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La Memoria
Histórica de Manzanares,
escrita por D. P.
Peñalosa y Roncero, habla de un tal “Maestre de Teología, Martín
Sánchez Manzanares, Colegial Mayor y Rector del Colegio de San
Bartolomé en Salamanca, Predicador del Emperador Carlos V y
Arcediano de la Isla de Santo Domingo”, quien llevó a su pueblo
natal desde Alcalá una imagen de “Nuestra Señora de Gracia” en
1512. Pero hasta ahora no ha podido establecerse que dicho
Arcediano viniera, aunque nombrado, a la isla de Santo Domingo,
lo que hubiera robustecido la presunción de ser el portador de
la imagen de Nuestra Señora Altagracia e introductor de su culto
en esta isla.
La vieja capital
colonial de Santo Domingo también tributó culto a Nuestra Señora
de Altagracia desde muy antiguo, dedicándole una capilla anexa
al Hospital de San Nicolás. La fecha de la dedicación de dicha
capilla no ha sido averiguada, pero habla de ella el Arzobispo
don Fr. Fernando de Carvajal y Rivera en carta al rey Carlos II,
de fecha 2 de diciembre de 1695.
Hay que observar
que desde siglos atrás el culto a Nuestra Señora de Altagracia
se extendió a otras regiones de América, bien fuera directamente
desde España o a través de su culto bien establecido ya en
Higüey, por la continua emigración que hubo en la isla de Santo
Domingo por aquellos años. Así en Caracas, Venezuela, la
Altagracia fue venerada en la iglesia del convento de los
dominicos hacia 1650. Más curioso aún es el dato siguiente: la
Ciudad de Altagracia, con una población de 12,000 habitantes,
situada en la zona serrana cordobesa en Argentina, debe su
nombre, según consta en la historia de esta ciudad, al santuario
de Altagracia existente en Garrovillas, Extremadura, España.
Un bello cuadro
del Museo del Prado en Madrid, titulado La Adoración de Los
Ángeles, que data del año 1470 y es obra del pintor flamenco
Hans Memling, muestra elementos comunes con el cuadro de Nuestra
Señora de Altagracia. En él, San José entra en el portal
llevando en la mano izquierda una vela encendida, protegiéndola
a la vez con la mano derecha. El resto del conjunto, aunque
tenga este elemento común y la Virgen aparezca en adoración
delante de su pequeño hijo, difiere mucho del cuadro de Higüey.
Hay allí ángeles, animales y una escena popular visible a través
de las columnas.
Más semejanza
muestra, en lo que se refiere a la Virgen misma y al Niño en el
pesebre, una tabla hispano-flamenca conservada en Alanís,
Sevilla, en la región montañosa que colinda con Badajoz y la
cual se ha atribuido a Juan Sánchez de Castro. Como en Nuestra
Señora de Altagracia, el Niño reposa en el pesebre frente a su
Madre, mientras ésta, con las manos juntas, está en adoración.
La Virgen viste capa pluvial. Pero también esta composición
ostenta elementos muy diferentes a los de la Virgen de Higüey.
San José está a la derecha del grupo; hay ángeles y animales.
Estos grabados
pueden verse en el tomo I de la obra Los grandes Temas del Arte
Cristiano en España, Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.),
Madrid, por el Prof. F. J. Sánchez Cantón, láminas 14 y 15 y su
explicación en las páginas 31 y 32.
Indudablemente el
cuadro bendito de Higüey denota las influencias de la escuela
hispano-flamenca, muy en auge en Andalucía al tiempo del
descubrimiento de América. Pero hemos de hacer notar que en
confirmación del carácter peculiar de la advocación
altagraciana, el cuadro de Higüey denota más al vivo, como
elemento primordial, la Maternidad Divina de María, quedando los
demás elementos pictóricos relegados a un lugar más secundario.
La historia, ya se
ve, tiene aún en este asunto, mucho campo por explorar. Hasta
hoy, sólo se han marcado hitos que permiten continuar la
búsqueda de otros testimonios más definitivos. Pero téngase en
cuenta que este no es el único caso en que la historia se
muestra parca en asuntos ya, de hecho, establecidos por la
tradición. Otros santuarios, en América y fuera de ella, no
pueden holgarse de tener más historia que el de Nuestra Señora
de Altagracia de Higüey. Las discusiones de los especialistas en
torno a las fuentes es prueba de que la historia no ha terminado
su labor para dar un conocimiento depurado y definitivo.
Hoy por hoy, el
documento más definitivo para la historia de Nuestra Señora de
Altagracia en Santo Domingo lo constituye el Relato del Canónigo
de Alcocer.
Para ti, lector,
ya sé que el silencio de la historia y su aparente indecisión,
no significan una merma en tu fe ni en tu amor a la Virgen. Más
bien la acrecientan, como las cosas inexplicables a los ojos
humanos, pero reales en sus efectos, confirman muchas veces
nuestra confianza. Porque t ú mismo te preguntarás ¿se basa mi
fe en saber quién fue el pintor del hermoso cuadro, quién lo
trajo a la isla y lo llevó hasta tu santuario de Higüey? ¿En
saber si es española o dominicana? Ciertamente que no, dirás. Y
volverás a preguntarte: ¿se fundamenta entonces mi fe en la
realidad espiritual que vislumbro al través de la materialidad
del cuadro de Nuestra Señora de Altagracia y en los continuados
favores que ha ortigado y otorga a millones de devotos? –En esto
sí, será tu propia respuesta.
No se trata, pues,
de una cuestión de derecho; se trata de una cuestión de hecho,
que ya tú has reconocido. La Virgen de Altagracia se ha mostrado
Madre y Reina de sus devotos al través de cuatro siglos y esto
basta para mantener vivo el amor y el reconocimiento de un
pueblo. Si es dominicana, no deja de ser española. Y si es
española, no por esto deja de ser dominicana. Es, querido
lector, que María Santísima no se ciñe a ningún nombre
gentilicio, ni a la estrechez de una ubicación local. María
Santísima es “Reina Universal de Cielo y Tierra”.
