el pez en el agua.
Pero el
cristiano sabe también que la ciudad de los hombres, que con
su esfuerzo ayuda a construir, no es para él la verdadera
patria. Su viaje le lleva más lejos.
Unos días
de retiro -como otros medios ascéticos que podemos
practicar- nos ayudan no a renegar del mundo, sino a
distanciamos lo justo para poder desenvolvemos en él con
visión sobrenatural y encontrar -en palabras del Beato
Josemaría- "ese algo santo, divino, escondido en las
situaciones más comunes".
6. Un Dios lejano
En una
cultura materialista, Dios ha llegado a ser para tantos y
tantos un ser profundamente extraño. "Pero... ¿existe Dios
todavía?". El hombre contemporáneo es torpe para lo
religioso. Dios suele quedar demasiado lejos de sus
intereses cotidianos, y en otros casos es una pieza molesta,
que estorba o incomoda el proyecto vital, de modo que se
arrincona.
Unos días
de retiro sirven para descubrir a un Dios más cercano,
presente en el entramado de nuestra vida diaria, dando
hondura sobrenatural a nuestra existencia de cristianos.
La gente
tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos
dimensiones. Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de
Dios la tercera dimensión: la altura y, con ella, el
relieve, el peso y el volumen
(Beato
Josemaría Escrivá, Camino, 279)
7. Recogimiento
Días de
retiro son días de silencio y recogimiento interior.
Cerramos por unas horas la puerta de los sentidos y nos
olvidamos de las preocupaciones para dar prioridad a la
actividad interior, al examen, a la reflexión pausada -en la
Presencia de Dios- sobre nuestra vida.
El
silencio es quizás una de las más graves carencias de
nuestra sociedad, hasta el punto de que algunos llegan a
tenerle miedo. Necesitan estar acompañados del ruido externo
para no encontrarse -¡terrible encuentro!- consigo mismos.
Nunquam
minus solus quam cum solus,
dice la
famosa frase de Cicerón. "Nunca estoy menos solo que cuando
estoy solo". Puesto en clave cristiana podría traducirse:
nunca menos solo que cuando estoy a solas con Dios.
8. Aprender a hablar con Dios
Buscar la
soledad es una constante en la historia de la
espiritualidad, porque en la soledad acontece con más
facilidad el encuentro del alma con Dios.
Sin otras
preocupaciones que distraigan nuestra atención, resulta más
fácil dirigirse a Dios. Aprendemos así a manejarnos en esta
actividad esencial a la vida cristiana: tratar a Dios, hacer
oración, hablarle y escucharle.
Los días
de retiro se convierten de este modo en escuela de oración
cristiana, que se prolongará luego en la vida diaria.
Siempre
empiezo a rezar en silencio, porque es en el silencio del
corazón donde habla Dios. Dios es amigo del silencio:
necesitamos escuchar a Dios, porque lo que importa no es lo
que nosotros le decimos, sino lo que El nos dice y nos
transmite
(Teresa de Calcuta. Camino de sencillez)
9. Propósitos de cambio
Como
resultado de unos días de retiro bien aprovechados, vendrán
espontáneamente, casi sin buscarlos, los frutos: propósitos
de cambio -grandes o pequeños- en algún aspecto de nuestra
vida.
Porque, en
definitiva, un Retiro consiste en eso: en situarnos en la
Presencia de Dios -que nos invita siempre a una nueva
mudanza, a una renovación de nuestra vida cristiana- y
enfrentarnos con la verdad sobre nuestra vida.
Y con la
gracia de Dios -y también, si queremos, la ayuda del
sacerdote- decidirnos a cambiar lo que haya que cambiar; a
mejorar lo que haya que mejorar.
Los
hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar
vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y
corregir su propia vida
(S. Agustín Las Confesiones)
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