Subió al cielo nuestra Abogada, para que, como Madre del Juez y Madre
de Misesicordia, tratara los negocios de nuestra salvación. (San
Bernardo)
Assumpta est Maria in coelum: gaudent angeli! -María ha sido llevada
por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Angeles se alegran!
"Así canta la Iglesia" (1), al celebrar el triunfo de Nuestra
Madre, que llena de esperanza el corazón de todos sus hijos. Es natural:
"Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria. -Y la
Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora.
-Tú y yo- niños al fin- tomamos la cola del espléndido manto azul de la
Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla."
"La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y
Esposa de Dios... -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace
preguntar a los Angeles: ¿Quién es Ésta?" (2)
¿Quién es Ésta que surge como la aurora, bella como la luna, refulgente
como el sol...? (3). Bien lo sabemos. Bien lo saben los ángeles: Yo soy
la Madre del Amor hermoso, y de la sabiduría y de la santa esperanza
(4). Pero la pregunta no es vana: ¿Quién es Ésta?, ¿Quién conoce la
magnitud y riqueza de la dignidad y hermosura de tal Reina? Sólo Dios lo
sabe. Sería menester ser Dios para saberlo. La plenitud de gracia divina
y humana de esta criatura singularísima excede con mucho las
posibilidades de comprensión de la mente humana y angélica; y sólo la
van conociendo aquellos a quienes Dios otorga la sabiduría. Nunca
acabaremos de conocerla. Por eso es preciso estudiarla mucho (de Virgine
numquan satis...). Y cuanto más se la conoce, más el corazón se enamora
y ya no puede vivir sin Ella.
Unos ojos bellos
Adoro Madre;
Téngolos ausentes,
Verélos tarde.
Unos ojos bellos,
Que son de paloma,
Donde amor se asoma
A dar vida en ellos;
No hay, Madre, sin vellos,
Bien que no me falte;
Téngolos ausentes,
Verélos tarde.
Yo sé que vi
Cuando los miré.
Que en ellos me hallé
Y en mí me perdí;
Ya no vivo en mí,
Sino en ellos Madre;
Téngolos ausentes,
Verélos tarde. (5)
Se alegran los Ángeles.
Gaudent angeli!, los Angeles se alegran, exultan por tener en el
Cielo el encanto de la mirada de los más bellos ojos.
Ciertamente sólo Dios basta. Pero el Cielo no es lo mismo con la Virgen
que sin Ella. Obra Maestra del Creador, no ha habido, no hay ni habrá
otra hermosura que la iguale. Por naturaleza, es inferior a los ángeles;
pero por gracia, mucho más perfecta. Y los ángeles santos, humildes,
sabios, se alegran. Mucho hacía que deseaban recibirla en su mundo y
rendirle pleitesía de vasallos (6).
Sólo Gabriel, el Arcángel, gozó del privilegio de conversar con la
Virgen en la tierra, y decirle apasionadamente, con suma veneración y
respeto: ¡Dios te salve, llena de gracia!. Ahora, la Madre de Dios los
conoce a cada uno por su nombre -como a todos sus hijos-; los ve, los
mira; y ellos se enamoran, se entusiasman los ángeles con la pureza
inmaculada, con el corazón dulcísimo, con la majestad soberana; y le
dicen cosas encendidas, aunque nunca podrán superar la palabra de
Gabriel, la misma que los hombres repetimos sin cansancio, en un
crescendo de cariño, al rezar el Santo Rosario y en tantas otras
ocasiones. Los Ángeles se alegran de compartir con nosotros el mismo
canto.
Era como un sueño.
A la Virgen Santísima, cuando andaba los caminos de la tierra, le
parecía un sueño lo que ahora está gozando en el Cielo: verse sin
sombras, ni velos ni espejos en el seno infinito del océano de Amor que
es Dios Uno y Trino; en los brazos del Padre, de nuevo entre sus brazos
el Hijo, fundida en el Amor del Espíritu Santo. Y junto a José, el
esposo justo, bueno y fiel, recio, custodio invencible, su enamorado
siempre. En la tierra, la realidad de hoy parecía un sueño; ahora es una
realidad realísima.
El sueño, lo que parece un sueño es ahora lo pasado en el mundo nuestro.