Más aún, muy fácil
te será hallar la íntima correlación entre la consabida leyenda
y la historia documentada. Muy importante es, al terminar este
capítulo, tener ya la fórmula que concilie en tu apreciación
total la historia y la leyenda. Como preludio te traeré a cuento
lo que tú probablemente ya has pensado. Si no hubiera habido
algo de extraordinario en aquel cuadro, en aquel lugar, en aquel
ambiente ¿no es cierto que ese cuadro y ese lugar hubieran
permanecido hasta hoy inadvertidos para los innumerables devotos
de la Virgen? ¿No habría ya en aquella época muchas imágenes
importadas o pintadas en la isla y ninguna fue objeto de tan
general veneración? Supone un milagro mayor producir tal
veneración sin un prodigio inicial que el prodigio que habríamos
de admitir de acuerdo con la tradición. Pero admitamos como
verdadera sólo a la historia. ¿Qué dice la misma? Releamos la
vieja relación de Alcocer: … “consta que la trajeron a esta Isla
dos hidalgos naturales de Placencia en Extremadura, nombrados
Alonso y Antonio de Trexo, que fueron de los primeros pobladores
de esta Isla… Y habiendo experimentado algunos milagros que avía
hecho con ellos la pusieron para mayor veneración en la Iglesia
parroquial de Higüey, donde eran vecinos y tenían haciendas…”
¿De modo que el dicho relato hace referencia a “algunos
milagros” que los afortunados hermanos recibieron de la Virgen?
¿De manera que el inicio del culto altagraciano con algunos
prodigios de la Virgen –punto central de la leyenda- empieza a
ser confirmado por la historia? Tú, lector, ni yo tampoco, hemos
dudado nunca que la Virgen que tantos favores ha otorgado a sus
devotos y al pueblo dominicano fuera capaz de instaurar su
reinado con algún hecho extraordinario. Bien pudo ser, diremos,
que habiendo sido traída de España la imagen o copiada en esta
isla, la manera como llegase hasta Higüey fuese extraordinaria.
Ahora podemos
comprender que el hecho que motivó la historia pudo dar también
principio a la leyenda. La historia y la leyenda, una vez más,
se completan y se dan la mano…
TEXTOS
BIBLICOS PARA MEDITACION
“Haré brillar mi
enseñanza como la aurora para que ilumine las distancias;
derramaré doctrina como profecía y la legaré a las futuras
generaciones. Miren que no he trabajado para mí sólo, sino para
todos los que la buscan”. (Eclesiástico 24,32-34).
***
“Les aseguro que
si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían al cerro éste:
“Corretee más allá”, y lo haría. Nada les sería imposible”.
(Mateo 17,20).
***
(Véase también
Juan 2,1-12; Las Bodas de Caná).
CAPITULO V
Nuestra Señora de Altagracia
EL conocimiento es
condición previa del amor. Todo devoto amante de la Virgen, lo
es por haber reconocido antes su condición de Madre de Dios,
Madre de los hombres y Corredentora del género humano. Así, de
poco serviría al lector el conocer los fundamentos tradicionales
e históricos de la devoción de Nuestra señora con el título de
Altagracia si no penetrase ya en el verdadero significado
espiritual de esta advocación.
Advocación, del
latín avocare, llamar, es lo mismo que título o llamamiento. Por
eso, existiendo una sola Virgen María, Madre de Cristo, Dios y
Hombre, existen muchas advocaciones, correspondientes a las
dotes sobrenaturales de esa Virgen, manifestadas a los hombres
en el curso de los tiempos.
Las imágenes o
representaciones plásticas materiales de esas advocaciones
vienen a ser para el cristiano la expresión visible de lo que la
advocación significa en el orden espiritual, constituyendo una
ayuda valiosa para el conocimiento del misterio representado.
Hay imágenes representativas de los misterios de la vida de
María Santísima, así como de los de la vida del Salvador, tan
antiguas que figuran ya en las paredes de las catacumbas
romanas. Y florecen estas expresiones vivas del espíritu
religioso en todas las etapas de la vida de la Iglesia.
Por lo anterior se
explica que si se quiere comprender el sentido de una advocación
representada de modo sensible por una imagen, no basta con
detenerse a observar el origen histórico de esa imagen, su arte
o su arqueología. Hay que considerar conjuntamente lo material y
lo formal de la advocación. La imagen y el misterio. Lo sensible
y lo espiritual. Así se percibirá una nueva luz y se captará un
nuevo sentido, la enseñanza o lección sagrada que fluye de toda
advocación aprobada por la Iglesia como expresión fiel de los
misterios de la revelación Divina. Esto mismo lo expresa con
palabras muy claras el Concilio de Trento en su sesión XXV: “El
honor que se da a ellas (las imágenes) se refiere a los
prototipos que ellas mismas representan, de tal manera que por
las imágenes que besamos y delante de las cuales descubrimos
nuestras cabezas y nos arrodillamos, adoremos a Cristo y
veneremos a los santos, cuya semejanza guardan”…
En Nuestra Señora
de Altagracia hemos de contemplar dos cosas: El cuadro, la
pintura en sí misma y lo que ella representa.
La imagen de
Nuestra Señora de Altagracia es bella, profundamente bella y
expresiva. Representa con vivo patetismo la escena del
nacimiento del Niño Dios, momento memorable que el mundo
cristiano conmemora hace casi dos mil años y que el insigne Fray
Luis de Granada describe con exquisita belleza. Suyas son estas
palabras: … “era la media noche muy clara más clara que el medio
día, cuando todas las cosas se reparan del trabajo y gozan del
silencio y quietud; y acabada la oración de la Virgen Santísima
comenzaron los cielos a destilar miel y dulzura; y ella sin
dolor, sin pesadumbre, sin corrupción y mengua de su pureza
virginal, vio delante de sí, salido de sus entrañas, más limpio
y más resplandeciente que el mismo sol, al bien y remedio del
mundo, tiritando de frío, y que ya con sus lágrimas comenzaba a
hacer oficio de Redentor”.
