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MONS. JUAN F. PEPEN
DONDE
FLORECIO EL NARANJO
LA
ALTAGRACIA:
ORIGEN Y SIGNIFICADO DE SU CULTO
Textos de la Biblia de la traducción de
L. Alonso Schökel y Juan Mateos.
Dibujos de Jesús Alcedo Sánchez
1984
Tercera Edición
Composición y diagramación:
Niñón León de Saleme
Impresión:
Amigo del Hogar
Razón de ser de este Libro
Este
libro ha sido escrito sólo para los devotos de la Virgen.
Sólo ellos están preparados para leerlo con gusto,
entenderlo y valorarlo. Sin pretensiones de obra histórica
ni teológica ni literaria, tiene de todo un poco; lo
suficiente para hacer comprender mejor una devoción que está
muy bien arraigada en el pueblo dominicano, pero que cuanto
más ilustrada sea, tanto más espiritual y fecunda en obra
será, como lo quiere y lo enseña la Iglesia, Nuestra Madre.
El
Autor
Higüey, agosto 15, 1957.
CAPITULO I
Leyenda, Tradición e Historia
LECTOR amigo:
El
contenido de estas páginas no es desconocido para ti. Tantas
veces lo has escuchado que te parecerá algo familiar. Está, en
una palabra, como incorporado a tu vida.
En
efecto, los hechos que de nuevo aquí se presentan a tu
consideración han sido narrados por muchas generaciones de
gentes sencillas, que han tenido en este relato un estímulo para
su fe y su esperanza. También ha habido escritores que han hecho
del relato motivo de sana inspiración y al recoger en una
literatura sencilla y espontánea lo sustancial de él, han dado
relieve más saliente a las viejas narraciones.
Pueblo y
escritores, fíjate bien, te han narrado en todo momento lo
sustancial de los hechos; el mismo relato fundamental, con
ligeras variantes en detalle, que no hacen sino confirmarlo como
un documento humano de honda raigambre en el alma popular.
Los
pueblos, como los individuos, tienen su infancia, su
adolescencia, su juventud y su edad madura, antes de llegar a la
vejez. En los pueblos niños, en las naciones en formación hay
mucho de la veracidad y de la plasticidad en la expresión que
hay en los niños pequeños. Dicen la verdad. Y la dicen a su
modo. Por eso la leyenda es una realidad que surge espontánea en
la primera edad de los pueblos. Busca, si quieres, en la
historia universal, un solo pueblo que no tenga leyendas. Es que
la leyenda es la expresión fiel del pueblo que balbucea y quiere
significar sus naturales aspiraciones, como el niño que dice
“papá” y “mamá”.
La
leyenda es un relato virgen en el cual se consignan hechos
sucedidos generalmente con carácter extraordinario. Su medio de
expresión y conservación es el decir popular. Cuando la leyenda
se hace permanente y se despoja de la aureola de fantasía que
suele rodearla, ganando así aceptación de cosa real en el pueblo
durante varias generaciones, se incorpora a la tradición. La
tradición es la transmisión oral o escrita de los hechos pasados
con todo su contenido moral o significativo. Ya se ve que ni la
leyenda ni la tradición son la historia. Esta es el relato fiel
y científico de los hechos pasados, bien comprobados al través
de testigos, documentos o monumentos que constituyen su única
prueba definitiva. La historia, testimonio prolongado en el
tiempo, se nutre de lo científico. La leyenda y la tradición,
aun basándose en hechos, se nutren de lo simbólico.
Pero la
historia no puede existir sin la tradición ni la leyenda. Estas
son como el pedestal de la historia, porque los hechos
consignados en la era primitiva de los pueblos no pueden
expresarse de otra manera que mediante la narración popular,
conservada en todo su vigor. Se trata, en las leyendas y
tradiciones permanentes, de hechos reales convertidos en
símbolos o idealizaciones. La experiencia demuestra que las
simples consejas, sin base real, no sobreviven a la vida de los
pueblos ni se incorporan de hecho a su vida cultural o
religiosa.
La
leyenda, hecha tradición e incorporada a la historia, de la
manifestación de la Virgen Sant ísima bajo la advocación de
Altagracia como Madre y Reina del pueblo dominicano, es el
relato que nuevamente leerás en estas páginas, acogiéndolo sin
duda como un nuevo incentivo del amor que ya a la Virgen
profesas.
TEXTOS BIBLICOS PARA MEDITACION
“Por
tanto, hermanos, sigan firmes y mantengan las tradiciones que
les enseñamos de palabra o por carta”. (2da. Tesalonicenses
2,15).
***
“Lo que
ojo nunca vio ni oreja oyó ni hombre alguno ha imaginado, lo que
Dios ha preparado para los que lo aman, nos lo ha revelado Dios
a nosotros por medio del Espíritu”.
(1ª.
Corintios, 2,9)
***
“Jamás
oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti que hiciera tanto por el
que espera en él”. (Isaías 64,3)
***
“Acuérdate de los días remotos, considera las edades pretéritas,
pregunta a tu padre y te lo contará, a tus ancianos y te lo
dirán”. (Deuteronomio 32,7).
***
“Después
derramaré mi espíritu sobre todos: sus hijos e hijas
profetizarán, sus ancianos soñarán sueños, sus jóvenes verán
visiones”. (Joel 3,1).
CAPITULO II
EL ESCENARIO
EN el
centro del sistema antillano, bañada por dos mares y caldeada
por el sol tropical, surge, como una joya del océano, la isla de
Santo Domingo.
