Evangelizando Con Poder

 

Por: Carlos E. Mesía Nieto

Todo empezó con la GRAN COMISIÓN que Jesús encargó a sus discípulos, como un mandato divino (no es potestativo) (Mt 28, 19-20):

“Vayan, pues, a las gentes de todos las naciones y háganlos mis discípulos; bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Este fue el mandato divino al que Jesús quiso poner énfasis en sus últimas palabras cuando ascendió al cielo. Lo primero que hace un discípulo enseñar a obedecer la Palabra de Dios y la última orden, fue justamente “hacer discípulos”, que por el énfasis puesto se constituye en orden de primera prioridad. Para esto Jesús advierte que la única manera de ser sus amigos es obedeciéndole en lo que él manda a través de su Palabra (Jn 15, 14)

Asimismo, en el texto leído del Evangelio de San Mateo; Jesús te deja la más grande y hermosa profecía de todos lo tiempos; la mejor noticia jamás dada a toda la humanidad, especialmente una excelente noticia parta ti que te dice: “Yo estaré contigo siempre, a diario y en forma cotidiana”.

Dios se queda contigo en ESPÍRITU y en VERDAD (Ef 1, 13).

EN ESPÍRITU

En el Evangelio según San Juan Jesús resucitado promete pedir al Padre que nos mande al Paráclito:

“Pero, el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre va a enviar en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14, 26)

Así también San Marcos (16, 17-18) hace referencia a esta gran promesa, hoy en día cumplida ya:

“Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes; y si beben algo venenoso, no les hará daño; además pondrán las manos sobre los enfermos y estos sanarán”.

Por su parte San Lucas (24,29), también habla sobre el particular:

“Y yo les enviaré sobre ustedes lo que mi Padre prometió. Pero ustedes quédense aquí, en la ciudad de Jerusalén, hasta que reciban el poder que viene del cielo”.

A ti te corresponden obedecer y quedarte en tu comunidad, allí es donde se recibe el Espíritu Santo; no es en forma individual, ni en otro lugar, sino en tu iglesia, en tu comunicad, allí está el Tabor donde se experimenta a Jesús transfigurado, allí está el Cenáculo donde ser recibe el gran poder de lo alto. Los grandes predicadores llenos del gran poder del cielo se hacen y salen de la comunidad, allí es donde se forjan. No puede existir evangelizador sin comunidad de amor que lo respalde.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 8), San Lucas continúa hablando sobre el “Gran Poder” que recibieron los discípulos de Jesús para predicar su Palabra:

“Pero cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y Samaria, y hasta las partes más lejanas de la tierra”.

La promesa del Padre se cumplió aquel día glorioso de Pentecostés, cuando los ciento veinte discípulos de Jesús reunidos en oración, conjuntamente con María, la madre de Jesús, se encontraban en el Cenáculo (Hch 1,14), el mismo lugar donde se llevó a cabo la última cena (primera eucaristía) Aquellos discípulos reunidos en oración recibieron LA FUERZA DE LO ALTO, que de los llevó a la acción inmediata: predicar con el gran poder del Espíritu el nombre poderoso de Jesús, único nombre que transforma, que cambia, que convierte, que cuestiona y aflige los corazones:

“Cuando los allí reunidos oyeron esto, se afligieron profundamente y preguntaron a Pedro y a los otros apóstoles: ¿qué debemos hacer?” (Hch 2, 37).

Un gran poder que no viene de la opulencia material, no de la temporalidad del oro o del dinero, sino que viene de lo alto y es Espíritu. Un poder capaza de sanar enfermos con una simple y fraternal imposición de manos:

“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hch 3,6).

La pregunta aquí es: ¿Es esto solamente una metáfora o parábola, es decir solo una simple narración donde la enseñanza es que Dios puede sanar si se lo pedimos con fe? Pero que al fin y al cabo no sucedió exactamente así, al igual que las tantas parábolas que nos enseñó Jesús que no eran sino cuentitos con una enseñanza. Al igual que la sanación del paralítico Eneas (Hch 9,34) y tantas otras demostraciones del poder del Espíritu Santo.