Tan sublime
momento, tan trascendental instante para la historia de la
humanidad, ha sido captado en toda su radiante belleza por el
cuadro de Nuestra Señora de Altagracia. En él aparece la Virgen
tocada de azul manto y blanco escapulario, circundada de
estrellas y ceñida su corona, como corresponde a sus reales
prerrogativas, en humilde actitud de juntar sus manos frente al
pesebre donde descansa entre pajas su Divino Hijo. Junto a ella
su esposo San José sostiene en la mano lo que parece ser una
vela encendida, asistiendo en aquel trance a Madre e Hijo. La
estrella de Belén, unida a celestial resplandor, emite un rayo
de luz que ilumina el contorno. Todo en este cuadro inspira
elevación y recogimiento. Todo denota divina grandeza. No se
trata tan sólo de la escena del nacimiento, como algunos
pudieran suponer. Se trata de algo más: de la exaltación visible
de la Madre de Dios en aquel momento sublime; coronada como
Reina, circundada de estrellas…
Este cuadro
bendito, ya lo sabes, lector, es una pintura material sobre un
lienzo también material y en él se advierte ya la huella del
tiempo. Quizás hayas presumido alguna vez que tal cuadro se deba
a algún pintor supraterreno. Pero no. No exaltes tu imaginación
hasta hacer tal presunción, que no es necesaria. No era
necesario un pintor celestial para expresar tan bien todo lo que
la advocación de Nuestra Señora de Altagracia significa y como
Dios Nuestro Señor no hace milagros sin necesidad, hay que
suponer siempre un pintor humano, divinamente inspirado, eso sí.
¿Quién fue el tal pintor? La historia no lo dice, ni hace falta
que lo diga para que nuestra devoción a María Santísima bajo el
título de Altagracia sea firme y verdadera.
El elemento
espiritual de la advocación corresponde adecuadamente a su
elemento material. Contemplando la hermosa imagen de Nuestra
Señora de Altagracia con detenimiento y profundidad, surge en la
mente y el corazón de cualquier devoto de María, por poco
versado que sea en los elementos de la teología mariana, la
respuesta a estas interesantes preguntas. ¿Cuál es el misterio
singular que encierra esa advocación de Nuestra Señora? ¿Cuál es
el contenido de esa devoción tan hermosa con que Dios ha
regalado al pueblo dominicano? ¿Cuál es esa “Alta Gracia”, ese
favor o don extraordinario, que el nombre bendito de Altagracia
significa?
Grande e
imponderable cosa es la gracia. Sin ella nada podemos en la vida
espiritual y todas nuestras obras estarán ante Dios viciadas de
nulidad, porque nuestra naturaleza humana por sí sola no puede
realizar en la vida espiritual obras meritorias. En cambio, así
como el sol y la lluvia dan el crecimiento al árbol, así la
gracia nos da la vida y el crecimiento en el orden espiritual.
Con la gracia, con ese don sobrenatural que Dios infunde en
nuestras almas, nuestros actos de virtud adquieren también un
valor sobrenatural a los ojos de Dios.
En María Santísima
estuvieron reunidas por especial privilegio divino todas las
gracias: Ella ha sido llamada Madre de la Divina Gracia. Pero la
advocación especial de esta Virgen de Higüey; la advocación
especialísima de esta virgen dominicana, revela que hubo en
María una gracia muy especial; una gracia que estuvo por encima
de todas las gracias que le concedió el Señor. ¿Cuál fue esa
gracia? Es la que nos revela la contemplación del cuadro de la
Virgen de Higüey. Después de esa contemplación, ya no hay duda:
el dulce misterio, el favor singular, el regalo del cielo, la
“alta Gracia” que Dios concedió a María fue la Divina
Maternidad. ¡María una pura criatura, de la misma naturaleza que
nosotros, fue elegida, por especial privilegio, Madre de Jesús,
Madre del Salvador, Madre de Dios…!
Toda la gloria y
toda la grandeza de María; toda la razón de su culto y
glorificación; aún más, toda la razón de su existencia depende
en absoluto de su Maternidad divina. Del mismo modo que toda la
grandeza de Jesucristo depende de la unión de la divinidad y la
humanidad en una misma persona divina, así la grandeza de la
Virgen depende de su relación de Madre a Hijo con el Salvador.
María fue sin duda la obra más perfecta del Creador, exceptuando
desde luego la Encarnación del Verbo, Jesucristo. Como nota muy
bien el Padre Francisco Suárez, ella superó en gracia a cada
santo en particular y a todos los santos juntos.
Y así había de
ser. María en primer lugar había sido elegida para ser Madre de
Jesucristo, Dios. Y este solo título de grandeza en María supera
a todo otro título. Esta condición de Madre de Dios, es decir,
de vehículo por el cual Dios se haría hombre, ameritaba en María
un cúmulo de gracias tal, que la Divinidad encontrara en ella un
digno receptáculo. Si como enseña Santo Tomás de Aquino, el
príncipe de los doctores de la Iglesia, Dios concede a cada uno
las gracias conforme al estado y a la misión especial a que le
destina en la tierra, hemos de considerar cuán excelsas y
singulares han de ser las gracias concedidas por Dios a la que
había de ser su propia Madre.
En segundo lugar,
María, por el mismo hecho de ser Madre de Jesucristo, quedaba
constituida Medianera Universal y Abogada de todos los hombres.
Jesús , el Hijo de María, es la cabeza invisible de la Iglesia.
De su vida divina participamos todos los cristianos como las
ramas participan de la savia de un árbol del cual él es el
tronco. Así, injertados en este árbol que es Jesucristo; siendo
los miembros de ese Cuerpo Místico de Jesucristo que es la
Iglesia, somos por extensión también hijos de María. Por ser
Madre de Jesucristo y Medianera Universal de todas las gracias,
fue llamada “llena de gracia” por el ángel Gabriel en la
Anunciación. “Salve, llena de gracia”, le dijo el ángel, “Salve,
llena de gracia. El Señor es contigo, Bendita tú entre las
mujeres”. Ciertamente, el Señor estaba en ella. Estaba el Padre,
que la tenía por Hija; el Hijo, que la tenía por Madre, y el
Espíritu Santo, que la tenía por Esposa. Por eso era ella
bendita, santa, llena de gracia, más que todas las mujeres.