No
regaló Dios a otra isla una situación más privilegiada ni la
dotó de más bellezas. En efecto, ella constituye el centro
geográfico de toda América. Equidistante de todos los puntos del
Continente, en ella se cruzan todas las rutas de los navegantes
que van y vienen de Norte a Sur, de Este a Oeste y viceversa.
Sus bellezas naturales son como la expresión de un canto al
Creador, hecho verdor en las campiñas, majestad en sus montañas,
rumor en sus ríos, inmensidad azul en su cielo y en la extensión
del mar que la rodea. Así es Quisqueya, la isla maravillosa, que
para los habitantes primitivos significó “madre de la tierra” y
para el Gran Navegante, Colón, fue “la tierra más hermosa que
ojos vieron”…
Hermosa,
sí, hermosa es Quisqueya como pocas tierras. Pero no está toda
su hermosura en el contorno geográfico ni en el pródigo
desbordamiento de su naturaleza virgen, hecha luz y hecha
paisaje, sino que en ella hay un elemento de belleza más sutil:
su condición de tierra escogida, privilegiada para ser punto de
partida de la conquista de todo el Continente y al mismo tiempo
centro de irradiación espiritual desde donde la fe cristiana se
expandiera por todo el Nuevo Mundo. Más aún, ella estaba
predestinada a ser también escenario de nuevas maravillas de esa
fe; algo así como un inmenso altar donde resonaran grandes
alabanzas al Dios de bondad.
Al
Oriente de la isla, limitado al norte por la Cordillera Central
y bañado al sur por el Mar Caribe, se extiende un valle que por
su dimensión y situación evoca en algún modo al país de la
Palestina, creado por Dios para ser testigo de grandes milagros.
Allá Cristo, el Divino Redentor; aquí su Madre Santísima, no ya
en su vida terrenal, sino en su vida gloriosa, hecha madre y
protectora de esta tierra con el nuevo título y advocación de
Nuestra Señora de Altagracia, llenaron el ambiente terreno de
bendiciones, consagrado como tierra santa el contorno geográfico
nacional.
Palestina y el valle de Hicayagua o Higüey son tierras
privilegiadas; señaladas por Dios para ser escenarios de
milagros. En la evocación que todo cristiano amante de Jesús
hace de la vida del Maestro, ha de enmarcarla en Palestina. Todo
católico dominicano, al evocar a la Virgen Madre de Dios, piensa
en Higüey, como hogar de la Madre.
El
nombre de Higüey ha quedado reservado por la geografía
dominicana a la parte más oriental del valle de Hicayagua. Es
una región que parece haber sido creada para la oración y la
poesía. Poseída de un perenne verdor; regada por numerosos ríos;
penetrada por las brisas de dos mares; con un cielo azul,
acortinado frecuentemente por nubes de gasa; con un suelo
alfombrado de pastos naturales; en todo Higüey parece resonar un
poema que es a la vez égloga y oración.
El
Higüey de la conquista debió hacer un derroche de galas de la
naturaleza, invitando al colono a fundar en él una de aquellas
blasonadas villas, honradas por el rey de España con tal título,
con escudo propio, como si fueran ya joyas de su corona. Igual
estima denota el empeño con que su cacique Cotubanamá hiciera
resistencia al conquistador hispano en defensa de su lar,
escribiendo una de las páginas epopéyicas de la historia
quisqueyana.
En el
Higüey remoto y lejano se fundieron el alma española y el alma
indígena, como se fundieron dos razas y dos culturas, para
producir un fruto de noble espiritualidad; para dar pie a la más
hermosa tradición de América Católica, la iniciación del culto a
María Santísima de Altagracia. Por eso Higüey es y será siempre
el Hogar del Catolicismo Dominicano.
TEXTO BIBLICO PARA MEDITACION
“Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión; que ha
reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos
dentro de ti; ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor
de harina; envía su mensaje a la tierra; y su palabra corre
veloz; manda la nieve como lana, especie la escarcha como
ceniza; hace caer el hielo como migajas y con frío congela las
aguas; envía una orden y se derriten, sopla su aliento y corren
las aguas. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a
Israel; con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus
mandatos. ¡Aleluya!”.
(Del
Salmo 147).
CAPITULO
III
Un Relato Singular
EN las
primeras décadas de la era colonial, cuando ya se había logrado
la sumisión de los naturales de la isla Española y el
asentamiento pacífico de los colonos españoles era cosa fácil y
ordinaria, la región de Higüey tuvo su primer núcleo de
población organizada; un conglomerado de unas poquísimas
familias de colonos hispanos, suficientes para el villorrio
mereciera ya el título y blasones de “villa” con privilegio
real. Había fundado esta nueva villa don Juan de Esquiven,
capitán español encargado del sometimiento de la región, durante
el gobierno de Nicolás de Ovando, hacia 1505 ó 1506.
Mucha
paz debía reinar ya en aquellos contornos, pues la vida de
familia, que sin paz y sosiego no puede tener desarrollo y
florecimiento, mostraba ya sus frutos espléndidos. Padres y
madres, venidos de la lejana España, estaban ya orgullosos de
sus hijos nacidos en esta tierra, frutos primerizos de la nueva
vida inyectada a América. Y no faltarían por cierto los primeros
engendros de la unión de dos razas, la ibérica y la indígena,
creadas por un mismo Dios, no para odiarse sino para unirse e
injertar así la nueva América.
