MONS. JUAN F. PEPEN

DONDE FLORECIO EL NARANJO

LA ALTAGRACIA:
ORIGEN Y SIGNIFICADO DE SU CULTO

Textos de la Biblia de la traducción de

L. Alonso Schökel y Juan Mateos.

Dibujos de Jesús Alcedo Sánchez

1984

Tercera Edición

Composición y diagramación:

Niñón León de Saleme  

Impresión:

Amigo del Hogar

Razón de ser de este Libro

Este libro ha sido escrito sólo para los devotos de la Virgen. Sólo ellos están preparados para leerlo con gusto, entenderlo y valorarlo. Sin pretensiones de obra histórica ni teológica ni literaria, tiene de todo un poco; lo suficiente para hacer comprender mejor una devoción que está muy bien arraigada en el pueblo dominicano, pero que cuanto más ilustrada sea, tanto más espiritual y fecunda en obra será, como lo quiere y lo enseña la Iglesia, Nuestra Madre.

El Autor

Higüey, agosto 15, 1957.

CAPITULO I
Leyenda, Tradición e Historia

LECTOR amigo:

El contenido de estas páginas no es desconocido para ti. Tantas veces lo has escuchado que te parecerá algo familiar. Está, en una palabra, como incorporado a tu vida.

En efecto, los hechos que de nuevo aquí se presentan a tu consideración han sido narrados por muchas generaciones de gentes sencillas, que han tenido en este relato un estímulo para su fe y su esperanza. También ha habido escritores que han hecho del relato motivo de sana inspiración y al recoger en una literatura sencilla y espontánea lo sustancial de él, han dado relieve más saliente a las viejas narraciones.

Pueblo y escritores, fíjate bien, te han narrado en todo momento lo sustancial de los hechos; el mismo relato fundamental, con ligeras variantes en detalle, que no hacen sino confirmarlo como un documento humano de honda raigambre en el alma popular.

Los pueblos, como los individuos, tienen su infancia, su adolescencia, su juventud y su edad madura, antes de llegar a la vejez. En los pueblos niños, en las naciones en formación hay mucho de la veracidad y de la plasticidad en la expresión que hay en los niños pequeños. Dicen la verdad. Y la dicen a su modo. Por eso la leyenda es una realidad que surge espontánea en la primera edad de los pueblos. Busca, si quieres, en la historia universal, un solo pueblo que no tenga leyendas. Es que la leyenda es la expresión fiel del pueblo que balbucea y quiere significar sus naturales aspiraciones, como el niño que dice “papá” y “mamá”.

La leyenda es un relato virgen en el cual se consignan hechos sucedidos generalmente con carácter extraordinario. Su medio de expresión y conservación es el decir popular. Cuando la leyenda se hace permanente y se despoja de la aureola de fantasía que suele rodearla, ganando así aceptación de cosa real en el pueblo durante varias generaciones, se incorpora a la tradición. La tradición es la transmisión oral o escrita de los hechos pasados con todo su contenido moral o significativo. Ya se ve que ni la leyenda ni la tradición son la historia. Esta es el relato fiel y científico de los hechos pasados, bien comprobados al través de testigos, documentos o monumentos que constituyen su única prueba definitiva. La historia, testimonio prolongado en el tiempo, se nutre de lo científico. La leyenda y la tradición, aun basándose en hechos, se nutren de lo simbólico.

Pero la historia no puede existir sin la tradición ni la leyenda. Estas son como el pedestal de la historia, porque los hechos consignados en la era primitiva de los pueblos no pueden expresarse de otra manera que mediante la narración popular, conservada en todo su vigor. Se trata, en las leyendas y tradiciones permanentes, de hechos reales convertidos en símbolos o idealizaciones. La experiencia demuestra que las simples consejas, sin base real, no sobreviven a la vida de los pueblos ni se incorporan de hecho a su vida cultural o religiosa.

La leyenda, hecha tradición e incorporada a la historia, de la manifestación de la Virgen Sant ísima bajo la advocación de Altagracia como Madre y Reina del pueblo dominicano, es el relato que nuevamente leerás en estas páginas, acogiéndolo sin duda como un nuevo incentivo del amor que ya a la Virgen profesas.

TEXTOS BIBLICOS PARA MEDITACION

“Por tanto, hermanos, sigan firmes y mantengan las tradiciones que les enseñamos de palabra o por carta”. (2da. Tesalonicenses 2,15).

***

“Lo que ojo nunca vio ni oreja oyó ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para los que lo aman, nos lo ha revelado Dios a nosotros por medio del Espíritu”.

(1ª. Corintios, 2,9)

***

“Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él”. (Isaías 64,3)

***

“Acuérdate de los días remotos, considera las edades pretéritas, pregunta a tu padre y te lo contará, a tus ancianos y te lo dirán”. (Deuteronomio 32,7).

***

“Después derramaré mi espíritu sobre todos: sus hijos e hijas profetizarán, sus ancianos soñarán sueños, sus jóvenes verán visiones”. (Joel 3,1).

CAPITULO II
EL ESCENARIO

EN el centro del sistema antillano, bañada por dos mares y caldeada por el sol tropical, surge, como una joya del océano, la isla de Santo Domingo.

