No lo olvidemos. Ella protegida, es también Protectora. Ella santificada, es también santificadora. Ella liberada, es también liberadora.

Propio de cristianos en todo tiempo ha sido honrar a la Virgen María, el invocar su nombre, el proponerla como modelo de fidelidad a Dios. Ella fue la primera cristiana de la historia y de eso hemos de sacar provecho para nuestra propia vida.

En América el nombre santo de María aparece, descubierto hoy por la arqueología, en las inscripciones que navegantes nórdicos dejaron en las rocas de las costas de Groenlandia, mucho antes de la llegada de Colón. Todas nuestras naciones, cumpliendo la profecía de la misma Virgen, la han llamado “bienaventurada” y para alegría nuestra, la Altagracia es el primer título o advocación mariana que salió de labios de cristianos nativos del nuevo continente.

El 21 de enero marca para el pueblo católico de la República Dominicana la fecha de la exaltación de la que por mucha razones ese pueblo considera su Madre espiritual. Ella a su vez ofrece a sus hijos el don de la Paz, de la Paz de Belén, que fluye primero del espíritu, pero que supone un orden exterior fundado necesariamente en la Justicia.

Si algo nos pide a nosotros la Virgen hoy, es seguramente comunicar amor. Repartir amor a todos los niveles. De buenos a malos. De fuertes a débiles. De ricos a pobres. De sabios a ignorantes. De creyentes a ateos y también a la inversa. Que resplandezca el amor en las familias, en las comunidades, en los pueblos, en las naciones. Que el orden internacional sea más que palabras y que no brille en él –por su ausencia- la Justicia…

La Altagracia es misterio. Misterio de Amor. El fruto de ese misterio entre nosotros debiera ser la Paz que nace de la conciencia de ser hermanos en Cristo y en su Madre Santísima.

TEXTO BIBLICO PARA MEDITAR

“Quiero decir: mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia del esclavo, pues, aunque es dueño de todo, lo tienen bajo tutores y curadores, hasta la fecha fijada por su padre. Igual nosotros, cuando éramos menores estábamos esclavizados por lo elemental del mundo. Pero cuando se cumplió el plazo envió Dios a su hijo, nacido de mujer, sometido a la Ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para que recibiéramos la condición de hijos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios envió a su interior el Espíritu de su Hijo, que grita ¡Abba! ¡Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo eres también heredero, por obra de Dios”. (Gálatas 4,1-7).

CAPITULO IX
El Hogar de la Virgen

LA Virgen de Altagracia tiene su hogar en Higüey, el viejo pueblo que ha sido testigo de tantas muestras de fe privada y pública.

Higüey, geográficamente, es el primer pueblo de oriente a occidente en la isla que Colón, el Descubridor, llamó La Española. Fue primero la tierra de indios bravíos, que dejaron escrita una epopeya de valor. Después, al fundirse las nuevas razas con la aborigen, surge una comunidad cuyo vínculo de unión no es sólo la raza, sino la fe, el espíritu.

Simbólicamente, Higüey recibe los primeros rayos del sol entre todos los pueblos dominicanos y esto viene a ser como una señal de que desde allí ha de irradiar también la luz y el calor que irradia la presencia espiritual de la Virgen María.

La histórica villa fue fundada, como se sabe, por Don Juan de Esquivel, hacia el año 1505 ó 1506, fecha bien temprana de los días de la conquista de la isla por los españoles. Su primer nombre fue “Salvaleón de Higüey”, con título de Villa y escudo de armas al modo de la época y al igual que a otros pueblos de la isla que se iban fundando.

La pequeña aldea del principio situada más cerca de la costa sur, siempre en la margen del río Duey y pocos años después trasladada al sitio actual, más al centro de la isla, sobrevivió y creció. No se ha establecido si cuando se hizo el traslado ya estaba erigida la parroquia de Higüey, que lo fue en el año 1512, al mismo tiempo que se erigía la Catedral de Santo Domingo.

