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MONSEÑOR RAMÓN DE LA ROSA Y CARPIO
Obispo de la Altagracia Higuey
Introducción
Nuestra intención, al ofrecer esta publicación, no es presentar un
trabajo exhaustivo de la historia, la devoción y la teología sobre la
Virgen de la Altagracia. Queremos solamente poner en las manos de todos
un breve y bien fundamentado estudio que sea útil para introducir en la
historia y en la lectura de la Imagen de Nuestra Señora de la
Altagracia. Es el primer resumen publicado de una amplia investigación
para mi tesis sobre “La imagen de Nuestra Señora de la Alta gracia de
Higuey: Iconografía, Teología y Pastoral”.
Desde hace mucho tiempo acaricié la idea de que los frutos de mi labor
investigativa sobre la Imagen de la Altagracia acompañaran a la misma
Imagen en los años de preparación y celebración del Gran Jubileo de la
Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, Redentor del hombre.
La ocasión ha sido propicia al entregar en acto solemne la reproducción
exclusiva de la Imagen altagraciana de Higuey realizada por los talleres
FAITA de Mallorca y sus artesanos, y empezar a colocarlas en catedrales,
parroquias, hogares e instituciones diversas en República Dominicana,
Haití, Estados Unidos y en general en otros países donde residen devotos
de la Virgen, inaugurando así desde la Basílica la etapa preparativa del
Gran Jubileo del año 2000. María fue la preparación inmediata del
Nacimiento del Salvador.
Sea esta publicación un homenaje y un acto de agradecimiento al Papa
Juan Pablo ll, que motivaba con la meta del año jubilar y que bendijo en
Roma la edición limitada de 1,500 reproducciones de la Altagracia en
lienzo texturizado; a los Obispos de la Conferencia del Episcopado
Dominicano, que dieron su aval a este proyecto y lo hicieron suyo; al
Banco Popular Dominicano, que lo auspició y lo apoyó generosamente; a la
empresa Barceló, en Bávaro, que nos puso en contacto con los fotógrafo
mallorquines; a tantas personas apreciadas y amadas que, desde la
gratuidad y el silencio sostuvieron mi investigación, secundaron mi
labor y se alegran ahora con la entrega de este primer resumen de la
misma.
Esta tarea –difusión de la Imagen y una publicación sobre ella- se
coloca en la línea de la pastoral alta graciana encaminada por mis
ilustres predecesores, Mons. Juan F. Pepén Solimán y Mons. Hugo E.
Polanco Brito, dando así continuidad a su obra y buscando seguir sus
huellas.
En el fondo de esta variada acción de ayer y hoy, en la que participaron
tantos de diversas maneras con gran dedicación, hay una cosa común a
todos: el amor y la gratitud a la Virgen de Altagracia.
Ramón Benito de la Rosa y Carpio
1- Origen de la Imagen y devoción Altagraciana en la
Isla de Santo Domingo
Sobre la presencia de la Imagen de la Altagracia en Higuey y los
comienzos de su extendida devoción entre los dominicanos podemos
recordar los siguientes datos:
1. La
Imagen de la Altagracia (óleo sobre lienzo de fines del siglo xv
o a comienzos del siglo xv ) y la villa de Salvaleón de Higuey
están unidos casi desde la fundación de ésta hacia 1506.
Prácticamente
han hecho historia común. También en la ciudad de Santo Domingo el
culto y la devoción a la Altagracia es muy antiguo. Algunos
historiadores opinan que la capilla de la Altagracia, ligada al
hospital de San Nicolás de Bari, primero de la Isla del Nuevo Mundo,
del que se conservan algunas ruinas en la calle Hostos de la
capital, se remonta a los primeros años de la colonia, a la misma
época de la Altagracia de Higuey. Esta capilla desapareció. Allí se
ha edificado la actual iglesia capitalina con el mismo nombre de
Altagracia.
2. En la
memoria de los higueyanos se conserva la tradición de que el
Santuario Viejo está construido donde estuvo plantado el
naranjo, en el que apareció la Virgen. Como nativo de Higuey,
recuerdo que detrás del templo hay un lugar donde siempre vi,
desde pequeño, un naranjo. Cuando se secaba uno se sembraba el
otro. Nadie sabe cuando ni quien empezó esta costumbre. Sólo se
sabe que “así se había hecho siempre”, “de tiempo inmemorial”.
3. En un
documento de 1650, escrito por el canónigo dominicano Jerónimo de
Alcocer, se dice que es sabido por todos que la Imagen fue llevada a
Higuey por los hermanos Antonio y Alonso Trejo. Consta por otra
parte, que en 1914 los Trejo ya estaban en Higuey. Este documento
fue encontrado en la Biblioteca Nacional de Madrid por el
historiador Emilio Rodríguez Demorizi y publicado por él, en el 1942
(ver apéndice num. 1). El pueblo dominicano había perdido la
conciencia de la relación de los Trejo con la Altagracia.