No regaló Dios a otra isla una situación más privilegiada ni la dotó de más bellezas. En efecto, ella constituye el centro geográfico de toda América. Equidistante de todos los puntos del Continente, en ella se cruzan todas las rutas de los navegantes que van y vienen de Norte a Sur, de Este a Oeste y viceversa. Sus bellezas naturales son como la expresión de un canto al Creador, hecho verdor en las campiñas, majestad en sus montañas, rumor en sus ríos, inmensidad azul en su cielo y en la extensión del mar que la rodea. Así es Quisqueya, la isla maravillosa, que para los habitantes primitivos significó “madre de la tierra” y para el Gran Navegante, Colón, fue “la tierra más hermosa que ojos vieron”…

Hermosa, sí, hermosa es Quisqueya como pocas tierras. Pero no está toda su hermosura en el contorno geográfico ni en el pródigo desbordamiento de su naturaleza virgen, hecha luz y hecha paisaje, sino que en ella hay un elemento de belleza más sutil: su condición de tierra escogida, privilegiada para ser punto de partida de la conquista de todo el Continente y al mismo tiempo centro de irradiación espiritual desde donde la fe cristiana se expandiera por todo el Nuevo Mundo. Más aún, ella estaba predestinada a ser también escenario de nuevas maravillas de esa fe; algo así como un inmenso altar donde resonaran grandes alabanzas al Dios de bondad.

Al Oriente de la isla, limitado al norte por la Cordillera Central y bañado al sur por el Mar Caribe, se extiende un valle que por su dimensión y situación evoca en algún modo al país de la Palestina, creado por Dios para ser testigo de grandes milagros. Allá Cristo, el Divino Redentor; aquí su Madre Santísima, no ya en su vida terrenal, sino en su vida gloriosa, hecha madre y protectora de esta tierra con el nuevo título y advocación de Nuestra Señora de Altagracia, llenaron el ambiente terreno de bendiciones, consagrado como tierra santa el contorno geográfico nacional.

Palestina y el valle de Hicayagua o Higüey son tierras privilegiadas; señaladas por Dios para ser escenarios de milagros. En la evocación que todo cristiano amante de Jesús hace de la vida del Maestro, ha de enmarcarla en Palestina. Todo católico dominicano, al evocar a la Virgen Madre de Dios, piensa en Higüey, como hogar de la Madre.

El nombre de Higüey ha quedado reservado por la geografía dominicana a la parte más oriental del valle de Hicayagua. Es una región que parece haber sido creada para la oración y la poesía. Poseída de un perenne verdor; regada por numerosos ríos; penetrada por las brisas de dos mares; con un cielo azul, acortinado frecuentemente por nubes de gasa; con un suelo alfombrado de pastos naturales; en todo Higüey parece resonar un poema que es a la vez égloga y oración.

El Higüey de la conquista debió hacer un derroche de galas de la naturaleza, invitando al colono a fundar en él una de aquellas blasonadas villas, honradas por el rey de España con tal título, con escudo propio, como si fueran ya joyas de su corona. Igual estima denota el empeño con que su cacique Cotubanamá hiciera resistencia al conquistador hispano en defensa de su lar, escribiendo una de las páginas epopéyicas de la historia quisqueyana.

En el Higüey remoto y lejano se fundieron el alma española y el alma indígena, como se fundieron dos razas y dos culturas, para producir un fruto de noble espiritualidad; para dar pie a la más hermosa tradición de América Católica, la iniciación del culto a María Santísima de Altagracia. Por eso Higüey es y será siempre el Hogar del Catolicismo Dominicano.

TEXTO BIBLICO PARA MEDITACION

“Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión; que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti; ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina; envía su mensaje a la tierra; y su palabra corre veloz; manda la nieve como lana, especie la escarcha como ceniza; hace caer el hielo como migajas y con frío congela las aguas; envía una orden y se derriten, sopla su aliento y corren las aguas. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos. ¡Aleluya!”.

(Del Salmo 147).

CAPITULO III
Un Relato Singular

EN las primeras décadas de la era colonial, cuando ya se había logrado la sumisión de los naturales de la isla Española y el asentamiento pacífico de los colonos españoles era cosa fácil y ordinaria, la región de Higüey tuvo su primer núcleo de población organizada; un conglomerado de unas poquísimas familias de colonos hispanos, suficientes para el villorrio mereciera ya el título y blasones de “villa” con privilegio real. Había fundado esta nueva villa don Juan de Esquiven, capitán español encargado del sometimiento de la región, durante el gobierno de Nicolás de Ovando, hacia 1505 ó 1506.

Mucha paz debía reinar ya en aquellos contornos, pues la vida de familia, que sin paz y sosiego no puede tener desarrollo y florecimiento, mostraba ya sus frutos espléndidos. Padres y madres, venidos de la lejana España, estaban ya orgullosos de sus hijos nacidos en esta tierra, frutos primerizos de la nueva vida inyectada a América. Y no faltarían por cierto los primeros engendros de la unión de dos razas, la ibérica y la indígena, creadas por un mismo Dios, no para odiarse sino para unirse e injertar así la nueva América.

Aquellos primeros años de la Colonia fueron duros, muy duros, tanto para el conquistador y colonizador como para el indio receloso e indómito, que sólo cobraba confianza al través de verdaderos milagros de paciencia. Sólo un recurso infalible hubo, en la vida de la isla Española como en todas las demás tierras de América, para templar la lucha entre las dos razas y para sembrar profundamente la simiente de la paz que permitiera la vida plena en los territorios conquistados por la espada. Ese recurso fue la fe. Sin fe hubiera sido imposible la colonización. Y esa fe católica, trasplantada a los nuevos lares en forma íntegra por los colonizadores, al germinar y crecer en América, produjo, debido a su infinita e inagotable fecundidad, nuevos y hermosos frutos, frutos espléndidos de los cuales puede ufanarse la cristiandad.