EL ANTIGUO SANTUARIO

El primer templo de Higüey, que se convirtió en santuario a partir de la llegada de la imagen sagrada de la Virgen, se construyó con madera del país, entonces muy abundante. Un incendio destruyó este templo en el que se congregaban ya los parroquianos y los peregrinos.

Entonces se comenzó la construcción del antiguo santuario y parroquia, de piedra y mampostería, que se conoce como “el viejo santuario” y que sigue siendo la sede de la parroquia de San Dionisio de Higüey.

El viejo santuario y parroquia es un templo que mueve a devoción y se tiene como una reliquia histórica conservada con amor, tanto por el pueblo de Higüey como por todo el pueblo dominicano. Tiene una sola nave sobria, con techo en forma de bóveda, sostenida por cinco arcos de elegante sencillez y robustez. La cúpula forma una media naranja completa y los arcos lucen incrustaciones de rosetones.

El antiguo altar mayor está compuesto de una mesa con frontal de plata labrada en orfebrería similar a la de la Catedral de Santo Domingo, lo que indica su procedencia de la misma época y escuela de artesanía colonial española. El retablo es una talla muy valiosa en madera de caoba dominicana. Es muy antiguo. En su centro se destaca el nicho que guardó por siglos la imagen altagraciana.

En el centro del altar, sobre la mesa y delante de la base del retablo, está lo que debe estar: el Sagrario, que es el verdadero centro de toda la vida cristiana, por contener en reserva el Cuerpo de Cristo, consagrado en la Santa Misa, para ser alimento del alma en los creyentes. No hay fe cristiana auténtica y verdadera donde no se venera con amor la Eucaristía, memorial de la Pasión del Señor y signo visible de la Nueva Alianza en la plenitud del Amor.

LA BASILICA, NUEVO SANTUARIO

Con la gran afluencia de peregrinos al viejo santuario, surgió naturalmente la idea de un templo que pudiera acoger digna y cómodamente a las multitudes de creyentes. La idea tomó cuerpo y tuvo como promotor más señalado a un sacerdote piadoso y dinámico que la impulsó hasta llevarla a término dentro de los condicionamientos históricos en que debió vivir la nación a lo largo de los últimos cincuenta años a partir de 1930. Ese sacerdote fue Monseñor Eliseo Pérez Sánchez, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santo Domingo (1934-1935) y más tarde Vicario General del Arzobispado hasta su muerte a edad avanzada. Monseñor Pérez Sánchez, llamado generalmente “el Padre Pérez”, lanzó la idea en la prensa dominicana en octubre de 1943.

Más que los recursos materiales, hicieron posible la construcción del nuevo templo el empeño del sacerdote y el amor indiscutido del pueblo dominicano a la Virgen, incluyendo en este pueblo a prelados, sacerdotes, religiosos, autoridades civiles y militares y agentes de todos los estratos sociales, económicos y culturales.

Acogida la idea por la Iglesia y el Estado, se constituyeron la “Junta Nacional Erectora” y la “Junta Nacional Colectora”, encargada la primera de la parte técnica y administrativa y la segunda de la recaudación de fondos para la obra.

El proyecto de construcción del templo fue sometido a un concurso internacional en el que presentaron planos y proyectos arquitectos de doce países. Después de minucioso estudio, el jurado seleccionó y premió el que presentaron dos arquitectos franceses: A. Dunoyer de Segonzac y Pierre Dupré, con oficinas en Marsella.

La primera piedra de la Basílica fue bendecida por el entonces Arzobispo Coadjutor de Santo Domingo, más tarde Arzobispo y Cardenal, Don Octavio A. Beras Rojas, el 5 de octubre de 1954, en presencia del clero, autoridades y pueblo en general.

El templo está edificado sobre un área de 4,680 metros cuadrados. Es de estilo moderno y líneas audaces de observación y estudio dentro de la arquitectura de este siglo.