Aquellos
primeros años de la Colonia fueron duros, muy duros, tanto para
el conquistador y colonizador como para el indio receloso e
indómito, que sólo cobraba confianza al través de verdaderos
milagros de paciencia. Sólo un recurso infalible hubo, en la
vida de la isla Española como en todas las demás tierras de
América, para templar la lucha entre las dos razas y para
sembrar profundamente la simiente de la paz que permitiera la
vida plena en los territorios conquistados por la espada. Ese
recurso fue la fe. Sin fe hubiera sido imposible la
colonización. Y esa fe católica, trasplantada a los nuevos lares
en forma íntegra por los colonizadores, al germinar y crecer en
América, produjo, debido a su infinita e inagotable fecundidad,
nuevos y hermosos frutos, frutos espléndidos de los cuales puede
ufanarse la cristiandad.
El
trasplante de la fe a tierras de América fue simultáneo al
trasplante de muchas cosas. Nacía una nueva civilización y había
que poner sus cimientos muy profundos. Así el conquistador no
podía olvidar en su emigración a tierras de América cuanto fuese
necesario para inaugurar una vida nueva. Con el conquistador
vino el instrumento de labranza, la semilla, el animal
doméstico, el libro, la espada y el objeto del culto. Sin esas
cosas no podía vivir.
Higüey
fue, desde entonces, un nuevo establecimiento de colonización.
Muy pronto hubo predios de labranza y crianza de ganados. Sus
tierras, llanas y regadas por ríos, eran favorables a ambas
cosas. Junto a las plantas indígenas, cuya utilidad ya conocían
los españoles, se plantaron las plantas importadas; el plátano,
de incomparable belleza y utilidad; el mango de prolífica
producción; el naranjo, cuya simiente vino a América en los
primeros viajes, por ser planta y fruto de exquisita selección
en el Meridión Español. El naranjo en particular encontró en
Higüey un suelo ideal APRA su cultivo. El suelo calizo, muy
cargado de álcalis, resultó ideal para la fruta, ya que éstos
neutralizan la acidez de los jugos naturales, produciendo un
fruto dulce y sazonado. De ahí la tradicional fama de que goza
la naranja de Higüey. Es de suponer que ante el éxito de su
cultivo, los colonos hicieran del naranjo un árbol de
predilección. Y en efecto ya en aquellos tiempos el naranjo
ofrendaba al colono su fruto dulce y perfumaba el ambiente con
su níveo regalo de azahares. Un naranjo de Higüey, sembrado por
manos españolas, estaba llamado a ser árbol de vida; una fuente
de inspiración; un hito imponderable en el catolicismo de
América; un trono natural para la Virgen Reina en el Nuevo
Mundo.
El
relato que sigue necesita de las consideraciones anteriores para
ser comprendido. No es el relato de la historia. No lo registran
documentos escritos ni tiene en su favor el apoyo de la crítica.
Subsiste a pesar de ella porque es imponderable. No se le puede
sopesar con medios humanos; sin embargo subsiste, porque si no
expresa el dato histórico puro y escueto, expresa al menos el
dato sentimental, el dato del corazón. Si no está probado que
fuera así, dice el corazón, así pudo y debió ser. Por eso
permanece, porque de no ser verdadero sería verosímil y no hay
otro mejor ni más bello que lo sustituya. Y la belleza, aun la
belleza ideal, es siempre algo respetable.
Por ser
de tu interés y porque también tú, lector, tienes alma y corazón
y amas lo bello, aquí está el relato:
No
muchos años después de la fundación de la villa de Salva león de
Higüey, vivía en aquel lugar una familia ejemplar por sus
virtudes, constituida por el padre, un español de buena estirpe,
dedicado por entero a sus deberes familiares, una madre del
mismo origen, modelo de virtudes cristianas, y dos hijas entre
la infancia y la pubertad, igualmente buenas, candorosas,
angelicales. Las niñas, aunque virtuosas las dos, no eran de
igual índole ni idénticos gustos. La mayorcita, sin llegar a ser
una casquivana, mostraba, como es corriente en las de su sexo,
cierto afán por las cosas del mundo, especialmente por las que
más satisfacían sus ilusiones de próxima doncella, es decir, los
trajes lujosos, las alhajas, perfumes, cosméticos y otros
aderezos del cuerpo. La menor, hermosa con la hermosura cándida
y virginal de una rosa temprana, era más bien un ángel. Aunque
vivía en la tierra sus gustos estaban principalmente en el
cielo. Así, sin dejar de tener otros gustos infantiles, como los
juegos y entretenimientos propios de su edad, su mayor atracción
estaba en las obras piadosas. Dedicaba un buen tiempo a sus
oraciones, ayudaba en los quehaceres de la casa y era
caritativa, modesta y generosa a carta cabal.
Muy
virtuosa debía ser aquella familia para que pudiera merecer el
gran favor, la gracia alta y delicada de recibir a la Virgen
como obsequio del cielo. Esto es más claro si se considera que
frecuentemente hoy día las bendiciones y favores de Dios se
alejan de ciertos hogares que no corresponden en su estructura y
comportamiento al ideal cristiano del hogar. Muchos hogares,
lejos de ser modelos de observancia de la ley de Dios, son
refugio de vicios y males morales que desbordan en la sociedad
moderna su desorden y corrupción.
El padre
de la familia hacía con relativa frecuencia viajes a la ciudad
de Santo Domingo, capital del establecimiento colonial y centro
de todas las actividades comerciales, religiosas, culturales y
administrativas. Allí realizaba de ordinario sus operaciones
comerciales, vendiendo sus ganados y otros productos de su
pequeño hato de Higüey; igualmente se abastecía de cuanto
pudiese faltar en su hogar hasta el próximo viaje, el cual no
podía ser muy próximo debido a lo penoso e incómodo de hacer
tres o cuatro jornadas por caminos estrechos, ásperos y con
frecuencia enfangados. Con todo, esos viajes eran necesarios
para sostener una vida medianamente decente, toda vez que en el
caserío de Higüey pocas facilidades debían ofrecerse para
adquirir aun las cosas indispensables.