El trasplante de la fe a tierras de América fue simultáneo al trasplante de muchas cosas. Nacía una nueva civilización y había que poner sus cimientos muy profundos. Así el conquistador no podía olvidar en su emigración a tierras de América cuanto fuese necesario para inaugurar una vida nueva. Con el conquistador vino el instrumento de labranza, la semilla, el animal doméstico, el libro, la espada y el objeto del culto. Sin esas cosas no podía vivir.

Higüey fue, desde entonces, un nuevo establecimiento de colonización. Muy pronto hubo predios de labranza y crianza de ganados. Sus tierras, llanas y regadas por ríos, eran favorables a ambas cosas. Junto a las plantas indígenas, cuya utilidad ya conocían los españoles, se plantaron las plantas importadas; el plátano, de incomparable belleza y utilidad; el mango de prolífica producción; el naranjo, cuya simiente vino a América en los primeros viajes, por ser planta y fruto de exquisita selección en el Meridión Español. El naranjo en particular encontró en Higüey un suelo ideal APRA su cultivo. El suelo calizo, muy cargado de álcalis, resultó ideal para la fruta, ya que éstos neutralizan la acidez de los jugos naturales, produciendo un fruto dulce y sazonado. De ahí la tradicional fama de que goza la naranja de Higüey. Es de suponer que ante el éxito de su cultivo, los colonos hicieran del naranjo un árbol de predilección. Y en efecto ya en aquellos tiempos el naranjo ofrendaba al colono su fruto dulce y perfumaba el ambiente con su níveo regalo de azahares. Un naranjo de Higüey, sembrado por manos españolas, estaba llamado a ser árbol de vida; una fuente de inspiración; un hito imponderable en el catolicismo de América; un trono natural para la Virgen Reina en el Nuevo Mundo.

El relato que sigue necesita de las consideraciones anteriores para ser comprendido. No es el relato de la historia. No lo registran documentos escritos ni tiene en su favor el apoyo de la crítica. Subsiste a pesar de ella porque es imponderable. No se le puede sopesar con medios humanos; sin embargo subsiste, porque si no expresa el dato histórico puro y escueto, expresa al menos el dato sentimental, el dato del corazón. Si no está probado que fuera así, dice el corazón, así pudo y debió ser. Por eso permanece, porque de no ser verdadero sería verosímil y no hay otro mejor ni más bello que lo sustituya. Y la belleza, aun la belleza ideal, es siempre algo respetable.

Por ser de tu interés y porque también tú, lector, tienes alma y corazón y amas lo bello, aquí está el relato:

No muchos años después de la fundación de la villa de Salva león de Higüey, vivía en aquel lugar una familia ejemplar por sus virtudes, constituida por el padre, un español de buena estirpe, dedicado por entero a sus deberes familiares, una madre del mismo origen, modelo de virtudes cristianas, y dos hijas entre la infancia y la pubertad, igualmente buenas, candorosas, angelicales. Las niñas, aunque virtuosas las dos, no eran de igual índole ni idénticos gustos. La mayorcita, sin llegar a ser una casquivana, mostraba, como es corriente en las de su sexo, cierto afán por las cosas del mundo, especialmente por las que más satisfacían sus ilusiones de próxima doncella, es decir, los trajes lujosos, las alhajas, perfumes, cosméticos y otros aderezos del cuerpo. La menor, hermosa con la hermosura cándida y virginal de una rosa temprana, era más bien un ángel. Aunque vivía en la tierra sus gustos estaban principalmente en el cielo. Así, sin dejar de tener otros gustos infantiles, como los juegos y entretenimientos propios de su edad, su mayor atracción estaba en las obras piadosas. Dedicaba un buen tiempo a sus oraciones, ayudaba en los quehaceres de la casa y era caritativa, modesta y generosa a carta cabal.

Muy virtuosa debía ser aquella familia para que pudiera merecer el gran favor, la gracia alta y delicada de recibir a la Virgen como obsequio del cielo. Esto es más claro si se considera que frecuentemente hoy día las bendiciones y favores de Dios se alejan de ciertos hogares que no corresponden en su estructura y comportamiento al ideal cristiano del hogar. Muchos hogares, lejos de ser modelos de observancia de la ley de Dios, son refugio de vicios y males morales que desbordan en la sociedad moderna su desorden y corrupción.

El padre de la familia hacía con relativa frecuencia viajes a la ciudad de Santo Domingo, capital del establecimiento colonial y centro de todas las actividades comerciales, religiosas, culturales y administrativas. Allí realizaba de ordinario sus operaciones comerciales, vendiendo sus ganados y otros productos de su pequeño hato de Higüey; igualmente se abastecía de cuanto pudiese faltar en su hogar hasta el próximo viaje, el cual no podía ser muy próximo debido a lo penoso e incómodo de hacer tres o cuatro jornadas por caminos estrechos, ásperos y con frecuencia enfangados. Con todo, esos viajes eran necesarios para sostener una vida medianamente decente, toda vez que en el caserío de Higüey pocas facilidades debían ofrecerse para adquirir aun las cosas indispensables.