El arco principal del templo, arco señal, se eleva a 80 metros y a distancia parece el contorno de una gran imagen de la Virgen María. El interior consta de una nave principal y crucero cubiertos por un conjunto de bóvedas majestuosamente escalonadas. Las columnas semejan las alas de grandes aviones. Algo verdaderamente creativo en la arquitectura.

El prebisterio y altar están adentrados hacia el centro del crucero, lo que resulta muy de acuerdo con la liturgia hoy, que supone la participación activa de la comunidad eclesial.

Las capillas de las naves laterales, frente al presbiterio, están destinadas, en principio, a celebraciones litúrgicas con menor asistencia de fieles, y detrás del presbiterio se encuentra “el camarín de la virgen”, donde se expone la imagen y más atrás la capilla para la reserva del Santísimo Sacramento.

El cuadro de la Virgen se expone al homenaje y veneración de los fieles en un relato nuevo, labrado en caoba del país; una artística obra del escultor Antonio Prast Ventós.

La belleza arquitectónica del templo está realzada por modernos vitrales confeccionados en Francia y por dos grandes pinturas del muralista José Vela Zanetti.

El templo tiene capacidad para 3,000 personas y en su exterior hay amplias galerías cubiertas por paraboloides, que pueden proteger del sol y de la lluvia a los peregrinos. El conjunto del templo, atrio, pórtico, sacristía, casa rectoral, patio y jardines abarca un área de 40,000 metros cuadrados.

Un moderno carrillón, fabricado en Francia, fue instalado a modo de campanas para convocar a los fieles, por diligencias del Arzobispo-obispo de la Altagracia, Don Hugo E. Polanco Brito, en años recientes.

La dedicación y consagración del templo se realizó por etapas: El altar principal fue consagrado antes de la terminación del templo, como uno de los actos del Congreso Mariológico y Mariano Internacional, el 24 de marzo de 1965, por el legado de Su santidad Paulo VI, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, arzobispo de Santiago de Chile.

Por la importancia del templo y por su valor artístico-religioso, el Gobierno Nacional, por Ley No. 32, del 12 de octubre de 1970, lo declaró “Monumento Nacional”.

El Papa Pablo VI le concedió el título de “Basílica Menor”, por Breve Pontificio del 17 de diciembre del mismo año.

La inauguración formal del templo se realizó el 21 de enero del año 1971, con asistencia del Gobierno Nacional en pleno, de todos los obispos del país y numerosos prelados y sacerdotes invitados de diversos países, presidiendo la ceremonia el legado de S.S. Pablo VI, el Cardenal José Humberto Quintero, Arzobispo de Caracas, Venezuela.

La diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia, erigida ya desde el 1 de abril de 1959, estuvo representada por su primer obispo, Juan F. Pepén, nativo de Higüey, por su clero, comunidades de religiosos y miles de fieles de las diversas parroquias que ese día se dieron cita en el nuevo Santuario.

La consagración litúrgica del templo, de acuerdo con el ritual propio, se realizó al año siguiente, en fecha 15 de agosto de 1972.

Cincuentario de la coronación, presidida por el Nuncio Apostólico, Mons. Luciano Storero, con asistencia del Arzobispo de Santo Domingo y Primado de América, Don Octavio A. Beras, de los obispos del país, prelados invitados y miles de peregrinos.

Por diligencias del segundo obispo de La Altagracia, Monseñor Hugo E. Polanco, la imagen de la Virgen, deteriorada por el tiempo y los elementos del medio ambiente, fue restaurada a su belleza original. Una experta española, María Dolores Fuster, cuyo servicio fue ofrecido generosamente por el Ministerio de Cultura de España, realizó el trabajo en el mismo Santuario y la Virgen retornó a su lugar habitual el 18 de junio de 1978. El trabajo de restauración había comenzado el 20 de abril del mismo año.

La imagen y el bello templo son una muestra conjunta de la relación entre la religión y el arte, relación que se manifiesta muy frecuentemente. ¿Por qué? Seguramente porque ambos tienen la misma fuente: Dios que actúa en las almas con su divina inspiración.