Si según el mismo
Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, cuanto más cerca está
una cosa del principio de donde procede, tanto más participa de
la perfección de él; y si es María la criatura más inmediata a
Dios, es fácil deducir que ella participa más que cualquier otra
de la gracia, perfección y grandeza divinas. Puede Dios en
verdad crear un mundo más grande, más hermoso; un cielo más
inmenso, más maravilloso; pero elevar una pura criatura a algo
más alto que ser su madre; dotar a una criatura de mayores
privilegios que los que concedió a María… no. ¡Eso no lo puede
Dios! …
La Virgen
Santísima de Altagracia, como hemos visto, no es otra cosa que
la representación de la gloria suprema de María, de su honor más
alto, que es la Divina Maternidad. Y el cuadro de la Virgen de
Altagracia es a su vez el más elocuente testimonio de las
glorias de María, su más completa glorificación. Así, esa
advocación hermosa de la Madre de Dios en el misterio de su
Maternidad divina; esa Virgen Santísima de Altagracia es el
mayor regalo que Dios y su Madre han podido hacer al pueblo
dominicano; el mejor obsequio a la filiación mariana de este
pueblo, que es mariano y altagraciano por excelencia.
Ya puedes, lector
cristiano, saber cuánto vale delante de Dios tu devoción a
Nuestra Señora de Altagracia. Honrando su imagen, objeto
material de la advocación, no lo haces por la imagen misma, sino
por lo que ella representa, por el misterio grande de la
Maternidad Divina, mediante el cual María te dio a Jesucristo
Salvador. Honrando ese misterio honras a María, la Madre que el
mismo Salvador quiso darte en buena hora. Y honrando a María,
honrando a la Madre, honras en último término a Jesucristo,
Dios, su Hijo, y con él al Padre y al Espíritu Santo, es decir,
al Dios Trino y Uno, que es el centro de nuestra fe.
Así, cristiano,
cuando honras a la Virgen de Altagracia con el culto que la
Iglesia llama de “hiperdulía” o veneración superior, que no es
lo mismo que adoración, no eres idólatra, como pretenden los
enemigos de nuestra fe, sino que de una manera indirecta das
culto al verdadero Dios y de una manera directa haces la
voluntad de ese mismo Dios, a quien servir es reinar. Luego,
cristiano, honrando a María, que es la Reina, también tú te
conviertes en rey.
La devoción a
María es una necesidad de la vida cristiana. Dios mismo quiso
que fuera así al hacer a la Virgen como “acueducto de la divina
gracia”, dándonos por medio de ella a Jesucristo y sujetando a
su intervención la concesión de sus favores. Entre todos los
favores de la Virgen, los de más valor son desde luego aquellos
que más contribuyen a que alcancemos la eterna salvación de
nuestras almas; constancia en la virtud, ayuda contra los
enemigos del alma, fuerza para levantarse en las caídas,
perseverancia final. ¡Y qué bien sabe cumplir la Virgen en este
aspecto su oficio de Madre y Reina!
Si eres devoto de
la Virgen, lector, no olvides el significado de tu devoción. No
consiste ésta en una simple adhesión sentimental a la Virgen,
nacida de la natural impresión sensible que te causa la belleza
y originalidad de su imagen. Esta adhesión sentimental es algo
natural y explicable en nosotros como una reacción psicológica
ordinaria. Pero esto no basta para explicar la verdadera
devoción a María. Se puede, en una palabra, gustar del elemento
material de la devoción, la imagen, el cuadro, la tradición
hermosa que lo rodea, sin ser todavía devoto de la Virgen de
Altagracia.
Tampoco
constituyen la verdadera devoción a la Virgen los actos
exteriores con que la adhesión sentimental se complace en
manifestarse, como portar su medalla, besar su imagen u
obsequiarle con ofrendas materiales de limosnas en cualquier
especie. Todo esto está muy bien y de acuerdo con el espíritu y
sentir de la Iglesia que no lo prohíbe, sino que lo acepta como
una manifestación sencilla de piedad filial. Pero esos actos
exteriores, con ser laudables, no constituyen la esencia de la
devoción a la Virgen.
La verdadera
devoción a María es interior y exterior al mismo tiempo; del
cuerpo y del alma. Es sobrenatural y está indisolublemente unida
a la práctica y ejercicio de las virtudes que Cristo enseñó como
camino de la salvación: caridad, pureza, humildad,
mortificación, oración, observancia de los deberes de estado,
amor y obediencia a su Iglesia, guarda de los Mandamientos y
recepción de los Sacramentos.
La palabra
devoción significa “entrega voluntaria de sí mismo”. Cuando
somos devotos de María nos entregamos enteramente a ella y
mediante ella nos entregamos a Dios. Así imitamos al mismo Dios
que se nos ha dado a nosotros y, humillándose en cierto modo
para levantarnos, nos dio a su Hijo Jesucristo como medianero.
Somos, pues, verdaderos devotos de la Virgen, cuando le
entregamos nuestro entendimiento con la más profunda veneración;
nuestra voluntad, teniendo en ella una confianza sin límites;
nuestro corazón, con un amor tierno de hijos; todo nuestro ser
espiritual y corporal, imitando del modo más perfecto sus
virtudes.
Luego ya se ve que
devoto de María y cristiano son términos equivalentes. No se
puede ser devoto de María sin ser verdadero cristiano. Y no se
puede ser cristiano sin ser verdadero devoto de María.
TEXTOS
BIBLICOS PARA MEDITACION
“…pongo hostilidad
entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él herirá tu
cabeza cuando tú hieras su talón” (Génesis 3,15).
***
“Pues el Señor,
por su cuenta, les dará una señal: Miren: la joven está encinta
y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros”.
(Isaías 7,14).
***
“El ángel,
entrando a donde estaba ella, le dijo: Alégrate, favorecida, el
Señor está contigo”. (Lucas 1,28).
***
“Llena de Espíritu
Santo, dijo Isabel con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre! “. (Lucas 1,41-42).
CAPITULO VI
Favores de la Virgen
LA VIRGEN María es
maternal. Ama a sus hijos y fieles devotos con amor entrañable,
como que los engendró con sumo dolor junto a la cruz donde su
Hijo expiraba para redimirnos. También es poderosa. Su Hijo, que
es todopoderoso, por ser Dios, no sabe negarle nada de cuanto
conviene para la salvación de los hombres. A ella se sometió en
su vida privada como hijo obediente, cuando vivían juntos en la
casita de Nazareth. A instancias suyas realizó el primer milagro
de su vida pública en las bodas de Caná y en el curso de la
historia ha demostrado que no sabe resistir a los ruegos de su
Madre.