Aquellos
viajes debían prepararse con bastante tiempo y cuidado, tanto en
lo relativo a los productos para la venta como a las provisiones
que amo y sirvientes habían de llevar para el camino. Así que
durante varios días en la casa sólo se hablaba de esos
preparativos, cuidando de que nada útil en ellos faltase. La
madre y las niñas, claro está, tomaban participación afanosa en
ellos, amantes como eran del bienestar del esposo y padre de la
familia. Era también el tiempo de los encargos. Cada quien
repetía lo que deseaba recibir entre las maravillosas cosas que
ofrecía el comercio de la lejana ciudad y esperaba con ansia el
regocijado regreso del padre, los días de cuya ausencia eran
contados con viva nostalgia.
Mientras
preparaba uno de aquellos viajes a la ciudad capital, el padre
de familia prestó atención a las solicitudes y encargos de las
niñas, que junto a la mesa familiar cenarían aquella víspera con
más cariño y amor ante la próxima partida. Tal vez a aquella
hora harían sus especiales obsequios y recomendaciones a papá,
quien como siempre presidía la cena familiar, rezaba sus
oraciones y dictaba sus consejos a las niñas en aquella hora
íntima. Eran tiempos aquellos de mucha vida familiar.
La mayor
de las niñas, como siempre, pidió nuevos trajes, calzado y
alguna alhaja que sirviera para presentarse con novedad y
singularidad entre sus amigas. Lo menor, en cambio, como
iluminada por mística inspiración, hizo al padre esta súplica,
más que pedido:
-
Papá, voy a hacerle un encargo que espero no dejarás de
cumplir. No dejarás de traerme la imagen de la Virgen
María bajo la advocación de Altagracia. Mira, papá, no
dejes de traérmela, porque esta imagen de la Virgen la
he visto en sueños y repetidamente me ha dicho que me
protege a mí, a mi familia, a todos los moradores de
este lugar y a todos los que habitan y habitarán en esta
isla. Búscala, papá, que es hermosa, muy hermosa y ha de
ser lo más hermoso que habrá en todo este lugar. Si la
traes, papá, yo seré feliz…
El buen
padre de familia no dejó de sorprenderse al oír el encargo de su
hija y con cierta inquietud objetó:
-
Pero, hija, no conozco la tal Virgen de Altagracia de
que me hablas. ¿No será que deliras en tus sueños por tu
delicada salud? ¿No sería mejor dejar de pensar en esas
devociones nuevas y pedirme alguna de las ya conocidas,
Nuestra Señora del Monte Carmelo, la Virgen del Pilar,
Nuestra Señora de la Merced, Redención de los Cautivos?
El
padre, al mismo tiempo que hablaba, sentía un gran temor de que
su hijita mimada estuviera enferma, de que estuviese perdiendo
la razón y por eso hiciera tales encargos. Pero la respuesta e
insistencia de la niña le devolvieron la tranquilidad por su
cordura.
-
Mira, papá, Dios Nuestro Señor siempre se ha servido de
los niños y de los débiles para sus cosas grandes. La
Virgen Santísima, como Jesús, siente predilección por
los niños. Por lo menos así lo he oído leer en los
relatos de las vidas de los santos.
Estos o
parecidos coloquios debieron calar muy profundo en el corazón
del bondadoso padre de familia, porque ya desde entonces el
motivo principal del viaje se trocó de puramente comercial, como
lo era hasta ese momento, en un motivo profundamente espiritual.
El también tenía mucha fe y amor a la Virgen y comenzó a pensar,
aunque no conocía la antedicha advocación, en que esa imagen
desconocida para él vendría a aumentar la devoción a la Virgen
que tan arraigada estaba en su hogar.
Antes
del amanecer del siguiente día el padre de familia, enjaezadas
las mulas y colocadas las pesadas cargas sobre sus lomos, se
dispuso a emprender el viaje a la capital, no sin antes
despedirse con cariño de su ejemplar esposa y estampar un beso
en la frente de cada una de sus hijas que aún dormían.
Acompañado de algunos criados, entre los cuales bien podía haber
algún viejo indio a su servicio desde los primeros repartos y
encomiendas y hasta algún negro importado del Africa lejana para
los rudos trabajos de la isla, salió de su estancia encomendado
a Dios todo el éxito de su viaje.
Tres
días de camino suponía el viaje a la capital, durante los cuales
los viajeros pernoctaron en posadas bien reconocidas, donde eran
recibidos de ordinario con hospitalidad generosa. Llegados a la
capital, después de un breve descanso, procedieron a realizar
sus operaciones comerciales, las que se hicieron con relativa
facilidad, ya que el buen señor era reconocido como persona
honrada y no dejaba de tener sus buenas relaciones y créditos.
Lograda una buena venta de sus productos, hizo las diligencias
necesarias para comprar lo que no podía faltar: los encargos de
sus hijas. Muy fácil resultó adquirir los regalos de la
mayorcita, espléndidos en el comercio que mercaderes bien
avisados abastecían con profusión. En cuanto al encargo de la
menor, la Virgen desconocida para él, resultaron infructuosas
cuantas diligencias hizo para adquirirlo; ni comerciantes ni
artistas ni eclesiásticos ni amigos pudieron no ya suministrarle
la imagen solicitada, sino ni siquiera darle información alguna
sobre la tal imagen y advocación. ¿Cuál no sería la pena de
aquel corazón paterno, ansioso de satisfacer el pedido de su
hija idolatrada? Más aún, el fracaso de su diligencia le
renovaba el temor de que su niña pudiese estar perdiendo la
razón al hacer el descabellado pedido. Para agradar en algo a su
hija adquirió otros objetos religiosos que tal vez pudieran
satisfacerla siquiera temporalmente.