En particular, la Basílica de Higüey es un templo monumental que representa mucho para el pueblo dominicano que lo ofreció como un regalo especial a la Virgen María bajo la advocación de la Altagracia.

TEXTOS BIBLICOS PARA MEDITAR

“Se sentó enfrente de la sala del Tesoro, y observada cómo la gente iba echando dinero en la caja; muchos ricos echaban en cantidad. Se acercó una viuda pobre y echó unos centavos. Llamando a sus discípulos, les dijo: Esa viuda, que es pobre, ha echado en la caja más que nadie, se lo aseguro. Porque todos han echado de lo que les sobra, mientras que ella ha echado de lo que le hace falta, todo lo que tenía para vivir”. (Marcos 12,41-44).

(Véase también Lucas 21,1).

***

“Apareció en el cielo una magnífica señal: una mujer envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas”. (Apocalipsis 12,1).

CAPITULO X
Nueva Corona

LA visita del Papa Juan Pablo II a la República Dominicana, los días 25 y 26 de enero del 1979, es el acontecimiento eclesial más notable de toda la historia dominicana desde el descubrimiento de América.

El Papa tuvo muy en cuenta, al aceptar la invitación de los obispos de la Conferencia del Episcopado Dominicano y del Gobierno Nacional, un hecho particular: Santo Domingo fue el primer centro de evangelización en el Nuevo Mundo, la primera iglesia de América, la Primada.

En el equipaje del Papa viajero venían, escritos ya, los discursos, homilías y mensajes que como cabeza visible y maestro universal de la Iglesia iba a dirigir a los pueblos cristianos de la República Dominicana, de México y de toda América Latina, representada en las personas de los obispos convocados en la Conferencia de Puebla.

Pero además de sus palabras escritas, en el equipaje del Papa venía una diadema, una sencilla corona, ¿para quién? para la Reina y Madre de los dominicanos, que sería coronada como tal por segunda vez. Esta vez por el Papa en persona.

Día memorable éste, 25 de enero de 1979, en el cual el Santo Padre, al concluir la Concelebración Eucarística en la Plaza de la Independencia de la ciudad de Santo Domingo, ante centenares de miles de fieles de la República Dominicana y de varios países extranjeros, colocó sobre la venerada imagen de Higüey la corona que su amor y devoción personal a la Virgen María encargó confeccionar al preparar su primer viaje apostólico fuera de Roma. ¿Quién hubiera podido profetizarlo? Santo Domingo fue el primer país visitado por Juan Pablo II después de su elección al oficio de Sucesor de pedro y la Virgen de Altagracia fue la primera advocación en recibir su homenaje fuera de Italia.

Sus palabras deben quedar grabadas, no sólo en piedra o bronce, sino en la memoria y el corazón de los católicos dominicanos: “Amados hijos: termino exhortándoos a ser siempre dignos de la fe recibida. Amad a Cristo, amad al hombre por EL y vivid la devoción a nuestra querida Madre del cielo, a quien invocáis con el hermoso nombre de Nuestra Señora de la Altagracia, a la que el Papa quiere dejar como homenaje una diadema. Ella os ayude a caminar hacia Cristo, conservando y desarrollando en plenitud la semilla plantada por vuestros primeros evangelizadores. Es lo que el Papa espera de todos vosotros. De vosotros hijos de Cuba aquí presentes, de Jamaica, de Curazao y Antillas, de Haití, de Venezuela y Estados Unidos. Sobre todo de vosotros, hijos de la tierra dominicana. Así sea”.

Al igual que la corona que sobre el venerado cuadro colocó un legado del Papa Benedicto XV el 15 de agosto de 1922, la diadema que el Papa Juan Pablo II ofrendió a la Virgen de Altagracia en su visita tiene un alto significado. La Virgen, en sí, no necesita joyas. Ella es la más grande y bella joya. La Virgen, bien considerado, no necesita adorno. Ella misma es el más hermoso adorno de tierra y cielo. Lo que sí no se puede dejar de recordar es que para la Madre de Dios y Madre de los hombres, el mejor adorno son sus buenos hijos.