4. Se
conservaba, sin embargo, en la memoria de los dominicanos una
narración que se llama generalmente “la leyenda de la Altagracia”.
Hay diferentes versiones de dicha leyenda, que no coinciden en todos
los detalles, pero sí en sus afirmaciones de fondo.
He aquí el
fondo del relato popular: la Imagen de la Altagracia le fue dada por
un anciano, de manera casi milagrosa, a un padre para su hija, que
le había pedido se la trajera de la Capital. La Imagen desapareció
de la casa y se apareció en un naranjo. La retomaron a la casa, pero
el hecho se repitió varias veces: desaparición de la casa y
aparición en el naranjo.
La gente
interpretó este acontecimiento como un deseo de la Virgen para que
se le colocara en la ermita parroquial; y así se hizo. Al ir
aumentando el número de peregrinos visitantes, se construyó un
templo más grande, consagrado en 1572 (el llamado Santuario Antiguo)
y luego la actual Basílica inaugurada en 1971 y consagrada en 1972.
La primera
versión escrita que conservamos de la leyenda es de 1698. Este
documento tampoco se conocía. Fue encontrado por el Lic. Bernardo
Vega en los archivos del Museo Británico y hecho público por el en
1985. Las otras versiones escritas, recogidas de la tradición oral,
son de principio de este siglo; entre ellas se pueden notar las de
Rafael Deligne Juan Elías Moscoso (ver apéndice núm. 2). También
Mons. Juan Felíx Pepén, nativo de Higuey y su primer obispo, la
relata en su libro “Donde floreció el naranjo”.
5. La devoción
altagraciana es conocida en España desde muy antiguo, en la región
de Extremadura, donde hay santuarios en su honor. De Extremadura,
precisamente son originarios los hermanos Trejo. Se sabe que muchos
extremeños llevaron consigo la Altagracia donde quiera que iban; y
de hecho a lo largo y a lo ancho de la geografía latinoamericana hay
muchas capillas y parroquias dedicada a la Altagracia, que no
nacieron por la influencia de la Altagracia de Higüey.
La
historia de los Trejo y la narración del anciano, el padre y la hija
parecen contradecirse. ¿Cuál de ellas es la verdadera?
Juntándolas las dos podemos encontrar la verdad completa.
I. La
historia de los Trejo aparece, aparece a todas luces, lógica: ellos
vienen de Extremadura; allí es popular la Altagracia; se sabe que al
dejar la patria cada uno lleva consigo la devoción popular de su
región; estos dos hermanos se establecieron en el Higuey de la Isla
Espa ñola; allí llevaron la imagen de su devoción,
la Altagracia.
Los
historiadores aceptan estos datos y en ellos encuentra el origen de
la imagen de la Altagracia de Higuey.
Pero esta
historia precisa y exacta es incompleta. No nos da razón de otro
hecho también histórico: ¿Cómo se explica que habiendo otras
imágenes de la Altagracia y de otras advocaciones en la isla
precisamente la del lejano Higuey cautivara la devoción y el amor de
los dominicanos? Hay aquí algo maravilloso, extraordinario, venido
departe de Dios, que el pueblo dominicano conoce muy bien, que no es
recogido por la historia de los Trejo, pero sí en la narración que
se transmitió oralmente de generación a generación. Hay verdades de
la vida de los pueblos que saben recoger mejor las leyendas que sus
historias críticas.
II. Hoy
la mayoría de los científicos coinciden en afirmar que “las
leyendas”y “los mitos”son maneras de contar la historia y que no se
pueden rechazar simplemente como falsos. Hay en ellos verdades
dichas de una manera diferente a la de la historia crítica y
racional. No todos los detalles de una leyenda son verdaderos, sino
su fondo y su conjunto. De ahí que hay que dar a cada leyenda su
valor y descubrir en ellas í que hay que dar a cada leyenda su valor
y descubrir en ellas las verdades que encierran con un estilo
poético maravilloso, encantador y fascinante, que no es el propio de
la historia exacta y precisa, a veces seca y fría.
Así en la
narración popular de la Altagracia aparece el dato de su aparición
en un naranjo. Detrás de la devoción altagraciana hay, pues, un
hecho extraordinario que se va a expresar y a multiplicar en muchos
y variados milagros a lo largo de toda la isla y toda la historia de
los dominicanos. Todos los días llegan a la Basílica testimonios de
estas acciones divinas extraordinarias. Son tantas que casi se han
hecho normales y tal vez por ser muchas, la mayoría no se anotan.
La Altagracia
de Higuey es, por tanto, una Imagen marcada por algo fuera de lo
común, histórica y realmente milagrosa. Es la experiencia de todo un
pieblo. La historia de los Trejo no explica este origen; la leyenda
sí.
¿Y qué manera
más hermosa de decir que la Altagracia es un regalo extraordinario
de Dios al pueblo dominicano y a sus descendientes que aquella de la
narración popular altagraciana?