Aquella espada de siete filos que atravesó su alma apenas recibida la
más gozosa noticia que criatura alguna haya podido escuchar. La pobreza
de Belén -no por Ella, claro es, sino por el Niño, el Niño-Dios-; la
huida precipitada a Egipto; la pérdida del mayor tesoro, Jesús, a los
doce años, en Jerusalén. La angustiosa expectación del cumplimiento de
las profecías sobre el Varón de Dolores. Cada insulto, cada golpe, cada
latigazo, cada espina, cada clavo en la carne del Hijo era un latigazo,
un golpe, una espina, un clavo, una espada en la exquisita sensibilidad
del Corazón materno.
Toda aquella realidad cruda, cruel, inhumana, ahora, en el Cielo, parece
un sueño -una mala noche en una mala posada, diría Teresa de Jesús-; un
sueño que se recuerda tan sólo para alabar a Dios y darle gracias por el
don de la fidelidad aquella, que hizo realidad lo que no parecía más que
un sueño. El pasado, la mala noche, es ahora un tesoro que, formando un
todo con el sacrificio de su Hijo, presenta María de continuo a la
Trinidad Beatísima, para alcanzarnos misericordia, perdón, gracia
sobreabundantes; y un lugar muy junto a Ella en el Paraíso.
Si yo me esfuerzo por no apartar mis ojos de los suyos; si miro todas
las cosas a su luz y aprendo sus virtudes, su gran amor de Dios, su vida
de oración y de trabajo; su ponderar hondamente las cosas y descubrir en
todas el mensaje divino que encierran; su entrega sin reservas a la
humanidad entera desde la pequeña casa de Nazaret; su pureza inmaculada,
su reciedumbre ante el sacrificio; su estar en los detalles con Amor, su
santificar la vida ordinaria..., entonces mi vida será un sueño
magnífico. Con sus pequeñas pesadillas, nada más que esto, y con un
despertar increíble, que superará con creces la imaginación más fértil.
Realmente, ¡vale la pena!. Nunca es mucho lo que se debe sufrir en este
mundo si se vive de esperanza teologal. En cambio, cualquier pequeñez es
una tragedia si se pierde pié, el pié -pes- de la esperanza: «Cuando los
cristianos lo pasamos mal, es porque no damos a esta vida todo su
sentido divino. / Donde la mano siente el pinchazo de las espinas, los
ojos descubren un ramo de rosas espléndidas, llenas de aroma» (7). Lo
que ha sucedido a Nuestra Madre es preludio de lo que ha de acontecer a
sus hijos. Todo lo desagradable se desvanecerá en la noche vencida de la
Historia.
¿Qué será su Esencia?
«Ni ojo vio, ni oido oyó, ni pasó por pensamiento de hombre cuáles
cosas tiene Dios preparadas para los que le aman.» (8)
Sabemos que cuando se manifieste Jesucristo, «seremos semejantes a
El, porque le veremos como El es.» (9) Y
Si aquí da consuelo
Dios con su presencia,
¿Qué será su esencia,
vista allá en el Cielo?
Si en lugar penoso,
De lloro y tormento,
Da tanto cosuelo
Dios, y es tan gustoso;
Si hace tan dichoso
Al hombre en el suelo,
¿Qué hará su esencia,
Vista allá en el Cielo? (10)
Cuenta Santa Teresa de Jesús, en su Autobiografía: «Ibame el Señor
mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo de lo
menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible;
porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí
se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad
del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por
muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna
cosa de luz que el Señor me daba a entender como un deleite tan soberano
que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tal alto grado
y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más»
(11). Callemos, pues. Pero, ¡Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra,
enséñanos a soñar!. A soñar con los ojos abiertos en las cosas buenas,
reales -no en fantasías que matan el tiempo y la paz, o enormizan lo
temporal y escamotean lo eterno-; a soñar en el horizonte inmenso de
realidades que nos aguardan junto a Ti, en Dios y con todos los santos,
y en tantas cosas estupendas que podemos y debemos realizar en la
tierra, con tu ayuda.
Ayúdanos a tener en presente la eternidad, a no olvidar que el Cielo
será más grande para el que más fiel haya sido a su vocación en la
tierra: para el que haya rezado más, y trabajado más, y, en fin, amado
más. Porque si todos los que allá arriben, intuirán claramente a Dios
Trino y Uno tal cual es, unos lo harán con mayor perfección que otros,
según la diversidad de sus merecimientos (12). El Hijo del hombre ha de
venir revestido de la gloria de su Padre, acompañado de sus ángeles, y
entonces dará el pago a cada cual conforme a sus obras (13).