Turbado
su espíritu por la duda que le atenaceaba y por el temor de
volver al hogar sin el regalo tan solicitado, emprendió el
regreso una vez cumplidos todos los demás objetivos de su viaje.
Ninguna
esperanza de colmar el deseo de su hija animaba al colono
viajero, cuando al cabo de dos días de viaje se detuvo para
pasar la noche, según acostumbraba, en casa de un amigo, cuya
estancia sitúa la tradición en el lugar llamado Paso de los dos
Ríos. Allí fue bien recibido y descargadas las monturas, tanto
él como sus criados se dispusieron a descansar. Durante la cena,
servida con amable atención y solicitud por los hospitalarios
amigos, el tema de la conversación recay ó, como era de
esperarse, en la preocupación que el colono tenía al no haber
encontrado a la dicha y Virgen de Altagracia. Otros viajeros de
la región, traficantes o aventureros, como debían abundar en
aquellos días, tal vez disfrutaban de igual hospitalidad de
parte de aquella buena gente y, como es natural, la conservación
se hizo cada vez más animada e interesante.
Demos un
vuelo a la fantasía. El colono de Higüey, buscando un desahogo a
su corazón, expuso a los circunstantes el único motivo de su
preocupación, después de un viaje por otra parte feliz.
-
Mi
única pena –diría- es no poder complacer una petición de
mi hijita más pequeña. Ella es muy buena, muy religiosa,
muy obediente y sumisa a sus padres; tan virtuosa que es
el alma de la casa; casi nunca pide nada y ahora me ha
solicitado con extraña insistencia que le lleve una
imagen de la Virgen bajo un título nuevo, que ella dice
de Altagracia. Nadie en la capital ni en ninguna parte
en el trayecto de mi viaje ha podido darme información
alguna acerca de esa Virgen; sin embargo, la niña está
convencida de que existe y mi pena al volver sin el
encargo sólo será comparable a la de ella al no
recibirlo.
-
Para bien –responderían casi a coro el dueño de la
hospedería y sus familiares, colonos también venidos de
España-, aquí amamos mucho a la Virgen y somos sus
devotos, pero hasta hoy nunca hemos conocido la tal
imagen. Esté usted tranquilo, que ni la encontrará ni la
niña pensará más en ella en breve tiempo, cuando se
convenza de que es inútil su pedido.
-
Pues lo que es a mí –bien pudo agregar desde un rincón
un criado negro- me da el corazón que a lo mejor esa
niña tiene razón de pedir lo que pide. Allá en el África
yo desde niño oí a mercaderes que venían del Norte del
Continente hablar acerca de cierta Virgen y Madre que
redimía a los cultivos de las mazmorras y de los
llamados “baños de Argel”. También hablaban de ella unos
sacerdotes venidos de Etiopía, que aseguraban que cierto
mago de su tierra, muchos siglos atrás, había visitado
al niño Dios y a su Madre en Palestina. Miren, vuestras
mercedes, esa tal Virgen es capaz de hacer muchas
maravillas; ella puede libertar a los cautivos en todo
el mundo.
Y algún
indio liberto, entre tímido y corto, intervendría para dar su
opinión en el caso, diciendo con toda sinceridad e ingenuidad:
- De mi
parte, ya sé que hay un ser en el cielo, que todo lo ve. Ese
ser, Louquo, tiene por cierto una Madre muy poderosa y buena;
desde muy antiguo los de mi raza hemos visto su figura en el
esplendor radiante de la luna de enero y los que aún vivimos
sabemos que ella es la única que ha de traer a esta tierra la
verdadera, dulce y duradera paz.
Después
de este supuesto coloquio en que ya las razas y los hombres de
esta tierra aparecen hermanados en una fe común, volvamos a la
médula de la tradición.
Una vez
expuesta su ansiedad y oído el parecer de los demás compañeros
de la hospedería, he aquí que un anciano de aspecto venerable,
al parecer un viajero fatigado por el largo caminar, que estuvo
escuchando en silencio la conversación de los comensales sin
decir palabra, se acercó lentamente al viajero de Higüey y con
tono religioso y digno, como de asceta consumado, le dijo:
_ Pues,
sí señor, la niña tiene razón. Aquí tiene usted su encargo. Esta
es la Virgen de Altagracia. Llévela a su hija, que esta imagen
de la Virgen será siempre la señal definitiva de la protección
de María a los habitantes de esta isla.
Mientras
esto decía, el anciano le entregaba un lienzo enrollado de
regular dimensión.
Con
emoción y temblor, el viajero desenrolló el lienzo y
contemplaron por primera vez cuantos allí estaban una
hermosísima imagen de la Virgen en el grandioso momento de su
alumbramiento, una representación feliz del misterio de la
Maternidad Divina de María.
Todos a
una exclamaron:
Postrándose recitarían la Salve primera en honor de tal
advocación, luego de besar el lienzo bendito y hacer el
propósito de conservar y extender su devoción.
Mientras
esto sucedía, el anciano desapareció de la vista de los
presentes, sin que el viajero pudiese siquiera darle las debidas
gracias.