Son innumerables
los milagros y favores que Dios ha concebido al mundo por medio
de la Virgen. Prenda de ello son los innumerables testimonios
que de ordinario se conservan en los santuarios de María para
ejemplo de sus devotos.
Milagro, es bueno
recordarlo, lector, es “un hecho sensible, extraordinario y
divino”. El milagro es, pues, un testimonio de la fe. Una
prueba, irrecusable por lo extraordinaria, de la intervención
divina en un hecho determinado. Sólo Dios puede hacer milagros y
los santos sólo con su intercesión. La misma Virgen María no
sería capaz de realizar milagros si no fuera porque Dios concede
a su intercesión, a su petición intermediaria, una atención
especial. De ahí que el milagro sea un instrumento para
discernir la presencia de Dios, la intervención divina. Una
religión con verdaderos milagros es divina. Un hombre con poder
taumaturgo es un hombre de Dios. Una advocación de la Virgen al
amparo de la cual Dios manifiesta su presencia con hechos
sensibles y extraordinarios, es una advocación legítima y
divina.
El milagro es, por
ende, el sello de la divinidad; su credencial oficial; la prenda
segura del pacto entre Dios y los hombres. Así, bien podemos
expresar en una fórmula definitiva que donde está Dios puede
haber milagros y donde hay milagros debe estar Dios.
No todo cuanto
Dios concede a modo de gracia o favor a los hombres, es milagro.
Para que haya verdadero milagro es necesario que el hecho
atribuido a la Divinidad se realice “fuera, sobre o contra las
leyes mismas de la naturaleza”, superándolas, suspendi éndolas o
contrariándolas sin destruirlas, es decir, a modo de excepción.
Y es claro que esto sólo puede hacerlo el Supremo Legislador.
Al lado de los
milagros que Dios ha producido en el orden físico, intelectual y
moral, milagros de primer orden sin una posible explicación
humana como son los narrados en el Santo Evangelio y muchos
otros producidos en el seno de la Iglesia Católica, están los
innumerables favores, que sin llegar a considerarse verdaderos
milagros, Dios ha concedido a los hombres en premio de su fe y
confianza, muchos de ellos por meditación de María y de los
santos.
Estos favores,
mirados en conjunto, son la respuesta favorable de Dios, de la
Virgen y de los santos a los que a ellos acuden para buscar el
remedio a sus necesidades espirituales y materiales.
La Iglesia ha sido
en todo tiempo muy cuidadosa y parca en cuanto a la aceptación
de milagros como verdaderos. Lejos de dar fácil crédito a
supuestos milagros, procede con toda la cautela necesaria antes
de reconocer como milagroso un hecho en apariencia
extraordinario. Sólo hechos extraordinarios, realizados con
visible intervención divina, en los cuales la ciencia no ha
podido encontrar otra explicación que una intervención
sobrenatural, son aceptados por la Iglesia como milagros. En
ellos siempre es de ver el fin evidentemente sobrenatural, la
gloria que con el hecho recibe Dios y la conveniencia para
nuestro bien espiritual. Así se ha de entender el principio
teológico muy verdadero de que “Dios no hace milagros sin
necesidad” o razón suficiente.
Las paredes del
viejo santuario de Higüey están adornadas de medallones de otros
tiempos en los cuales se narran hechos al parecer
extraordinarios sucedidos en épocas más o menos remotas,
atribuidos a la intercesión de Nuestra Señora de Altagracia.
También abundan los relatos de la tradición oral. Sobre estos
hechos la Iglesia nunca ha dado su veredicto. Son los mismos
devotos favorecidos los que han encargado de divulgar
espontáneamente los favores de la Virgen, favores que alcanzan
las almas y los cuerpos. Enfermos, lisiados, ciegos, sordos,
inválidos, almas atribuladas por la miseria espiritual han
encontrado en Nuestra Señora de Altagracia remedio en su
enfermedad, aliento y sostén en su tribulación. Ellos son los
mejores testigos de los favores de la Virgen.
Y como nos dejas
de sentir, lector, un vivo deseo de conocer el contenido de esos
relatos visibles en los medallones del viejo santuario, aquí
tienes el traslado textual de algunos de ellos, los principales,
escritos por manos sencillas; redactados en forma natural,
ingenua; dictados por almas incapaces de mentir. Su contenido
vivo y palpitante a pesar del tiempo transcurrido, será a tus
ojos y a tu imaginación tan vivo como una representación
cinematográfica.
Helos aquí:
“Un amo tenía unas
ovejas y yendo pasando el río de Chavón, creció, y desapareció
el pastor con las ovejas, y su amo y él se encomendaron a
Nuestra Señora y apareció el indio con las ovejas y le dijo a su
amo que Nuestra Señora le había salvado con las ovejas y fue el
primero”.
•
“Siendo Cura de
esta Parroquia don Félix de Quezada, sucedió Martes Santo en la
tarde, se puso a confesar, salió de la iglesia con intención de
no tocar el rosario, y acabado de tocar las oraciones y pasando
por el campanario para ir a recogerse, estando ya en su casa, se
tocó la campana por sí sola como se acostumbraba a tocar el
rosario y visto esto, fue luego a rezar a la Iglesia con temor y
devoción y dio gracias a Dios”.
•
“Juan Domínguez,
Cura y Vicario de esta parroquia Nuestra Señora de Altagracia,
se sentó en una hamaca y ahogó a un niño y siendo inocente lo
trajeron delante de Nuestra Señora, resucitó y dieron gracias a
Dios”.
•
“Una niña comió de
un pañito un poco de veneno y cayó muerta, y su madre la trajo
al altar de Nuestra Señora, y la ofreció devotamente, y al
instante resucitó y dieron gracias a Dios”.
•
“Yendo un navío de
Santo Domingo a España se perdió en las Bermudas, y
desesperanzados todos de escapar, invocaron a Nuestra Señora de
Altagracia con mucha devoción y su Divina Majestad fue servido
escaparlos, en jangada, y dieron gracias a Dios Nuestro Señor”.