Aquellos viajes debían prepararse con bastante tiempo y cuidado, tanto en lo relativo a los productos para la venta como a las provisiones que amo y sirvientes habían de llevar para el camino. Así que durante varios días en la casa sólo se hablaba de esos preparativos, cuidando de que nada útil en ellos faltase. La madre y las niñas, claro está, tomaban participación afanosa en ellos, amantes como eran del bienestar del esposo y padre de la familia. Era también el tiempo de los encargos. Cada quien repetía lo que deseaba recibir entre las maravillosas cosas que ofrecía el comercio de la lejana ciudad y esperaba con ansia el regocijado regreso del padre, los días de cuya ausencia eran contados con viva nostalgia.

Mientras preparaba uno de aquellos viajes a la ciudad capital, el padre de familia prestó atención a las solicitudes y encargos de las niñas, que junto a la mesa familiar cenarían aquella víspera con más cariño y amor ante la próxima partida. Tal vez a aquella hora harían sus especiales obsequios y recomendaciones a papá, quien como siempre presidía la cena familiar, rezaba sus oraciones y dictaba sus consejos a las niñas en aquella hora íntima. Eran tiempos aquellos de mucha vida familiar.

La mayor de las niñas, como siempre, pidió nuevos trajes, calzado y alguna alhaja que sirviera para presentarse con novedad y singularidad entre sus amigas. Lo menor, en cambio, como iluminada por mística inspiración, hizo al padre esta súplica, más que pedido:

  • Papá, voy a hacerle un encargo que espero no dejarás de cumplir. No dejarás de traerme la imagen de la Virgen María bajo la advocación de Altagracia. Mira, papá, no dejes de traérmela, porque esta imagen de la Virgen la he visto en sueños y repetidamente me ha dicho que me protege a mí, a mi familia, a todos los moradores de este lugar y a todos los que habitan y habitarán en esta isla. Búscala, papá, que es hermosa, muy hermosa y ha de ser lo más hermoso que habrá en todo este lugar. Si la traes, papá, yo seré feliz…

El buen padre de familia no dejó de sorprenderse al oír el encargo de su hija y con cierta inquietud objetó:

  • Pero, hija, no conozco la tal Virgen de Altagracia de que me hablas. ¿No será que deliras en tus sueños por tu delicada salud? ¿No sería mejor dejar de pensar en esas devociones nuevas y pedirme alguna de las ya conocidas, Nuestra Señora del Monte Carmelo, la Virgen del Pilar, Nuestra Señora de la Merced, Redención de los Cautivos?

El padre, al mismo tiempo que hablaba, sentía un gran temor de que su hijita mimada estuviera enferma, de que estuviese perdiendo la razón y por eso hiciera tales encargos. Pero la respuesta e insistencia de la niña le devolvieron la tranquilidad por su cordura.

  • Mira, papá, Dios Nuestro Señor siempre se ha servido de los niños y de los débiles para sus cosas grandes. La Virgen Santísima, como Jesús, siente predilección por los niños. Por lo menos así lo he oído leer en los relatos de las vidas de los santos.

Estos o parecidos coloquios debieron calar muy profundo en el corazón del bondadoso padre de familia, porque ya desde entonces el motivo principal del viaje se trocó de puramente comercial, como lo era hasta ese momento, en un motivo profundamente espiritual. El también tenía mucha fe y amor a la Virgen y comenzó a pensar, aunque no conocía la antedicha advocación, en que esa imagen desconocida para él vendría a aumentar la devoción a la Virgen que tan arraigada estaba en su hogar.

Antes del amanecer del siguiente día el padre de familia, enjaezadas las mulas y colocadas las pesadas cargas sobre sus lomos, se dispuso a emprender el viaje a la capital, no sin antes despedirse con cariño de su ejemplar esposa y estampar un beso en la frente de cada una de sus hijas que aún dormían. Acompañado de algunos criados, entre los cuales bien podía haber algún viejo indio a su servicio desde los primeros repartos y encomiendas y hasta algún negro importado del Africa lejana para los rudos trabajos de la isla, salió de su estancia encomendado a Dios todo el éxito de su viaje.

Tres días de camino suponía el viaje a la capital, durante los cuales los viajeros pernoctaron en posadas bien reconocidas, donde eran recibidos de ordinario con hospitalidad generosa. Llegados a la capital, después de un breve descanso, procedieron a realizar sus operaciones comerciales, las que se hicieron con relativa facilidad, ya que el buen señor era reconocido como persona honrada y no dejaba de tener sus buenas relaciones y créditos. Lograda una buena venta de sus productos, hizo las diligencias necesarias para comprar lo que no podía faltar: los encargos de sus hijas. Muy fácil resultó adquirir los regalos de la mayorcita, espléndidos en el comercio que mercaderes bien avisados abastecían con profusión. En cuanto al encargo de la menor, la Virgen desconocida para él, resultaron infructuosas cuantas diligencias hizo para adquirirlo; ni comerciantes ni artistas ni eclesiásticos ni amigos pudieron no ya suministrarle la imagen solicitada, sino ni siquiera darle información alguna sobre la tal imagen y advocación. ¿Cuál no sería la pena de aquel corazón paterno, ansioso de satisfacer el pedido de su hija idolatrada? Más aún, el fracaso de su diligencia le renovaba el temor de que su niña pudiese estar perdiendo la razón al hacer el descabellado pedido. Para agradar en algo a su hija adquirió otros objetos religiosos que tal vez pudieran satisfacerla siquiera temporalmente.