Fatigado
como había de estar, aquella noche el viajero apenas pudo
conciliar el sueño. Puso junto a su cabecera el lienzo venerado
para mantenerlo bajo custodia y al llegar la madrugada se
incorporó, hizo incorporarse a sus criados y preparadas las
monturas se despidió del posadero, emprendiendo jubiloso la
marcha hacia Higüey. Con paso acelerado, los jinetes cabalgaron
con prisa inusitada durante sus otros viajes y con llevar tanta
prisa, aquella última jornada de camino pareció al viajero más
larga que nunca: ¡tanto deseo tenía de llegar a su hogar y
experimentar el júbilo de la entrega de un encargo tan
extraordinariamente adquirido y que iba a satisfacer un anhelo
tan vehemente de su niña mimada!
Al caer
la noche, los viajeros llegaron a Higüey. Comenzaba a oscurecer
y ya la luna asomaba su faz plena en el confín del oriente, más
brillante que nunca, para saludar a la Reina, a cuyos pies sirve
de escabel. Las estrellas, fanales de plata, hacían coro a su
vez para inundar de luz el firmamento y anunciar una claridad
magnífica y perdurable en el cielo de Higüey…
Como era
su costumbre, las niñas oteaban el horizonte para advertir la
llegada del padre ausente y esa tarde, un extraño presentimiento
las había mantenido más alerta que otras veces en la inquietud
de la espera. Así, al asomar el padre de familia a conveniente
distancia en el serpenteante camino que llevaba hasta el
caserío, unas manitas blancas y puras se agitaron con alegría
para saludar desde lejos y batir palmas en señal de contento.
-
¡Es
él!... decían, sin predecir todavía la posterior alegría
de recibir también a la ilustre e inefable Reina.
Ya a la
puerta de su hogar, después de los consabidos abrazos, besos y
bendiciones, el padre dispuso la descarga de las monturas, que
fueron retiradas por los criados, y la acomodación de las
mercancías en los lugares convenientes. Pero con gran reserva,
el padre dejó para última hora la entrega de los regalos. Los
reclamos de las niñas no se habían hecho esperar. Cada una
insistía en su pedido original. La mayor recibió gozosa sus
regalos. La menor, con la faz radiante de alegría, adivinó en el
júbilo del rostro paterno, la realización de su anhelo.
-
¡Aquí está! Dijo, aun antes de haber visto la imagen. Y
cuando su padre, con reverencia y cuidado, desenrolló el
lienzo venerando, la niña estampó un beso de amor a la
Virgen y exclamó:
-
¡Esa, ésa es la misma Virgen de Altagracia, la que
deseaba, l
la que
conocía yo antes de verla!
En el
oratorio de la familia, la imagen bendita tuvo desde aquella
noche el sitio de honor, el mismo centro. Fue adornada con
flores del jardín familiar y en su honor se encendieron velas de
cera nativa. Junto a ella rezaron el rosario y toda la familia
renovó su consagración personal al servicio de María.
No tardó
en divulgarse entre los vecinos la noticia de la existencia de
la bella imagen. Desde el día siguiente fue cosa corriente ver a
algunos de ellos embelesados en la contemplación de tan devota
pintura y como era natural, el cura de la parroquia, amigo y
padre espiritual de la familia, fue el primer invitado a
contemplar, admirar y bendecir la imagen.
Cuando
todos comenzaban a tributar ese culto espontáneo, nacido de la
atracción espiritual que infundía la imagen de la Virgen y de la
devoción arraigada a María Santísima que reinaba en el hogar, un
hecho inesperado vino a poner un sello de admiración a este
culto. La tradición insiste en referir que uno de aquellos
primeros días, a pesar de la vigilancia y la custodia de la
familia, el cuadro desapareció. ¡Cuál sería la momentánea
confusión y consternación de todos en la casa! La búsqueda y
averiguación no tardó en dar con ella. En lo alto de un copudo
naranjo que era visible de todo el caserío, fue encontrada la
imagen, desplegada y extendida como para ser contemplada en toda
su luminosa belleza. Sus colores predominantes, el blanco, el
rojo y el azul aparecían más claros y visibles, como anunciando
una bienaventuranza futura, y para hacer una digna ofrenda a la
Reina bendita, aquel naranjo que por mucho tiempo no florecía,
en aquella ocasión floreció con un derroche copioso de azahares…
La
imagen fue tornada al hogar y repuesta en el altar familiar.
Pero una y otra vez el prodigio se repitió. Ya no había que
dudar más; el naranjo señalaba el lugar escogido por el cielo
para el culto público a la Virgen de Altagracia. Así lo
manifestaba el prodigio y tanto el señor cura como la familia
privilegiada estuvieron de acuerdo en llevar provisionalmente la
imagen a la primitiva ermita parroquial, haciendo un voto común
de erigir la nueva ermita y santuario junto al naranjo.
Ángeles
del cielo debían guardar por siempre aquel lugar santo. Y como
si la ofrenda de un alma pura fuese la señal del pacto eterno
entre la Virgen y el pueblo dominicano, un día cualquiera de los
que siguieron a aquel prodigio, la niña murió, su alma voló al
cielo y su cuerpo fue sepultado al pie del naranjo.
Desde
aquel día nunca han faltado a los pies de la Virgen las almas y
las flores. Una caravana interminable de devotos se ha postrado
día a día frente a la Madre, ofrendándole su amor y repitiendo a
todos los vientos el prodigio. Esa hilera de devotos representa
todas las generaciones que han poblado esta tierra desde
aquellos días y constituye por sí misma el hilo continuo de esta
tradición…
De ese
relato, lector, puedes tener por cierto que su última parte, es
decir, la que se refiere a la desaparición de la imagen del
oratorio familiar y su reaparición en un florido naranjo, ha
sido conservada como algo intangible en Higüey durante siglos.