Ayúdanos, Regina in coelum assumpta, Reina elevada al Cielo, a recordar
que «el Reino de los Cielos no pertenece a los que duermen y viven
dándose todos los gustos, sino a los que luchan contra sí mismos» (14),
es decir, los que «se esfuerzan para entrar por la puerta angosta» (15).
Angostura significa dificultad, sacrificio. Los comodones interesados
tan sólo en su efímero presente, están perdidos. ¿Son humanos? No se
diría, porque lo humano es lo racional. Y racional es trascender el
presente y escrutar el futuro, columbrar la eternidad y lanzarse a su
conquista. El entendimiento anticipa el fin y libera -cuando se ejerce
en profundidad- de la imagen, de la pasión o del estímulo presente. ¿Qué
es la libertad sino dominio del presente con vistas al futuro? Es libre
el que domina con su voluntad en su voluntad, en su querer. Si no con
belleza, sí con precisión, se ha dicho que el hombre es un ser «futurizo»:
se desliza sin cesar hacia el futuro. Quien intenta aferrarse al
presente vive en la irracionalidad. Tarde o temprano se hallará asido al
vacío y sentirá náuseas de sí mismo, como el filósofo existencialista
ateo, como todos los que confunden la liberdad -capacidad de amar- con
el egocentrismo, negación del amor y de la libertad. «No seas como el
caballo y el mulo, que no tienen entendimiento», dice la Escritura (16).
«Tener alma -asevera Agustín-, pero no tener entendimiento, esto es, no
utilizarlo ni vivir según él, es una vida irracional.» (17)
El futuro ya es presente
En la Madre de Dios, nuestro futuro ya es presente felicísimo. Y a ese
presente sí que vale la pena asirse, porque no es un presente temporal,
sino eterno: felicísimo y eterno. Y no distrae del presente temporal, al
contrario: lo ilumina, lo revela en su verdadera dimensión y sentido, en
su fuerza determinante del eterno destino. La mirada al futuro nos
obliga -nos liga- a la realidad más inmediata, para vivirla de modo
sensato, sacrificando lo que sea menester para alcanzar el glorioso fin
sin término. A la vista de la Asunción de Nuestra Señora, soñemos en
nuestra realidad futura.
Encaminemos todos nuestros pasos, en línea recta, por la senda cierta
que conduce a la eterna felicidad: oración, trabajo, apostolado,
servicio generoso a todas las almas, entrega al pequeño deber de cada
momento. Siempre bien asidos de la mano de la Virgen Santa. Así no hay
miedo al descamino. La esperanza es segura con la mirada siempre fija en
la Estrella de la mañana, en los luceros donde amor se asoma: ¡Qué en
ellos me halle! y pueda decir de veras: ya no vivo en mí, sino en ellos,
Madre. Téngolos presentes, ya lo veo Madre.
Santo Rosario, Angelus, jaculatorias, miradas a las imágenes de Nuestra
Señora, sonrisas, movimientos del corazón, son modos de afianzarse en el
camino, siempre andadero, de la mano de quien es Hija, Madre y Esposa de
Dios.
NOTAS:
1 J. ESCRIVA DE BALAGUER, cap. Santo Rosario, cap. "Asunción de la
Virgen".
2 Ibidem.
3 Cant 6, 10 .
4 Eccl 24, 24 .
5 VALDIVIELSO, Romancero espiritual, siglo XVII.
6 J. ESCRIVA DE BALAGUER, o.c., cap. "Coronación de la Virgen".
7 J. ESCRIVA DE BALAGUER, Via Crucis, VI, 5.
8 1 Cor 2, 9.
9 1 Jn 3, 2.
10 UBEDA, BAE (Biblioteca de Autores Españoles), t.. 35, n. 468.
11 SANTA TERESA DE JESUS, Autobiografía, c. 38.
12 Concilio de Florencia, Dz 603.
13 Mt 16, 27.
14 SAN CLEMENTE DE ALEJANDRIA.
15 Lc 13, 22.
16 Sal 31, 9.
17 SAN AGUSTIN, Sobre el Evangelio de San Juan, 15, 19.
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