Turbado su espíritu por la duda que le atenaceaba y por el temor de volver al hogar sin el regalo tan solicitado, emprendió el regreso una vez cumplidos todos los demás objetivos de su viaje.

Ninguna esperanza de colmar el deseo de su hija animaba al colono viajero, cuando al cabo de dos días de viaje se detuvo para pasar la noche, según acostumbraba, en casa de un amigo, cuya estancia sitúa la tradición en el lugar llamado Paso de los dos Ríos. Allí fue bien recibido y descargadas las monturas, tanto él como sus criados se dispusieron a descansar. Durante la cena, servida con amable atención y solicitud por los hospitalarios amigos, el tema de la conversación recay ó, como era de esperarse, en la preocupación que el colono tenía al no haber encontrado a la dicha y Virgen de Altagracia. Otros viajeros de la región, traficantes o aventureros, como debían abundar en aquellos días, tal vez disfrutaban de igual hospitalidad de parte de aquella buena gente y, como es natural, la conservación se hizo cada vez más animada e interesante.

Demos un vuelo a la fantasía. El colono de Higüey, buscando un desahogo a su corazón, expuso a los circunstantes el único motivo de su preocupación, después de un viaje por otra parte feliz.

  • Mi única pena –diría- es no poder complacer una petición de mi hijita más pequeña. Ella es muy buena, muy religiosa, muy obediente y sumisa a sus padres; tan virtuosa que es el alma de la casa; casi nunca pide nada y ahora me ha solicitado con extraña insistencia que le lleve una imagen de la Virgen bajo un título nuevo, que ella dice de Altagracia. Nadie en la capital ni en ninguna parte en el trayecto de mi viaje ha podido darme información alguna acerca de esa Virgen; sin embargo, la niña está convencida de que existe y mi pena al volver sin el encargo sólo será comparable a la de ella al no recibirlo.
  • Para bien –responderían casi a coro el dueño de la hospedería y sus familiares, colonos también venidos de España-, aquí amamos mucho a la Virgen y somos sus devotos, pero hasta hoy nunca hemos conocido la tal imagen. Esté usted tranquilo, que ni la encontrará ni la niña pensará más en ella en breve tiempo, cuando se convenza de que es inútil su pedido.
  • Pues lo que es a mí –bien pudo agregar desde un rincón un criado negro- me da el corazón que a lo mejor esa niña tiene razón de pedir lo que pide. Allá en el África yo desde niño oí a mercaderes que venían del Norte del Continente hablar acerca de cierta Virgen y Madre que redimía a los cultivos de las mazmorras y de los llamados “baños de Argel”. También hablaban de ella unos sacerdotes venidos de Etiopía, que aseguraban que cierto mago de su tierra, muchos siglos atrás, había visitado al niño Dios y a su Madre en Palestina. Miren, vuestras mercedes, esa tal Virgen es capaz de hacer muchas maravillas; ella puede libertar a los cautivos en todo el mundo.

Y algún indio liberto, entre tímido y corto, intervendría para dar su opinión en el caso, diciendo con toda sinceridad e ingenuidad:

- De mi parte, ya sé que hay un ser en el cielo, que todo lo ve. Ese ser, Louquo, tiene por cierto una Madre muy poderosa y buena; desde muy antiguo los de mi raza hemos visto su figura en el esplendor radiante de la luna de enero y los que aún vivimos sabemos que ella es la única que ha de traer a esta tierra la verdadera, dulce y duradera paz.

Después de este supuesto coloquio en que ya las razas y los hombres de esta tierra aparecen hermanados en una fe común, volvamos a la médula de la tradición.

Una vez expuesta su ansiedad y oído el parecer de los demás compañeros de la hospedería, he aquí que un anciano de aspecto venerable, al parecer un viajero fatigado por el largo caminar, que estuvo escuchando en silencio la conversación de los comensales sin decir palabra, se acercó lentamente al viajero de Higüey y con tono religioso y digno, como de asceta consumado, le dijo:

_ Pues, sí señor, la niña tiene razón. Aquí tiene usted su encargo. Esta es la Virgen de Altagracia. Llévela a su hija, que esta imagen de la Virgen será siempre la señal definitiva de la protección de María a los habitantes de esta isla.

Mientras esto decía, el anciano le entregaba un lienzo enrollado de regular dimensión.

Con emoción y temblor, el viajero desenrolló el lienzo y contemplaron por primera vez cuantos allí estaban una hermosísima imagen de la Virgen en el grandioso momento de su alumbramiento, una representación feliz del misterio de la Maternidad Divina de María.

Todos a una exclamaron:

  • ¡Esta es la Alta Gracia!

Postrándose recitarían la Salve primera en honor de tal advocación, luego de besar el lienzo bendito y hacer el propósito de conservar y extender su devoción.

Mientras esto sucedía, el anciano desapareció de la vista de los presentes, sin que el viajero pudiese siquiera darle las debidas gracias.