Lo demás, llevado a nuestra literatura por autores más o menos
informados, sólo es el colorido de que, de un modo inevitable,
se reviste la leyenda cuando pasa a través del prisma de la
fantasía popular.
TEXTOS BIBLICOS PARA MEDITACION
“Dichosos los limpios de corazón, porque ésos van a ver a Dios”.
(Mateo 5,8).
***
“Bendito
seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has ocultado
estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la
gente sencilla”. (Lucas 10,21).
***
“Y
¡dichosa tú, que has creído! Porque lo que te han dicho de parte
del Señor se cumplirá”. (Lucas 1,45).
***
“…por él
tuvimos entrada a esta situación de gracia en que nos
encontramos y estamos orgullosos con la esperanza de alcanzar el
esplendor de Dios”. (Romanos 5,2).
***
“No
basta andar diciéndome: “!Señor, Señor! “, para entrar en el
reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi
Padre del cielo”. (Mateo 7,21-22).
***
“…si
quieres entrar en la vida guarda los mandamientos”. (Mateo
19,17).
***
“Pues lo
mismo la fe; si no tiene obras, ella sola es un cadáver”.
(Santiago, 2,17).
CAPITULO IV
Lo que dice la Historia
EL CULTO
mariano nació en América con el descubrimiento. Como una muestra
muy expresiva de la inspiración profundamente cristiana y
profundamente mariana de los que patrocinaron el descubrimiento,
los Reyes Católicos; y de quienes lo llevaron a cabo, Colón y
sus compañeros, una de las tres carabelas de la expedición
descubridora llevaba el nombre de Santa María. Los marineros,
bajo la dirección del futuro Gran Almirante, entonaban todos los
días la Salve en honor de María, la “Estrella del Mar”,
invocando su protección y confiándole el éxito de su aventura.
Cuando
se realizó el descubrimiento y los descubridores se convirtieron
en colonizadores, el primer asiento de una colonia permanente
fue la isla Española, llamada después Santo Domingo.
Siendo
católicos los colonizadores y siendo Santo Domingo el primer
establecimiento colonial se España en América, sobra decir que
el culto mariano en América tuvo su verdadero principio en esta
tierra. Aquí se predicó por primera vez a los naturales, se
construyeron los primeros templos, se trajeron las primeras
imágenes de la Virgen y se organizó por primera vez su culto.
¿Dónde hay cristianos verdaderos que no florezca de inmediato el
culto a María Santísima, Madre de Dios, cualquiera que sea el
título bajo el cual se la invoque?
No es ya
de extrañar que pronto, muy pronto, desde los primeros años de
la colonia, la Virgen Santísima correspondiera al amor y
confianza de sus devotos, otorgándoles el favor de alguna de sus
tradicionales manifestaciones. Estos episodios abundan en el
curso de la historia de la Iglesia.
Pero con
ser tan espléndida la tradición, la historia se manifiesta parca
y sobria en cuanto a precisar los orígenes del culto a Nuestra
Señora de Altagracia en Santo Domingo. No es de extrañar esta
parquedad. Toda la historia colonial de Santo Domingo se
resiente de ella. La rapiña y la tea incendiaria de los piratas
e invasores que asolaron a Santo Domingo en aquellos tiempos dio
al traste con muchos documentos. Lo demás, o se perdió por el
abandono o fue llevado a los archivos de España y sólo espera
que la labor de pacientes investigadores desentrañe su
contenido.
Con
todo, los documentos existentes, siendo pocos y concisos, bastan
para confirmar en gran parte la antigüedad del culto a Nuestra
Señora de Altagracia en esta isla, subrayando de paso el valor
espiritual de ese culto y la manifestación de amplios favores
por parte de la Virgen.
Un
cronista remoto, el canónigo licenciado Luis Jerónimo de
Alcocer, natural de esta isla, escribió en el año 1650 un
testimonio de gran interés, contenido en documento que guarda en
sus anaqueles la Biblioteca Nacional de Madrid. Dice el canónigo
de Alcocer, textualmente: “La Imagen miraculosa de Nuestra
Señora de Altagracia está en la villa de Higüey, como treinta
leguas desta ciudad de Santo Domingo; son innumerables las
misericordias que dios Ntro. Sr. A obrado y cada día obra con
los que encomiendan a esta Santa Imagen; consta que la trajeron
a esta Isla dos hidalgos naturales de Placencia e Extremadura,
nombrados Alonso y Antonio de Trexo que fueron de los primeros
pobladores desta Isla, personas nobles como consta de una cédula
del Rey, en que encomienda al Gobernador desta Isla que los
acomode y aproveche en ella, y habiendo experimentado algunos
milagros que avía hecho con ellos la pusieron para mayor
veneración en la Iglesia parroquial de Higüey, adonde eran
vecinos y tenían haciendas. Parece que no quiere Dios Ntro. Sr.
que salga de aquella villa, porque a los principios enviaron por
ella el Arzobispo y cabildo de la Catedral y se desapareció de
un arca adonde la traían cerrada con veneración y cuidado y el
mesmo tiempo se apareció en su Iglesia de Higüey adonde solía
estar; está pintada en un lienzo muy delgado de media vara de
largo y la pintura es del nacimiento y está nuestra señora con
el niño Jesús delante y San Joseph a sus espaldas. Y con haber
tanto tiempo tiene muy vivas los colores y la pintura como
fresca; van en romería a esta santa imagen de Nuestra Señora de
Altagracia de toda esta Isla y de las partes de las Indias que
están mas cerca y cada día se ven muchos milagros que por ser
tantos ya no se averiguan ni escriben, algunos en señal de
agradecimiento los hacen pintar en las paredes y otras partes de
la Iglesia y con ser los menos ya no hay lugar para más; son
muchas las limosnas que se hacen a esta santa iglesia y así está
bien proveída de ornamentos y tiene muchas lámparas de plata
delante de su Santa Imagen”.
