|
No nos
es posible conocer realmente lo que no amamos, como tampoco
podemos
amar aquello que no conocemos. ¿Cómo
podríamos conocer a una persona sólo de oídas o porque leyó
algo sobre ella? Para poder amar, es preciso primero
conocer, y conocer bien. Sólo el amor hace que alguien
revele a otra su intimidad, lo que hay en su corazón. Pero,
¿cómo conocerá alguien a una persona si no la ama de verdad?
Conocer
para amar y amar para conocer
No nos
es posible conocer realmente lo que no amamos, como tampoco
podemos amar aquello que no conocemos. ¿Cómo podríamos
conocer a una persona sólo de oídas o porque leyó algo sobre
ella? Para poder amar, es preciso primero conocer, y conocer
bien. Sólo el amor hace que alguien revele a otra su
intimidad, lo que hay en su corazón. Pero, ¿cómo conocerá
alguien a una persona si no la ama de verdad?
Conocer
las verdades fundamentales de nuestra fe católica nos
servirá de mucho para hacer crecer nuestro amor a Dios, a la
Iglesia y a nuestros hermanos. Además, nos permitirá
vislumbrar con mayor claridad el plan de Dios para el hombre
y para cada uno de nosotros en particular.
No
basta con creer, hay que saber dar razón de nuestra
esperanza. Puede que uno esté convencido de sus creencias,
pero: ¿qué ocurriría si alguien nos pidiera una explicación
valedera del porqué creemos en eso? ¿Cómo podremos estar
alertas para advertir una posible desviación de nuestra
doctrina católica apenas ésta se produce? ¿Estamos
capacitados para defender las verdades de nuestra fe ante
tantas doctrinas que intentan desvirtuar la fuerza y la
verdad del Evangelio de Jesucristo?
No
basta con creer. Hay que saber ayudar a creer y mantener sin
adulteración la fe que profesamos y el mensaje que
anunciamos.
Hoy,
más que nunca, amar a Dios debe significar también amar
nuestra fe y lo que la Iglesia nos enseña. Y no podremos
amar lo que no conocemos bien. El
depósito de la fe
que
hemos recibido tras veinte siglos de evangelización, tiene
un valor tan grande que no podemos exponerlo a alteraciones
o malas interpretaciones. Tiene un valor tan grande, que
merece conocerlo y tratar de entenderlo lo mejor posible. Y
sobre todo, tratar de vivirlo, para demostrar así que
vivimos lo que creemos, y creemos lo que predicamos.
«Yo creo»
«Yo
creo» es la primera palabra de un cristiano. Ser cristiano
es ser creyente, no tanto un título adoptado por
tradición. Al bautizado se le hacen tres preguntas: ¿«Crees
en Dios Padre todopoderoso? ¿Crees en Jesucristo, Hijo de
Dios? ¿Crees en el Espíritu Santo?». A estas tres preguntas,
contesta: «creo». Esa triple afirmación de fe se opone
positivamente a la triple renuncia anterior: «Renuncio a
Satanás, a su servicio, a sus obras». La fe en Dios nos debe
hacer capaces de renunciar a aquello que se opone a la
vivencia de nuestra fe. La fe es un acto vital, de toda la
persona, que es sinónimo de confianza: «Sé de quién me he
fiado». Confiar significa abandonarse totalmente y sin
condiciones. Y fe es también una gracia: «La fe es un don de
Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él» (Cat. Nº
153).
«Yo creo
en...»
Al
proclamar el Credo de nuestra fe, delante de la alusión a
cada una de las divinas Personas y sólo ante ellas, decimos
«creo en»: «Creo
en
el Padre, creo en
el Hijo, creo en
el Espíritu Santo». Que es lo mismo que decir: «Me confío a,
me entrego a, espero en, me apoyo en».
Podemos
creer una información, aceptar una verdad o doctrina,
podemos creer a muchas personas, aceptar su autoridad, dar
crédito a las palabras que dicen. En cambio, al decir «creo
en», nos estamos refiriendo a esa actitud en que se pone en
juego, se arriesga y se entrega la propia persona con una
confianza que reta toda decepción.
«Yo te
creo»
Decir
«yo creo» significa no solamente el «creo en ti», creo en
Dios, sino «te creo», creo en esa palabra que me has dicho,
creo a Dios que me ha dado su Palabra, ha entrado en diálogo
conmigo, se me ha manifestado, se me ha revelado. La fe,
este «yo creo», no es el resultado del esfuerzo pensante del
hombre, sino que es el fruto del diálogo de Dios con los
hombres, en el que Él tiene la iniciativa gratuita y
misericordiosa.
Cuando
digo «creo», confieso a un Dios que está antes que yo y
antes que todos nosotros. La fe no es lo que yo me imagino,
sino lo que oigo y me es dado y me cuestiona interiormente.
«Yo creo
cristianamente»
Si digo
el «yo creo» bautismal, estoy diciéndolo como una fe
«cristiana». Creer cristianamente significa relacionarme
personalmente con el Dios de la salvación y de la
misericordia manifestada en Jesucristo.
Si creo
como cristiano, esto significa que tengo que entender a Dios
y vivir mi fe de acuerdo al mensaje del Evangelio, tal como
nos lo reveló Jesucristo. Tengo que ver a Dios como ese
Padre que Jesús nos mostró a través de sus enseñanzas, y
cumplir los mandamientos que Cristo nos dio. Si soy
cristiano, tengo que reproducir en mí la imagen de
Jesucristo, hasta llegar a decir: «No soy yo quien vive,
sino Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Si soy cristiano,
tengo que hacer de Jesús mi único Salvador y Señor, y creer
que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
«Yo creo
eclesialmente»
Finalmente, si cuando digo «yo creo» estoy haciendo el acto
más personal de mi existencia, al mismo tiempo e
inseparablemente estoy afirmando que este «yo creo» es
en Iglesia y como
Iglesia.