Si fue cierto el gran poder del Espíritu manifestado en señales prodigiosas cuando los apóstoles anunciaban a Jesús Salvador, entonces debemos tener en cuenta que nosotros hemos heredado la Iglesia Apostólica, y el mismo Espíritu de gran poder se nos ha concedido; entonces las señales tienen que darse cuando se predica el Evangelio de la salvación personificado en Jesús.

El poder de Dios siempre acompañó a los apóstoles, mejor dicho, siegue acompañando a los apóstoles de Jesús, cuando anuncian la resurrección y salvación traída por Jesús:

“...anunciándoles la buena noticia acerca de Jesús, el Señor. El poder del Señor estaba con ellos...” (Hch 11, 20b-21a)

Pentecostés se hizo para la evangelización y para la evangelización se requiere de un Pentecostés. Anuncio con señales y señales durante el anuncio. Es un binomio inseparable que si falta alguno de los dos no es “Palabra de Dios”. Todo texto sacado de su contexto solamente es un buen pretexto y la Palabra de Dios es clara sin nada de metafórico, ni fundamentalismo, ni iluminismo:

“Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre...” (Mc 16, 17).

“Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo vino sobre todos los que escuchaban el mensaje” (Hch 10, 44) Es el Espíritu Santo el que guía y dirige la Evangelización: “El Espíritu dijo a Felipe...” (Hch 8, 29); “Y con la ayuda del Espíritu Santo, iba aumentando el número...” (Hch 9, 31b); “El Espíritu Santo dijo...” (Hch 13, 2); “Enviado por el Espíritu Santo” (Hch 13, 4) Y donde está el Espíritu Santo tiene que haber señales que confirmen el testimonio:

“Y el Señor confirmaba lo que ellos decían del Amor de Dios, dándoles poder para hacer señales y milagros” (Hch 14, 3b).

Esta es la iglesia apostólica desde sus inicios; esta es la iglesia apostólica de hoy; es el mismo Espíritu; es el mismo Jesús de ayer, de hoy y de siempre (Hb. 13, 8) Es la misma fe lograda con el propio testimonio:

“Los apóstoles seguían dando poderoso testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hch 4, 33).

EN VERDAD

El signo sensible del cumplimiento de la profecía de Jesús de estar contigo, y conmigo, cotidianamente, es la Eucaristía. Allí es donde se reconoce la presencia de Jesús:

“Jesús entró, pues, para quedarse con ellos. Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomo en sus manos el pan, y habiendo dado las gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció” Lc 24, 29c-31).

Es en la Eucaristía donde Jesús entra para quedarse contigo en verdad; en el texto bíblico desaparece porque se queda en el pan de la Eucaristía. Si Jesús en la última cena, aun vivo entre nosotros, instaura la Eucaristía entre sus doce conocidos discípulos (y apóstoles), en la primera Eucaristía de Jesús resucitado se entrega al discípulo desconocido, común y corriente, es decir a todo discípulo necesitado de Dios que le pide a Jesús:

“Quédate con nosotros, porque ya es tarde” (Lc 24, 29).

Es en la Eucaristía don Jesús te toma en sus manos para moldearte a su imagen y semejanza; es allí donde te bendice con su Palabra de salvación y te transforma con su bendición. Alí es donde te parte para purificarte y después te reparte para que alcances para todos y seas comido por todos como parte del cuerpo de Cristo, porque tú eres la ofrenda limpia y sin mancha (Rm 12, 1) purificada con la sangre del cordero. No hay otro culto, tú eres el cordero inmolado.

Hagan esto en memoria mía. Hagan discípulos en memoria mía como yo le ordené. Hagan maravillas, señales y prodigios en memoria mía. Esa es la orden para los amigos de Jesús en cada Eucaristía.

BIBLIOGRAFÍA

  • LA BIBLIA DE ESTUDIO: DIOS HABLA HOY.

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