•
“Un hombre ciego
vino a romería esta santa casa y fue su Divina Majestad servido
de darle vista, con lo cual se volvió bueno y sano y dio gracias
a Dios”.
•
“Un hombre
hidrópico andaba pidiendo limosna para Nuestra Señora de
Altagracia y yendo por una calle le atropelló una carreta y le
pasaron por encima las ruedas y llamando en voces altas a
Nuestra Señora de Altagracia se levantó sin lesión alguna y dio
gracias a Dios”.
•
“Determinaron los
señores del Cabildo de la ciudad de Santo Domingo enviar un
Prebendado por Nuestra Señora de Altagracia y habiendo llegado a
la barca dieron parte para llevarla en procesión y habiendo
venido, se hallaron sin ella, y admirados de este prodigio
dispusieron que viniera un prebendado a hacer esta iglesia y
dieron gracias a Dios”.
•
“Verdadero milagro
que hizo Nuestra Señora de Altagracia a Miguel Redón, que
saliendo de la costa de Santo Domingo para la isla de Curazao en
un columpo inglés en mitad de la travesía reventó la astorga de
la mayor y le cayó la botavara al dicho Redón que lo partió por
la cintura, y habiéndose prometido a esta imagen, quedó del todo
bueno, ésto aconteció a fines de noviembre del año 1789, y dio
gracias a Dios”.
•
“Una niña jugando
cayó sobre un asador y se lo clavó por la cabeza, y murió, y
viéndose su madre sin ningún remedio, la trajo a la iglesia y se
la ofreció a la Virgen Nuestra Señora y al punto resucitó y dio
gracias a Dios”.
•
“En abril de 1875
vino en peregrinación a este Santuario la señora Juana Francisca
Leyba, acompañada de su esposo D. Pedro Rojas, y después de
besar y adorar la imagen milagrosa de Nuestra Señora de
Altagracia, se sintió súbitamente curada de una sordera completa
de muchos años; testigo fue el ilustre Canónigo Don Gabriel B.
Moreno del Cristo, a la sazón Cura de Higüey, quien dio parte al
Delegado Apostólico y lo publicó en El Nacional”.
•
“Un niño de 14
años se pasmó del estomago y su madre lo ofreció a Nuestra
Señora con mucha devoción y le trajeron cargado a la iglesia y
al punto sanó”.
•
“F. Hernández,
vecina de la ciudad de Santo Domingo, le dio en la barriga una
grande apotema y habiéndosele abierto arrojó una cuarta de tripa
y Catalina de Albornoz se la cortó… y habiéndose untado aceite
de la lámpara con fe y devoción sanó al instante y quedó libre
de la fístula, dando gracias a Dios”.
•
“Rafael Geler,
sobre quien cae una enorme descarga eléctrica, que le quema la
ropa y le desbarata el asiento en que estaba, se ofrece a la
piadosa Señora, tiene la visión de su sagrada imagen y resulta
ileso. Esto sucedió en Higüey el día 9 de mayo de 1902”.
•
Estos relatos,
junto con muchos otros relatos orales e innumerables piezas de
oro y plata que en forma de órganos humanos dan testimonio de
otras tantas curaciones atribuidas a la intercesión de la
Virgen, son la voz del clamor popular en su forma más sencilla y
expresiva.
Pero ninguno de
esos favores, por grande que sea, representa el mayor favor de
la Virgen ni su más estupendo milagro. El más grande prodigio de
la Virgen de Altagracia, lector devoto, es un verdadero milagro
moral. Si conoces la historia del pueblo dominicano; si has
considerado sus vicisitudes; si has ponderado el cúmulo de
peligros y contrariedades que ha debido afrontar para subsistir
como nación independiente; si has pensado en los encarnizados
enemigos de adentro y de afuera que han atentado contra su
integridad histórica; en una palabra, si consideras las guerras,
invasiones, cataclismos, calamidades materiales y morales que ha
debido sufrir el pueblo dominicano en su pasado histórico sin
perder su fe ni su integridad nacional, no puedes explicártelo
sin una especial intervención divina. “Es una misericordia del
Señor el que nosotros no hayamos sido consumidos”…, podemos
exclamar con la Sagrada Escritura (Jeremías, Trenos, 3-22) y
debemos agregar algo más: ¡Por la intercesión de la Virgen de
Altagracia somos todavía y seremos siempre una nación católica,
grande e independiente!
TEXTOS
BIBLICOS PARA MEDITACION
“Jesús contestó:
Tengan fe en Dios. Les aseguro que si uno le dice al cerro ése:
“Quítate de ahí y tírate al mar, no con reservas interiores,
sino creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso
les digo: cualquier cosa que pidan en su oración, crean que se
la han concedido, y la obtendrán”. (Marcos 11,22-24).
***
“Dios hacía por
medio de Pablo prodigios extraordinarios, hasta el punto que
bastaba aplicar a los enfermos pañuelos o prendas que él llevaba
encima, para ahuyentar las enfermedades y expulsar los espíritus
malos”. (Hechos 19,11-12).
***
“La oración hecha
con fe dará la salud al enfermo y el Señor hará que se levante…”
(Santiago 5,15).
CAPITULO VII
Reina y Madre
LA VIRGEN María
está adornada por un doble título, que corresponde a una doble
prerrogativa: es Reina y es Madre. Es Reina verdadera, porque
así lo dispuso el Rey de cielos y tierra al escogerla por su
Madre y su reinado se extiende a toda la Iglesia, tanto a la
militante en la tierra, como a la triunfante en el cielo, sin
dejar de reinar aun entre los que aguardan en el purgatorio el
momento de verla en todo su esplendor en el cielo.
María es Reina
porque supo ser Madre. Toda madre lo es cuando sabe cumplir su
misión. Y María cumplió a cabalidad su misión de Madre de Dios y
Madre de los hombres. Ella seguirá reinando en el mundo porque,
sin dejar de ser madre de Dios, seguirá siendo siempre la Madre
de todos los cristianos.