Fatigado como había de estar, aquella noche el viajero apenas pudo conciliar el sueño. Puso junto a su cabecera el lienzo venerado para mantenerlo bajo custodia y al llegar la madrugada se incorporó, hizo incorporarse a sus criados y preparadas las monturas se despidió del posadero, emprendiendo jubiloso la marcha hacia Higüey. Con paso acelerado, los jinetes cabalgaron con prisa inusitada durante sus otros viajes y con llevar tanta prisa, aquella última jornada de camino pareció al viajero más larga que nunca: ¡tanto deseo tenía de llegar a su hogar y experimentar el júbilo de la entrega de un encargo tan extraordinariamente adquirido y que iba a satisfacer un anhelo tan vehemente de su niña mimada!

Al caer la noche, los viajeros llegaron a Higüey. Comenzaba a oscurecer y ya la luna asomaba su faz plena en el confín del oriente, más brillante que nunca, para saludar a la Reina, a cuyos pies sirve de escabel. Las estrellas, fanales de plata, hacían coro a su vez para inundar de luz el firmamento y anunciar una claridad magnífica y perdurable en el cielo de Higüey…

Como era su costumbre, las niñas oteaban el horizonte para advertir la llegada del padre ausente y esa tarde, un extraño presentimiento las había mantenido más alerta que otras veces en la inquietud de la espera. Así, al asomar el padre de familia a conveniente distancia en el serpenteante camino que llevaba hasta el caserío, unas manitas blancas y puras se agitaron con alegría para saludar desde lejos y batir palmas en señal de contento.

  • ¡Es él!... decían, sin predecir todavía la posterior alegría de recibir también a la ilustre e inefable Reina.

Ya a la puerta de su hogar, después de los consabidos abrazos, besos y bendiciones, el padre dispuso la descarga de las monturas, que fueron retiradas por los criados, y la acomodación de las mercancías en los lugares convenientes. Pero con gran reserva, el padre dejó para última hora la entrega de los regalos. Los reclamos de las niñas no se habían hecho esperar. Cada una insistía en su pedido original. La mayor recibió gozosa sus regalos. La menor, con la faz radiante de alegría, adivinó en el júbilo del rostro paterno, la realización de su anhelo.

  • ¡Aquí está! Dijo, aun antes de haber visto la imagen. Y cuando su padre, con reverencia y cuidado, desenrolló el lienzo venerando, la niña estampó un beso de amor a la Virgen y exclamó:
  • ¡Esa, ésa es la misma Virgen de Altagracia, la que deseaba, l

la que conocía yo antes de verla!

En el oratorio de la familia, la imagen bendita tuvo desde aquella noche el sitio de honor, el mismo centro. Fue adornada con flores del jardín familiar y en su honor se encendieron velas de cera nativa. Junto a ella rezaron el rosario y toda la familia renovó su consagración personal al servicio de María.

No tardó en divulgarse entre los vecinos la noticia de la existencia de la bella imagen. Desde el día siguiente fue cosa corriente ver a algunos de ellos embelesados en la contemplación de tan devota pintura y como era natural, el cura de la parroquia, amigo y padre espiritual de la familia, fue el primer invitado a contemplar, admirar y bendecir la imagen.

Cuando todos comenzaban a tributar ese culto espontáneo, nacido de la atracción espiritual que infundía la imagen de la Virgen y de la devoción arraigada a María Santísima que reinaba en el hogar, un hecho inesperado vino a poner un sello de admiración a este culto. La tradición insiste en referir que uno de aquellos primeros días, a pesar de la vigilancia y la custodia de la familia, el cuadro desapareció. ¡Cuál sería la momentánea confusión y consternación de todos en la casa! La búsqueda y averiguación no tardó en dar con ella. En lo alto de un copudo naranjo que era visible de todo el caserío, fue encontrada la imagen, desplegada y extendida como para ser contemplada en toda su luminosa belleza. Sus colores predominantes, el blanco, el rojo y el azul aparecían más claros y visibles, como anunciando una bienaventuranza futura, y para hacer una digna ofrenda a la Reina bendita, aquel naranjo que por mucho tiempo no florecía, en aquella ocasión floreció con un derroche copioso de azahares…

La imagen fue tornada al hogar y repuesta en el altar familiar. Pero una y otra vez el prodigio se repitió. Ya no había que dudar más; el naranjo señalaba el lugar escogido por el cielo para el culto público a la Virgen de Altagracia. Así lo manifestaba el prodigio y tanto el señor cura como la familia privilegiada estuvieron de acuerdo en llevar provisionalmente la imagen a la primitiva ermita parroquial, haciendo un voto común de erigir la nueva ermita y santuario junto al naranjo.

Ángeles del cielo debían guardar por siempre aquel lugar santo. Y como si la ofrenda de un alma pura fuese la señal del pacto eterno entre la Virgen y el pueblo dominicano, un día cualquiera de los que siguieron a aquel prodigio, la niña murió, su alma voló al cielo y su cuerpo fue sepultado al pie del naranjo.

Desde aquel día nunca han faltado a los pies de la Virgen las almas y las flores. Una caravana interminable de devotos se ha postrado día a día frente a la Madre, ofrendándole su amor y repitiendo a todos los vientos el prodigio. Esa hilera de devotos representa todas las generaciones que han poblado esta tierra desde aquellos días y constituye por sí misma el hilo continuo de esta tradición…

De ese relato, lector, puedes tener por cierto que su última parte, es decir, la que se refiere a la desaparición de la imagen del oratorio familiar y su reaparición en un florido naranjo, ha sido conservada como algo intangible en Higüey durante siglos. Lo demás, llevado a nuestra literatura por autores más o menos informados, sólo es el colorido de que, de un modo inevitable, se reviste la leyenda cuando pasa a través del prisma de la fantasía popular.