Creemos a través de la Iglesia, vinculados a su propia
historia y participando de su experiencia. Creo
dentro
de la
Iglesia, siendo parte de ella: a pesar de mi miseria y
limitaciones para creer y entender, puedo conservar una fe,
una confianza absoluta y humilde,
gracias a la Iglesia,
creyente y oyente de la Palabra.
No
puedo creer en Dios más que eclesialmente, porque es
eclesialmente que se me ha hecho presente ese Dios encarnado
en Jesús. Sin la corriente viva de los testigos de
Jesucristo y de su resurrección, sin la Iglesia, no llegaría
hasta mí, hasta nosotros, el anuncio del designio salvífico
escondido desde la eternidad en Dios.
La fe es
un acto personal: la respuesta libre del hombre a la
iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto
aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir
solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha
dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de
otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los
hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada
creyente es como un eslabón en la gran cadena de los
creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de
los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los
otros. (Cat. Nº 166)
Los
símbolos de la fe
Origen del
Credo
Hoy se
sabe que se demoró mucho tiempo para redactar el Credo. Este
«mucho tiempo» significa aproximadamente tres siglos para
llegar a su forma definitiva.
La
parte esencial del Credo se fundamenta en la enseñanza y el
testimonio de los apóstoles. Ellos convivieron con Jesús y
en razón de ello:
—
oyeron hablar al Maestro.
— vieron al Señor hacer milagros y señales;
— vieron a Jesús enfrentarse a los fariseos e hipócritas de
su tiempo;
— vieron al Señor perdonar los pecados;
— le acompañaron cuando las cosas empeoraron;
— a pesar del miedo, vieron morir a Jesús en el calvario;
— después, vivieron la alegría de la resurrección y la
venida del Espíritu Santo.
En base
al testimonio de los apóstoles, es que se fue redactando el
texto de lo que hoy conocemos como el Símbolo
de los
Apóstoles.
El Símbolo
de los Apóstoles
La
palabra «símbolo» es de origen griego y quiere decir
«reunir», «juntar de nuevo», «reconstruir». En la
antigüedad, cuando alguien era enviado como emisario a algún
general, se le entregaba un «símbolo» para que fuera la
«contraseña», una especie de «documento de identidad» de
quien lo guardaba. Al Credo se le ha llamado SIMBOLO DE LOS
APÓSTOLES, es la «contraseña» de los que nos llamamos
cristianos, pertenecientes a la Iglesia Católica, que viene
directamente de los Apóstoles. Cuando profesamos el Credo
estamos presentando nuestro «símbolo», la «contraseña» de
una Iglesia netamente apostólica. (ver Cat. Nº 188).
El Símbolo
de los Apóstoles, llamado así porque es considerado con
justicia como el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es
el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma. Su gran
autoridad le viene de este hecho: «Es el símbolo que guarda
la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de
los apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común» (S.
Ambrosio). (Cat. Nº 194).
Se
llama, por tanto, «símbolo apostólico» porque:
— sirve
de señal de reconocimiento y de unidad de los cristianos;
— a pesar de no haber sido escrito de puño y letra por los
apóstoles, se fundamenta en sus enseñanzas;
— los apóstoles fueron los primeros que profesaron que Jesús
es EL SEÑOR.
Decir «yo
creo»
·
Decir
«yo creo» es decir «yo confieso, yo proclamo» la grandeza y
el poder de Dios.
·
Decir
«yo creo» es hacer una profesión de fe en Dios y en sus
gestos de salvación.
·
Decir
«yo creo» es comprometerse en aquello que se afirma no sólo
por la palabra, sino también en el estilo de vivir.
·
Decir
«yo creo» es reconocer a Dios. (Es importante el prefijo
«re». Creer no es sólo conocer, es, sobre todo, reconocer,
es decir, aceptar lo conocido no sólo con la cabeza, sino
también con toda la existencia).
·
Decir
«yo creo» es optar con seguridad por alguien; pero esto no
elimina los momentos de duda que puedan existir. Nada ni
nadie puede suprimir la libertad de Dios y la libertad de
los hombres.
·
Decir
«yo creo» es decir ser discípulo, seguidor de ALGUIEN.
·
Decir
«yo creo» es dejar a un lado unas seguridades que vienen de
otra parte y tomar como única seguridad a Aquel en quien
creo.
·
Decir
«yo creo» es decir yo me asiento por encima de todo en Dios
y sólo en Él encuentro solidez y consistencia.
·
Decir
«yo creo» es vivir confiado en una ROCA que no falla.
Cuestionario
1.
¿Por
qué consideras que es importante conocer y profundizar las
verdades que profesamos?
2.
¿Qué
es lo que hizo que creas en el Señor como lo haces ahora?
3.
¿En
qué radica la diferencia de decir «Creo en Dios» para un
cristiano con respecto a quienes no lo son: judíos,
musulmanes, etc.?
Algunos
dicen con frecuencia: «Yo me las entiendo a solas con Dios»,
«a mí Jesús me dice algo, pero de la Iglesia no quiero saber
nada». ¿Qué respuesta das a estas objeciones desde el
apartado «Yo creo eclesialmente»?
< Regresar a..... |