A este privilegio
de la Virgen, nacido de ser Madre natural de Jesucristo y
Corredentora nuestra, se añade su derecho a reinar por
proclamación. Reina la han proclamado sus devotos en todos los
tiempos. Reina, “Regina Coeli”, la llama la Iglesia y así la
invoca en sus oraciones. Y Reina se ha manifestado ella con sus
siervos reinando sobre las almas con soberano poder. Reina han
proclamado los dominicanos a Nuestra Señora de la Altagracia y
su reinado ha sido pleno de soberanía espiritual nunca
desmentida por la adhesión de sus súbditos devotos.
Reina y Madre del
pueblo dominicano. Estos han sido sus títulos de gloria desde
los días de la colonización, cuando sentó sus reales en Higüey y
atrajo hacia sí multitudes de devotos que la aclamaban en el
canto y en el rezo.
La devoción a
Nuestra Señora de Altagracia gozó desde tiempos remotos de la
aprobación y beneplácito de la Iglesia, como prueba de su plena
conformidad con el dogma católico. Nada hay en el cuadro bendito
de Nuestra Señora ni en el obsequio y alabanza de los fieles que
no esté conforme con la doctrina católica. Así, toda la
inspiración de la devoción altagraciana nace de la misma sagrada
Escritura y de la Tradición, fuentes puras de la fe verdadera.
El 21 de enero fue
consagrado como fiesta anual de la Virgen de Altagracia desde el
año 1692, por un voto que hicieron los habitantes de la villa de
Higüey. Un año antes, el 21 de enero de 1691, dominicanos y
españoles habían alcanzado un triunfo resonante contra los
franceses en La Limonada, en territorio de Haití, tomando
represalia de la invasión que éstos habían hecho a territorio
dominicano en razón del estado de guerra que existía entre
España y Francia. Lanceros de la región del Este tomaron parte
en este combate y como ofrenda a la Virgen trajeron una espada o
machete que depositaron junto al atar y se conservó allí hasta
el año 1822, cuando por el peligro de la dominación haitiana lo
retiró el cura del Santuario, don Mariano Herrera y Saviñón.
El Arzobispo don
Isidoro Rodríguez y Lorenzo, a fines del siglo XVIII, cita este
hecho como origen de la fiesta del 21 de enero en un decreto en
el cual ratifica dicha fecha como la señalada para la fiesta de
la Virgen y concede muchas indulgencias a los devotos en ocasión
de ella.
Asimismo el Papa
Pío VI concedía altar privilegiado a favor de la Virgen de
Altagracia el 18 de septiembre de 1791. Y el 18 de septiembre de
1792 también grandes indulgencias a los fieles que visitaran el
Santuario y cumplieran las condiciones requeridas: recibir los
Sacramentos de la Confesión y Comunión y orar por el Sumo
Pontífice.
Un ilustre
Arzobispo dominicano, Monseñor Fernando Arturo de Meriño,
impetró y obtuvo de la Santa Sede la concesión de Oficio Divino
y Misa propia para Nuestra Señora de Altagracia el 21 de enero,
con lo que el culto altagraciano cobró más fuerza y más arraigo.
Durante el
episcopado de otro gran prelado dominicano, Monseñor Nouel, el
culto a Nuestra Señora de Altagracia debía llegar al máximo
esplendor y consagración. El 21 de enero fue declarado por Su
Santidad el Papa día de fiesta de guardar en todo el territorio
de la República, lo que ya hacían comúnmente todos los
dominicanos, que se abstenían espontáneamente de trabajar en esa
fecha para honrar a la Virgen.
El día de mayor
gloria para la Reina y Madre lo señaló la Providencia en el 15
de agosto de 1922, fiesta de la Asunción, cuando la Virgen de
Altagracia fue coronada Reina de los dominicanos. La iniciativa
de tan bello y grandioso acto se debió a Monseñor Adolfo
Alejandro Nouel, quien amaba a la Virgen como a la niña de sus
ojos. Así el pueblo dominicano recibió oficialmente una Madre y
una Reina.
La coronación fue
autorizada por S.S. el Papa Benedicto XV por su breve Uti ad
Nos, de fecha 14 de julio de 1920. Para llevarla a cabo, el Papa
designó como su delegado al venerable Arzobispo portugués
Monseñor Sebastián Leite de Vasconcellos.
Por ser un acto de
imperecedera memoria en la historia del pueblo dominicano, sus
detalles principales merecen ser recordados: Eran tiempos
luctuosos para la Patria dominicana. Nuestra Independencia
sufría un eclipse que había de durar ocho años y el alma del
pueblo buscaba calmar su pena elevándose a Dios. Muchos
obstáculos hubo que vencer para la organización del acto de
coronación, que debía realizarse en el baluarte del Conde, cuna
de nuestra independencia, adornado con nuestra bandera, llenando
el ambiente las notas armoniosas de nuestro himno. Dios quiso
que la coronación se realizara y ella fue el augurio feliz de la
próxima liberación y reconquista de nuestra independencia, sin
lucha, odios ni rencores.
Eran las cinco de
la tarde de aquel esplendoroso 15 de agosto de 1922. Después de
recorrer las principales calles de la ciudad capital, la
procesión llegó al Baluarte “27 de Febrero” o del Conde. Miles
de manos aplaudían. Un cortejo que incluía obispos de las
diócesis vecinas, clero nacional, autoridades civiles, cuerpo
diplomático y consular, representaciones de los ayuntamientos de
la República, Junta Central Diocesana pro-Coronación,
asociaciones religiosas y miles de fieles, fue testigo de lo que
allí se realizó. Las manos temblorosas del anciano delegado
pontificio coronaron la imagen de Nuestra Señora de Altagracia
con una magnífica corona de oro y piedras preciosas. Los obispos
todos depusieron sus mitras postrados ante la Virgen. Se cantó
el Te Deum y el delegado dio a todos la bendición papal. Según
un cronista, “la naturaleza también estuvo de fiesta. En el
mismo momento que la corona descendía sobre la frente de la
dulce Madre, Reina de los cielos, en oriente se dibujaba un
hermoso arco iris, en tanto que el occidente luminosas nubes, de
variados tonos, parecían adornar con fantásticos cortinajes las
bóvedas del cielo”…
Y en aquel
ambiente de luz, cuando todos los corazones latían con el mismo
ritmo, el del amor a la Patria y a su Reina, una breve oración,
compuesta por Monseñor Nouel, el inmortal prelado altagraciano,
vino a sellar el pacto entre el pueblo dominicano y la Virgen.