TEXTOS BIBLICOS PARA MEDITACION

“Dichosos los limpios de corazón, porque ésos van a ver a Dios”. (Mateo 5,8).

***

“Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla”. (Lucas 10,21).

***

“Y ¡dichosa tú, que has creído! Porque lo que te han dicho de parte del Señor se cumplirá”. (Lucas 1,45).

***

“…por él tuvimos entrada a esta situación de gracia en que nos encontramos y estamos orgullosos con la esperanza de alcanzar el esplendor de Dios”. (Romanos 5,2).

***  

“No basta andar diciéndome: “!Señor, Señor! “, para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo”. (Mateo 7,21-22).

***

“…si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos”. (Mateo 19,17).

***

“Pues lo mismo la fe; si no tiene obras, ella sola es un cadáver”. (Santiago, 2,17).

CAPITULO IV
Lo que dice la Historia

EL CULTO mariano nació en América con el descubrimiento. Como una muestra muy expresiva de la inspiración profundamente cristiana y profundamente mariana de los que patrocinaron el descubrimiento, los Reyes Católicos; y de quienes lo llevaron a cabo, Colón y sus compañeros, una de las tres carabelas de la expedición descubridora llevaba el nombre de Santa María. Los marineros, bajo la dirección del futuro Gran Almirante, entonaban todos los días la Salve en honor de María, la “Estrella del Mar”, invocando su protección y confiándole el éxito de su aventura.

Cuando se realizó el descubrimiento y los descubridores se convirtieron en colonizadores, el primer asiento de una colonia permanente fue la isla Española, llamada después Santo Domingo.

Siendo católicos los colonizadores y siendo Santo Domingo el primer establecimiento colonial se España en América, sobra decir que el culto mariano en América tuvo su verdadero principio en esta tierra. Aquí se predicó por primera vez a los naturales, se construyeron los primeros templos, se trajeron las primeras imágenes de la Virgen y se organizó por primera vez su culto. ¿Dónde hay cristianos verdaderos que no florezca de inmediato el culto a María Santísima, Madre de Dios, cualquiera que sea el título bajo el cual se la invoque?

No es ya de extrañar que pronto, muy pronto, desde los primeros años de la colonia, la Virgen Santísima correspondiera al amor y confianza de sus devotos, otorgándoles el favor de alguna de sus tradicionales manifestaciones. Estos episodios abundan en el curso de la historia de la Iglesia.

Pero con ser tan espléndida la tradición, la historia se manifiesta parca y sobria en cuanto a precisar los orígenes del culto a Nuestra Señora de Altagracia en Santo Domingo. No es de extrañar esta parquedad. Toda la historia colonial de Santo Domingo se resiente de ella. La rapiña y la tea incendiaria de los piratas e invasores que asolaron a Santo Domingo en aquellos tiempos dio al traste con muchos documentos. Lo demás, o se perdió por el abandono o fue llevado a los archivos de España y sólo espera que la labor de pacientes investigadores desentrañe su contenido.

Con todo, los documentos existentes, siendo pocos y concisos, bastan para confirmar en gran parte la antigüedad del culto a Nuestra Señora de Altagracia en esta isla, subrayando de paso el valor espiritual de ese culto y la manifestación de amplios favores por parte de la Virgen.

Un cronista remoto, el canónigo licenciado Luis Jerónimo de Alcocer, natural de esta isla, escribió en el año 1650 un testimonio de gran interés, contenido en documento que guarda en sus anaqueles la Biblioteca Nacional de Madrid. Dice el canónigo de Alcocer, textualmente: “La Imagen miraculosa de Nuestra Señora de Altagracia está en la villa de Higüey, como treinta leguas desta ciudad de Santo Domingo; son innumerables las misericordias que dios Ntro. Sr. A obrado y cada día obra con los que encomiendan a esta Santa Imagen; consta que la trajeron a esta Isla dos hidalgos naturales de Placencia e Extremadura, nombrados Alonso y Antonio de Trexo que fueron de los primeros pobladores desta Isla, personas nobles como consta de una cédula del Rey, en que encomienda al Gobernador desta Isla que los acomode y aproveche en ella, y habiendo experimentado algunos milagros que avía hecho con ellos la pusieron para mayor veneración en la Iglesia parroquial de Higüey, adonde eran vecinos y tenían haciendas. Parece que no quiere Dios Ntro. Sr. que salga de aquella villa, porque a los principios enviaron por ella el Arzobispo y cabildo de la Catedral y se desapareció de un arca adonde la traían cerrada con veneración y cuidado y el mesmo tiempo se apareció en su Iglesia de Higüey adonde solía estar; está pintada en un lienzo muy delgado de media vara de largo y la pintura es del nacimiento y está nuestra señora con el niño Jesús delante y San Joseph a sus espaldas. Y con haber tanto tiempo tiene muy vivas los colores y la pintura como fresca; van en romería a esta santa imagen de Nuestra Señora de Altagracia de toda esta Isla y de las partes de las Indias que están mas cerca y cada día se ven muchos milagros que por ser tantos ya no se averiguan ni escriben, algunos en señal de agradecimiento los hacen pintar en las paredes y otras partes de la Iglesia y con ser los menos ya no hay lugar para más; son muchas las limosnas que se hacen a esta santa iglesia y así está bien proveída de ornamentos y tiene muchas lámparas de plata delante de su Santa Imagen”.