Su Hijo, el Hijo de Dios, es Cristo y Cristo es su mejor corona y su mejor adorno. Y después de El, nosotros los redimidos por El, es decir la humanidad entera, particularmente los bautizados, siendo fieles a nuestro bautismo, que nos ha incorporado a la vida de Cristo.

En vano haríamos ofrendas de oro y plata, si nuestros corazones estuvieran vacíos de amor, de fe y de la gracia operante y activa del Espíritu Santo.

Coronar a la Virgen es comenzar a caminar con ella. Incorporarse a su Reino de Amor y de Paz. Tomar un puesto de responsabilidad en la extensión de ese Reino.

Los tiempos en que vivimos reclaman ante todo sinceridad y valentía en la fe. No se puede vivir en doblez, honrando a Dios y a la Madre Santísima de su Hijo y al mismo tiempo deshonrándoles con una vida de desorden y de pecado. Ser o no ser, es algo que debe ser definido en nosotros.

Para ser corona aceptable a la Virgen, hemos de estar adornados, no con oro ni con joyas ni con dinero, sino con virtudes.

Con las virtudes naturales de la honradez, veracidad, servicialidad, trabajo, respeto a los demás y todas las virtudes que debe tener un buen ciudadano.

Y como cristianos, con las virtudes sobrenaturales, comenzando por las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que tienen a Dios por objeto. Seguidas de las virtudes cardinales o fundamentales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que son tan necesarias en nuestras relaciones humanas.

Y con las virtudes que no pueden faltar como fruto de nuestra vida en estado de gracia y amistad con Dios: humildad, desprendimiento, castidad, paciencia, sobriedad, generosidad, diligencia.

Cuando los cristianos no reflejamos en nuestra vida la fe que profesamos, hacemos más daño que bien al decir que somos “católicos y muy devotos de la Virgen”.

La Virgen maría, como su Hijo Jesús, podría decirnos: “este pueblo sólo me honra con los labios”. Desde luego que esto no se refiere a nuestra oración sincera, la cual no pude faltar. Pero tenemos que honrar a Dios y a la Virgen no sólo con los labios. No sólo con coronas, velas, flores y otros donativos materiales, sino con nuestras buenas obras.

Y cuando oramos a la Virgen hay una forma de hacer oración recomendada por la Iglesia; oración bíblica, fundada en la meditación de los principales misterios, formada por el Padre Nuestro y el Ave María, que son oraciones tomadas del Evangelio. Esa forma de oración es el Santo Rosario, que quiere decir “corona de rosas”.

Seamos corona de la Virgen María. Así también reinaremos con ella en esta vida y en la eterna gloria.

TEXTOS BIBLICOS PARA MEDITAR

“A los extranjeros que se hayan dado al Señor, para servirlo, para amar al Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveren en mi alianza, los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y a mi casa la llamarán todos los pueblos Casa de Oración”. (Isaías 56,6-7).

***

“Jesús entró en el templo y se puso a echar a todos los que vendían y compraban allí. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, diciéndoles: Escrito está: “Mi casa será casa de oración”, pero ustedes la convierten en una cueva de bandidos”. (Mateo 21,12-13). (Véase también: Lucas 19,45-46).

 

Un Canto a la Virgen 

Luna radiante, luna de enero,
dile a la Virgen que yo la quiero.

Habla a la Virgen que yo venero
Y dile siempre que en ella espero.
Dile que acepte mi corazón
contrito, amante, simple y sincero,
símbolo vivo, que entrego entero,
hecho regalo, hecho oración.

Luna radiante, luna de enero,
dile a la Virgen que yo la quiero.

Cuántas bellezas en lontananza,
cuántos destellos de luz alcanza,
un alma llena de devoción.
Tú eres la fuente de mi esperanza.
En ti yo he puesto, sí, mi confianza
de alcanzar, Madre, la salvación.

Luna radiante, luna de enero,
dile a la Virgen que yo la quiero.

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