Esa oración fue un verdadero acto de consagración de la
República Dominicana libre e independiente a la Virgen de
Altagracia, y las voces que la recitaron hicieron de ella un
voto en unánime plebiscito de amor y de adhesión: “Virgen
Santísima, Madre Nuestra de Altagracia, ampara y defiende al
católico Pueblo Dominicano, que hoy te corona y te proclama su
única Reina y Soberana”.
Mientras el pueblo
dominicano conserve su fe católica será siervo y vasallo de la
Virgen. Y mientras lo sea, continuará siendo dominicano. Si por
un imposible el pueblo dominicano dejara de amar a la Virgen de
Altagracia, dejaría, estamos seguros, de ser independiente y
soberano. La devoción a la Virgen de Altagracia es nuestra mayor
garantía de supervivencia como nación. Así lo ha demostrado la
historia. La Virgen nos ha salvado y continuará haciéndolo por
los siglos de los siglos.
Mucho se ha
hablado de la leyenda del naranjo de Higüey. Si no existió el
naranjo y si no floreció en azahares naturales de efímera
duración, sí ha existido el naranjo simbólico de la Virgen, que
ha producido en la realidad, produce y producirá innumerables
azahares espirituales, flores de gracias y favores que la Virgen
derrama a raudales sobre el pueblo que la ama y glorifica. En
Higüey, querido lector, por un designio amoroso de la
Providencia; por una elección bondadosa de la Virgen y por la
aceptación plena y fervorosa de su pueblo elegido, floreció,
florece y florecerá por siempre el naranjo…
TEXTOS
BIBLICOS PARA MEDITACION
“Entonces dijo
María:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,
porque se ha fijado en su humilde esclava.
Pues, mira, desde ahora me felicitarán todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho tanto por mí: él es santo
y su misericordia llega a sus fieles generación tras generación.
Su brazo
interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios,
derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los
hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide de
vacío. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose, como lo había
prometido a nuestros padres, de la misericordia a favor de
Abrahán y su descendencia, por siempre”. (Lucas 1,46-55).
***
“Estaban de pie
junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre,
María de Cleofás y María Magdalena. Al ver a su madre y a su
lado al discípulo a quien él quería, dijo Jesús: Mujer, mira a
tu hijo. Luego dijo al discípulo: Mira a tu madre. Y desde
aquella hora la acogió el discípulo en su casa”. (Juan
19,25-27).
***
“Apareció en el
cielo una magnífica señal: una mujer envuelta en el sol, con la
luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas”.
(Apocalipsis 12,1).
CAPITULO VIII
La Altagracia es un Misterio
Todo lo grande que
hay en el mundo es obra del Amor. Dios crea por amor; se encarna
por amor; redime por amor. El mismo es Amor (IA. Juan, 4,8).
Al conmemorar con
fe cristiana el 21 de enero, descubrimos nuevamente que Dios ha
actuado en el mundo movido por su Amor infinito; que decidió
salvar al género humano y que para ello se hizo uno de nosotros,
hasta ser el “Emmanuel” o Dios con nosotros.
La Altagracia es
un misterio. Un misterio de nuestra fe, que hay que aceptar como
se acepta todo misterio: con humildad y reconocimiento de la
Sabiduría y Poder de Dios.
¿Por qué la
Altagracia es un misterio? Porque en ella, como advocación
mariana, como revelación del momento más grande de la Historia
de la Salvación, que es la Encarnación del Verbo, se ponen de
relieve las riquezas incalculables del Amor infinito de Dios a
los hombres, amor que no se detiene hasta incorporar al hombre
mismo al proceso salvador.
María, con su
integración voluntaria a este proceso; con su entrega al
cumplimiento del plan de Dios; con su aceptación gozosa, aunque
sufriente, de la Maternidad divina, ha completado de modo
admirable el plan de la salvación.
Conforme al relato
de San Lucas, la Virgen María recibe la embajada del Ángel
Gabriel que la saluda como la “llena de gracia” o muy
favorecida, y le comunica el don inefable de ser escogida como
la Madre del Salvador. Ella misma no comprendía entonces el
significado de aquel saludo. El ángel descorre hasta donde era
posible el velo del misterio y ella descubre la grandeza de la
misión que se le confía: Llena de humildad la acepta por una
sola razón: esa misión viene de Dios y hay que cumplir su
Voluntad. (Lc. 1,26-38).
Por la aceptación
libre y voluntaria de la Virgen María, la humanidad ha tenido un
crecimiento. La carta de San Pablo a los Gálatas (4.) lo expresa
muy bien: “Mientras el heredero es niño, siendo el dueño de todo
no difiere del siervo, sino que está bajo tutores y
administradores… De igual modo nosotros… “Mas al llegar la
plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,
nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley
para que recibiésemos la adopción”.
En la Virgen
María, cuya alta gracia de ser la Madre del Salvador se
conmemora el 21 de enero en la República Dominicana, todo es
referido a Cristo como centro y todo depende de El. Dios Padre
la elige. El Espíritu Santo “la cubre con su sombra”. Y el Hijo
se hace hombre en sus entrañas. Con razón dijo ella de sí misma:
“ha hecho en mí maravillas el Poderoso”. (Lc. 1,49).
En La Altagracia,
expresión cabal del misterio de Cristo naciente, tenemos los
dominicanos un estímulo de fe, para creer en la grandeza
infinita del Poder de Dios. De esperanza, para mirar confiados
al futuro. De caridad, para sentirnos unidos en comunión
fraterna como nación cristiana.
Todo en ella es
comunicación de dones. El Padre que da al mundo al Hijo. El Hijo
que se ofrece por nosotros. El Espíritu Santo que reparte sus
gracias. María que en nombre de toda la Humanidad se ofrece
también a Dios por nuestra redención.
María, asumiendo
su misión de ser Madre de Dios entre los hombres; asumiéndola
con valor y con plena conciencia de que participa en la
redención asociada al sacrificio de Cristo, es la mujer liberada
por excelencia, que nos enseña a todos el camino de la verdadera
liberación: liberarse ante todo del pecado para ser libres de
sus consecuencias. |