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Todas las
razones profundas, en favor del verdadero amor, y por tanto
de la misma felicidad de los novios y los esposos, son las
que han llevado siempre a la Iglesia a mantener su doctrina
coherente en torno a la castidad prematrimonial y
matrimonial.
En el documento de la Santa Sede "Orientaciones educativas
sobre el amor humano" encontramos recogida la doctrina de la
Iglesia sobre estos aspectos: "La castidad consiste en el
dominio de sí, en la capacidad de orientar el instinto
sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo
de la persona. Fruto de la gracia de Dios y de nuestra
colaboración, la castidad tiende a armonizar los diversos
elementos que componen la persona y a superar la debilidad
de la naturaleza humana, marcada por el pecado, para que
cada uno pueda seguir la vocación a la que Dios lo llama"
(n. 18).
Y más adelante: "Las relaciones íntimas deben llevarse a
cabo dentro del matrimonio, porque únicamente en él se
verifica la conexión inseparable, querida por Dios, entre el
significado unitivo y el procreativo de tales relaciones,
dirigidas a mantener, confirmar y manifestar una definitiva
comunión de vida -"una sola carne"- mediante la realización
de un amor "humano", "total", "fiel" y "fecundo", cual es el
amor conyugal. Por esto, las relaciones sexuales fuera del
contexto matrimonial, constituyen un grave desorden, porque
son una expresión reservada a una realidad que no existe
todavía; son un lenguaje que no encuentra correspondencia
objetiva en la vida de dos personas, aún no constituidas en
comunidad definitiva por el necesario reconocimiento y
garantía de la sociedad civil y, para los cónyuges
católicos, también religiosa" (n. 95).
Dada la fuerza de la pasión y las reacciones físicas y
psíquicas que provoca, en esta "escuela del amor" que es el
noviazgo, corresponde a los dos ayudarse mutuamente para que
sus relaciones llenas de respeto, de ternura, de limpieza y
de afecto, estén siempre reguladas según la voluntad de
Dios creador. Para ello es necesario el esfuerzo
continuo para dominar y dirigir las propias pasiones y para
ayudar con discreción a la otra persona a conseguirlo.
También en el noviazgo cristiano, la cruz redentora de
Jesucristo encuentra su expresión y conduce a los novios, a
través del dominio personal, a la maduración del amor
definitivo y oblativo.
Superarse, en cuanto pareja, supone todo eso. Superarse
ayudándose mutuamente a madurar en el amor, elevando y
purificando al amor. Un afecto que no se reduzca al nivel
físico o a sentimientos, sino cargado de madurez humana; un
amor que sabe de donación verdadera, de sacrificio; un amor
que quiere mantenerse fiel para siempre: el verdadero amor
humano abre su horizonte hacia la misma eternidad; como
escribía Gabriel Marcel, "amar a una persona es decirle: tú
no morirás".
Ojalá sepan los jóvenes cristianos vivir de tal modo su
noviazgo que les ayude a madurar verdaderamente en su amor,
con la garantía que ello supone de una vida feliz.
Aprovechen la vivencia de ese período, de esa "escuela del
amor". Piensen que lo importante en el noviazgo no es
estarse mirando tiernamente uno al otro, sino mirar ambos
hacia el futuro.
Conclusión
"Ojalá que estas reflexiones que he podido poco a poco
hilvanar y que deseaba comunicarles, puedan servirles de
ayuda. Me ha impulsado un sincero y profundo deseo de llevar
un poco de luz a sus vidas para que aprovechen bien esta
etapa del noviazgo tan importante para que logren la propia
auténtica felicidad. Ello podría también ayudarles, en
cuanto cristianos a testimoniar con sus vidas, con su modo
de vivir el noviazgo, y luego el matrimonio, que existe el
amor verdadero, limpio y duradero, y que en él encuentra el
hombre su felicidad".
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