Había un hombre serrando
árboles en un bosque.
Trabajaba con mucho
entusiasmo y esfuerzo, sin
embargo, se angustiaba por
el bajo rendimiento que
obtenía de su prolongado
esfuerzo. Cada día le
llevaba más tiempo acabar su
tarea, de modo que con
frecuencia le sorprendía la
noche cuando aún le quedan
bastantes troncos por
serrar.
En su afán por trabajar cada
día más, no se daba cuenta
de que esa lentitud se debía
a que filo de la sierra que
usaba estaba muy desgastado.
Un buen día se le acercó un
compañero y le preguntó:
- Oye, ¿cuánto tiempo llevas
intentando cortar ese árbol?
- Más de dos horas.
- Es raro que lleves tanto
tiempo si trabajas a ese
ritmo..., ¿por qué no
descansas un momento y
afilas la sierra?
- No puedo parar, llevo
mucho retraso.
- Pero luego irás más
deprisa y pronto recuperarás
los pocos minutos que supone
afilar la sierra.
- Lo siento, pero tengo
mucho trabajo pendiente y no
puedo perder ni un minuto.-
Y así concluyó aquella
conversación.
Esta historia me hizo
recordar a una persona que
conocí hace algunos años.
Era un empresario que tenía
mucho éxito, un buen coche,
una casa muy hermosa, una
esposa excelente y tres
hijos estupendos. Pero
desafortunadamente, con
frecuencia le veía
angustiado por su trabajo y
no podía dedicar mucho
tiempo a su familia. Era una
persona muy responsable y
dedicada; pasaba jornadas
enteras trabajando. Creo que
la principal motivación de
su trabajo era dar lo mejor
a su esposa y a sus hijos.
Poco a poco, fueron
surgiendo problemas con su
esposa, no había mucha
comunicación entre los dos.
Con frecuencia, llegaba muy
cansado a su casa y ya no
tenía ganas ni para hablar
con sus esposa. A sus hijos
los veía a penas en algunos
momentos durante el día,
dado que muchas veces ya
dormían cuando llegaba a
casa por lo intenso del
trabajo.
Cuando cumplió 50 años, por
fin podía disponer de tiempo
libre. Su empresa gozaba de
una buen equipo de trabajo y
no era necesario dedicarle
tanto tiempo como antes. Sus
hijos ya se habían casado y
por razones de trabajo y
estudio se fueron a vivir al
extranjero. Apenas los podía
ver una o dos veces al año.
Hacía algunos años que su
mujer lo había abandonado
por falta de comunicación y
entendimiento. Al final de
su vida cayó en una profunda
crisis y depresión, se
sentía angustiado.
Ciertamente era un hombre
rico, había triunfado en su
empresa gracias a su
extraordinaria capacidad de
trabajo; pero perdió su
principal riqueza que era su
familia.
Creo que a este buen hombre
le pasó lo mismo que al
serrador: olvidó lo
fundamental, a su familia.
Se le olvidó afilar bien la
sierra; tener siempre
presente la verdadera
motivación de su trabajo.
Muchas veces nos puede pasar
lo mismo por tener la buena
voluntad de ser
responsables, cumplidores.
Podemos caer en el riesgo de
perdernos en las cosas que
hacemos y olvidamos del por
qué las hacemos. Que fácil
es decir que no tenemos
tiempo. Tenemos tantas cosas
que hacer.
¡Vence el mal con el
bien!