He aquí una
lectura apropiada de ella:
Un anciano
misterioso, que nadie supo de donde vino y que se hizo invisible
luego de su acción (es decir, Dios), regaló a un padre (es decir al
pueblo dominicano) la Virgen de la Altagracia, que este padre, a su
vez, entregó a su hija (es decir, a sus descendientes).El regalo (la
Virgen de Dios) es milagroso: desapareció y apareció en un naranjo
(es decir Dios hace maravillas a través de él). Llevado de nuevo a
la casa de la familia, no se queda allí, repite su presencia en el
naranjo: es decir, la Altagracia no es de una sola familia, sino de
todas. Es la madre espiritual de los dominicanos, es la madre común
que los acompaña, los unifica, los ama y les concede bienes
(“milagros”).
Sin la leyenda,
la historia de los Trejo, evidentemente, no nos explica por qué la
Altagracia está tan profundamente enraizada en el alma de los
dominicanos; pero sin los Trejo la leyenda carece de su fundamento
último, el lógico y natural, que Dios siempre tiene en cuenta: la
Imagen no bajó del cielo, sino que vino de alguna parte de la
tierra.
Quedémonos,
pues, con la historia de los hermanos Trejo y la leyenda popular.
Las dos juntas nos pueden dar la historia completa del origen de la
devoción y del culto altagraciano.
III.
Valor e Importancia de las Imágenes
Las imágenes son tan antiguas como la humanidad. Son parte de la
estructura básica del ser humano y no se puede prescindir de ellas. Más
aún: cuando una determinada época se las menosprecia y deja de lado, los
hombres de ese tiempo o una parte de ellos se empobrecen y se secan. Hay
en las imágenes una riqueza, una frescura y una vida que no se encuentra
en la sola palabra ni la razón llega a captar del todo.
Es una dimensión tan clara y tan fuerte en el ser humano que en
transcurso de su historia, repetidas veces, él mismo ha elevado a la
categoría de “dioses”a sus imágenes, como elevó a “dioses”a héroes y
reyes, a criaturas irraciona-les e inanimadas (Romanos 1, 24-25), al
dinero y a la codicia (colosenses 3,5). Esta desviación debió ser
corregida en múltiples ocasiones para colocar la imagen en el puesto que
le corresponde y darle el valor que Dios creador le ha asignado, como
uno de los recursos con los que ha dotado a su criatura principal, el
hombre. O, al revés, continuamente han existido corrientes iconoclastas
que buscan destruir cada imagen. Eso siempre ha sido un error que ha
terminado haciendo mucho daño a los pueblos e incluso a sus propios
propulsores.
Junto a la realidad y al concepto de la imagen se presentan otras
realidades y conceptos estrechamente unidos a ella: signo, símbolos,
lenguaje, comunicación.
En los tiempos modernos la importancia y valor de este conjunto de
realidades han sido puesto sobre el tapete de manera vigorosa. Esa
valoración se ha concretizado en la aparición de múltiples estudios
sobre ellas y de la “semiótica”o “semiología,”como ciencia que se
interesa de manera particular en los mismos.
Imágenes, signos, símbolos, lenguaje, comunicación no sólo importan a la
“semiótica”o “semiología.”Otras muchas ciencias tienen que ver con
ellos: la psicología, la religión, en fin, el conjunto de ciencia que
tratan al hombre.
En cuanto a las imágenes sagradas pintadas, hay que decir que ellas
comunican en colores aquello que la palabra anuncia en letras escritas.
Son, en verdad, catequesis dichas en símbolo y con colores. Ya en el año
600 el Papa San Gregorio Magno insistía en el carácter didáctico de las
pinturas de la iglesia, útiles para que los iletrados, mi- rándolas ,
puedan leer al menos en ellas lo que no pueden leer en los libros.
Toda imagen –también de la Virgen y de los santos- hace referencia a
Cristo y habla de El, porque El es la “Imagen del Dios invisible” y
porque El restauró la “imagen de Dios ”en el hombre, perdida por el
pecado.
Hacemos Imágenes porque Cristo es Imagen de Dios, porque se ha hecho
hombre, porque todo ser humano es imagen del hijo de Dios y porque esa
imagen en el hombre, alterada desde Adán, ha sido restituida por Cristo.
En la Virgen y en los Santos es donde se
da esa restauración de la imagen de Dios en los hombres en su más alto
grado. En ellos Cristo es glorificado. Son muestras del triunfo del
evangelio. Una imagen (icono) de la madre de Dios o de un Santo quiere
ser, ante todo, una afirmación de la victoria del hijo de Dios
encarnado, redimiendo, restaurando y recapitulando todas las cosas en
El. Una Imagen, ciertamente, transmite otros muchos mensajes, pero todos
ellos se refieren a Jesucristo. Al venerar cualquier imagen sagrada,
veneramos siempre a Cristo.
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