
Ya conoces el
plan de Dios sobre la creación: todos los seres, cada ser en
particular tiene su misión propia. La misión del hombre no
les es impuesta por fuerza, sino que ha sido entregada a su
libertad. ¡Privilegio sublime que constituye la grandeza
inconmensurable del hombre!
A tu elección se
ofrecen varios caminos. Terminas tus estudios: ante ti se
abre la universidad con sus múltiples carreras; el ejército
y la marina; el campo, la industria, el comercio, un empleo,
un sitio de obrero; la literatura y el arte. Se abren ante
ti igualmente perspectivas más amplias que las carreras
mismas, lo que podríamos llamar estados de vida: la vida
religiosa, el sacerdocio, el matrimonio. Dentro de estas
maneras de vida hay enfoques especiales que te atraerán
particularmente: la política, la acción social, la
contemplación artística, la vida de oración, el estudio de
las Sagradas Escrituras, la Acción Católica. Sentirás quizás
una fuerte atracción por la vida social; las fiestas,
bailes, diversiones te seducen fuertemente... Los deportes,
quizás un deporte especial, el football te atrae
irresistiblemente. Todas estas solicitaciones estarán frente
a tí y otras mil más, al iniciar tu vida en forma más
personal e independiente.
¿A cuál de estos
caminos te ha llamado Dios? No ha dejado a tu capricho que
seas lo que quieras. Tú tienes vocación para algo, ¿para
qué? ¿Cuál va a ser el fin de tu vida? Para el sacerdocio,
como para la marina, para el deporte, para la música, para
la sociología, para la política, para la Acción Católica hay
una verdadera vocación, ¿Cómo conocer la tuya?
¿Qué criterio me
permitirá discernir el llamamiento divino? ¿El atractivo que
en mí ejercen, el agrado, quizás la felicidad que me
ofrecen? Esos criterios tan incompletos no pueden ser la
norma para un ser racional y menos para un cristiano.
Nuestro
criterio ha de ser de orden sobrenatural y debe ser aplicado
con la ayuda de una luz sobrenatural, pero esta luz
sobrenatural no se nos da ordinariamente en forma milagros,
sino que viene a iluminar nuestra razón que discurre
apoyándose en los principios de la fe.
El
milagro es milagro porque acontece muy raras veces en la
vida; no hay, pues, que esperarlo en un problema cotidiano
que han de resolver todos los hombres, tanto más cuanto que
el mismo Creador nos ha dejado herramientas plenamente
eficaces para descubrir por vías ordinarias nuestro camino
en la vida.
Con
cuánta eficacia nuestro Santo Padre Pío XII al inaugurar
este año la Academia Pontificia de Ciencias defendía los
fueros de la inteligencia humana para alcanzar la verdad.
Nuestra razón participación de la mente divina, nos da a
conocer las realidades más fundamentales en que el hombre
necesita apoyarse; y todavía cuando se afirma en la
revelación de Jesucristo, sus conclusiones pueden llegar a
un campo inmensamente más vasto e iluminado por el sol de la
verdad divina.
Todo
hombre de buena voluntad que aplica con sinceridad su alma a
la búsqueda de la verdad, puede estar cierto que se cumplirá
en él la conocida proposición: "Al que hace lo que está de
su parte, Dios no le niega su gracia”.
El
Espíritu Santo que mora en nosotros, desde el bautismo que
nos asiste con sus dones de entendimiento, ciencia,
prudencia, es la mejor garantía de éxito en una elección
hecha con sinceridad ante la mirada de Dios, aunque no
intervenga iluminación milagrosa alguna durante toda nuestra
deliberación.
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