Las palabras del canónigo de Alcocer, en lo que respecta al culto de la Virgen, parecen escritas en nuestros mismos días. La Virgen no ha dejado de conceder sus favores, el pueblo lo comprende y las manifestaciones del pueblo católico agradecido no terminan. Es el mismo caso de todos los grandes santuarios de María.

La antigüedad del culto a Nuestra Señora de Altagracia en Higüey, considerándolo en relación con los hermanos Trejo, puede colegirse del hecho de que los citados hermanos figuran ya como encomenderos de indios en Higüey, en un repartimiento de estos naturales llevado a cabo por Ibáñez y Rodrigo de Alburquerque en el año 1514. Un lugar situado dentro de los límites del municipio de Higüey conserva todavía el nombre de “Trejo”.

Aunque su testimonio no tiene valor concluyente, porque no se propuso escribir para la historia, las siguientes palabras del Arzobispo don Francisco de la Cueva y Maldonado, en carta al rey de 25 de julio de 1664, expresan por lo menos la opinión popular de esa época:

“El templo de Ntra. Sra. de Higüey en esta isla es el primer santuario que hicieron los católicos en ella, cuando las católicas armas de V.m. la conquistaron en su principio, con que viene a ser el santuario primero de estas Indias”.

Fundado Salvaleón de Higüey hacia 1505 ó 1506, en un lugar más cercano a la costa de lo que está actualmente y, según se cree, muy próximo a la bahía de Yuma, fue trasladado muy poco tiempo después al lugar que actualmente ocupa. El 7 de diciembre de 1508 fue decorado con título de Villa y escudo real por el rey de España. Fue erigida la parroquia por decreto del primer obispo de Santo Domingo, Fray García de Padilla, el 12 de mayo de 1512. Siendo ya parroquia por esta fecha, hay que pensar que el culto a la Virgen Santísima, bajo cualquier advocación, comenzó ya en esos días, lo que unido a la vecindad de los hermanos Trejo por aquellos años, hace pensar en que el culto a Ntra. Sra. de Altagracia, con carácter popular, no está muy distante de aquellos primeros tiempos.

La construcción del templo que sustituyó a la vieja ermita techada de paja donde tuvo su primer asiento el culto a Nuestra Señora de Altagracia, se debió principalmente al Canónigo Alonso de Peña, que aportó para ello sus propios recursos económicos y la dirección de los trabajos, y al Mayordomo del Santuario, Don Simón de Bolívar, quinto abuelo del gran Libertador de América del Sur, quien gestionó la ayuda necesaria para su terminación. La obra de fábrica comenzó entre los años 1567 y 1569 y terminó en 1572, cuando el templo fue consagrado por el Arzobispo Fray Andrés de Carvajal.

El testimonio de información hecho en la ciudad de Santo Domingo a instancias de Don Simón de Bolívar en los días 23 a 26 de agosto de 1569 para solicitar del rey de España la ayuda necesaria para la terminación del templo, expresa muy bien la vida del santuario en aquellos días. “…es casa de mucha devoción en esta isla y muy frecuentada de romerías para el lugar donde está y dicen milagros que a fecho y con la devoción de esta casa se ha poblado allí un pueblo y se sustenta con la devoción de esta imagen que sola es la que en esta isla le tiene que a fecho milagros…”

El ilustre historiador eclesiástico Fray Cipriano de Utrera ha podido establecer con bastante precisión algunos antecedentes de esta advocación en España, antecedentes por cierto muy remotos. El nombre de Nuestra Señora de Altagracia aparece unido en este caso a la ciudad de Manzanares, del territorio de la Mancha. Refiriéndose a la ciudad de Manzanares, dice textualmente el historiador en su obra Nuestra Señora de Altagracia: “Enclavada esta ciudad en los términos territoriales que el rey Sancho III concedió a Raimundo, abad de Calatrava, su origen se debe a algunos guerreros que bajaron con dicho abad de las comarcas de Vizcaya, entre los cuales se hallaban sujetos de casas que procedían de la casa infanzona vizcaína de Sagasti Manzanares. Al principio y durante mucho tiempo se conoció con nombre de `Manzanares` un castillo, habitado y custodiado por señores de este ilustre y noble apellido; siglo XI. Posteriormente, y hacia 1229, tiene comienzo la población, que es puesta debajo el patronato de Nuestra Señora de Altagracia, siguiéndose en ello la devoción de la familia fundadora en obsequio de la tradición. En el siglo XV una nueva iglesia cede el puesto a la entonces existente dedicada a Nuestra Señora de Altagracia y no han transcurrido sesenta años, por el crecimiento de la población y la piedad del pueblo, ricos y pobres, todos se mueven para levantar de planta otra iglesia parroquial, a la que es trasladada la imagen de su Patrona”.

En 1512 un miembro ilustre de la familia Sánchez Manzanares comportó a su pueblo natal otra imagen de la Virgen de Altagracia, que adquirió en Alcalá de Henares, y por razón de su antigüedad la expuso a la pública veneración, ayudando también con sus limosnas para la construcción de una ermita (que aún subsiste) en las afueras del poblado.

 

<<<La Virgen                                             2 3                                        Siguientes>>>