Las
palabras del canónigo de Alcocer, en lo que respecta al culto de
la Virgen, parecen escritas en nuestros mismos días. La Virgen
no ha dejado de conceder sus favores, el pueblo lo comprende y
las manifestaciones del pueblo católico agradecido no terminan.
Es el mismo caso de todos los grandes santuarios de María.
La
antigüedad del culto a Nuestra Señora de Altagracia en Higüey,
considerándolo en relación con los hermanos Trejo, puede
colegirse del hecho de que los citados hermanos figuran ya como
encomenderos de indios en Higüey, en un repartimiento de estos
naturales llevado a cabo por Ibáñez y Rodrigo de Alburquerque en
el año 1514. Un lugar situado dentro de los límites del
municipio de Higüey conserva todavía el nombre de “Trejo”.
Aunque
su testimonio no tiene valor concluyente, porque no se propuso
escribir para la historia, las siguientes palabras del Arzobispo
don Francisco de la Cueva y Maldonado, en carta al rey de 25 de
julio de 1664, expresan por lo menos la opinión popular de esa
época:
“El
templo de Ntra. Sra. de Higüey en esta isla es el primer
santuario que hicieron los católicos en ella, cuando las
católicas armas de V.m. la conquistaron en su principio, con que
viene a ser el santuario primero de estas Indias”.
Fundado
Salvaleón de Higüey hacia 1505 ó 1506, en un lugar más cercano a
la costa de lo que está actualmente y, según se cree, muy
próximo a la bahía de Yuma, fue trasladado muy poco tiempo
después al lugar que actualmente ocupa. El 7 de diciembre de
1508 fue decorado con título de Villa y escudo real por el rey
de España. Fue erigida la parroquia por decreto del primer
obispo de Santo Domingo, Fray García de Padilla, el 12 de mayo
de 1512. Siendo ya parroquia por esta fecha, hay que pensar que
el culto a la Virgen Santísima, bajo cualquier advocación,
comenzó ya en esos días, lo que unido a la vecindad de los
hermanos Trejo por aquellos años, hace pensar en que el culto a
Ntra. Sra. de Altagracia, con carácter popular, no está muy
distante de aquellos primeros tiempos.
La
construcción del templo que sustituyó a la vieja ermita techada
de paja donde tuvo su primer asiento el culto a Nuestra Señora
de Altagracia, se debió principalmente al Canónigo Alonso de
Peña, que aportó para ello sus propios recursos económicos y la
dirección de los trabajos, y al Mayordomo del Santuario, Don
Simón de Bolívar, quinto abuelo del gran Libertador de América
del Sur, quien gestionó la ayuda necesaria para su terminación.
La obra de fábrica comenzó entre los años 1567 y 1569 y terminó
en 1572, cuando el templo fue consagrado por el Arzobispo Fray
Andrés de Carvajal.
El
testimonio de información hecho en la ciudad de Santo Domingo a
instancias de Don Simón de Bolívar en los días 23 a 26 de agosto
de 1569 para solicitar del rey de España la ayuda necesaria para
la terminación del templo, expresa muy bien la vida del
santuario en aquellos días. “…es casa de mucha devoción en esta
isla y muy frecuentada de romerías para el lugar donde está y
dicen milagros que a fecho y con la devoción de esta casa se ha
poblado allí un pueblo y se sustenta con la devoción de esta
imagen que sola es la que en esta isla le tiene que a fecho
milagros…”
El
ilustre historiador eclesiástico Fray Cipriano de Utrera ha
podido establecer con bastante precisión algunos antecedentes de
esta advocación en España, antecedentes por cierto muy remotos.
El nombre de Nuestra Señora de Altagracia aparece unido en este
caso a la ciudad de Manzanares, del territorio de la Mancha.
Refiriéndose a la ciudad de Manzanares, dice textualmente el
historiador en su obra Nuestra Señora de Altagracia: “Enclavada
esta ciudad en los términos territoriales que el rey Sancho III
concedió a Raimundo, abad de Calatrava, su origen se debe a
algunos guerreros que bajaron con dicho abad de las comarcas de
Vizcaya, entre los cuales se hallaban sujetos de casas que
procedían de la casa infanzona vizcaína de Sagasti Manzanares.
Al principio y durante mucho tiempo se conoció con nombre de
`Manzanares` un castillo, habitado y custodiado por señores de
este ilustre y noble apellido; siglo XI. Posteriormente, y hacia
1229, tiene comienzo la población, que es puesta debajo el
patronato de Nuestra Señora de Altagracia, siguiéndose en ello
la devoción de la familia fundadora en obsequio de la tradición.
En el siglo XV una nueva iglesia cede el puesto a la entonces
existente dedicada a Nuestra Señora de Altagracia y no han
transcurrido sesenta años, por el crecimiento de la población y
la piedad del pueblo, ricos y pobres, todos se mueven para
levantar de planta otra iglesia parroquial, a la que es
trasladada la imagen de su Patrona”.
En 1512
un miembro ilustre de la familia Sánchez Manzanares comportó a
su pueblo natal otra imagen de la Virgen de Altagracia, que
adquirió en Alcalá de Henares, y por razón de su antigüedad la
expuso a la pública veneración, ayudando también con sus
limosnas para la construcción de una ermita (que aún subsiste)
en las afueras del poblado. |