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Jesús tuvo muchas oportunidades de conocer y encontrarse con
la gente mientras predicaba.
Muchos venían a Jesús en busca de alguna curación, como el
leproso, que, arrodillándose delante suyo, le dijo: "Señor, si
quieres, tú puedes limpiarme" (Mt 8, 2), o el ciego de Jericó,
quien al enterarse de que Jesús estaba pasando por allí, gritó
sin parar: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10,
48).
Otros, en cambio, buscaban encontrar algo en Él que quizás no
sabían explicar. Así, el pequeño Zaqueo "quería conocer a Jesús"
(Lc 19, 3), y con firme decisión subió a un árbol para poder
verlo, pues el gentío lo tapaba y no se lo permitía.
A lo largo del tiempo, todos nos hemos encontrado con Jesús
en el camino, y podemos decir que tuvimos, una o mil veces, la
oportunidad de conocerle. ¿Cuál es tu caso? ¿Lo andas buscando,
o te has topado con Él sin quererlo?
Pues cualquiera que sea tu realidad particular, estás hoy
ante la gran decisión de tu vida: "Mira, yo pongo hoy ante ti
vida y felicidad, muerte y desgracia... Te pongo delante vida o
muerte, bendición o maldición. Escoge la vida" (Dt 30, 15.19).
Si vienes a Él movido por una situación difícil, debes saber
que Jesús te quiere ayudar y darle a tu vida el sentido que
puede estar necesitando.
Si lo que te acerca a Cristo es una circunstancia favorable,
comparte esa felicidad con quien más te ama, y descubrirás que
la fuente de esa bendición es Cristo mismo.
En uno u otro caso, hay Verdades Fundamentales que todo
cristiano debe conocer. Éstas son:
1. DIOS TE AMA
 Sí,
y lo hace de una manera personal, incondicional y,
además, quiere lo mejor para ti. Para el Señor, el amor
es darse, y darse totalmente, hasta el punto de dar la
propia vida por sus amigos, que es la forma más perfecta
de amar (Cf. Jn 15, 13).
Él nos amó hasta el extremo (Jn 13, 1). Él no te ama
porque seas bueno, sino porque Él es bueno, y Él es
AMOR:
«El
que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Juan
4, 8).
El amor de Dios no te
pone condiciones; por ello, Él ni siquiera te pide que
primero lo ames, sino que te dejes amar por Él. ¿Lo
harás?
2. ERES PECADOR, Y ESE PECADO TE ALEJA DE DIOS
 Pecamos porque
no confiamos en Dios ni queremos depender de Él, y este
pecado nos impide experimentar Su amor. En vez de adorar
al Dios verdadero, adoramos ídolos que terminaron por
empobrecernos. Estos ídolos eran obras de nuestras
manos, de nuestra inteligencia y técnica, que nos
llenaron de orgullo, y las adoramos. En fin, nos
adoramos de esa forma a nosotros mismos, siendo infieles
a la alianza de amor con Dios.
En Dios encontramos a ese Padre bondadoso que está
esperando con los brazos abiertos nuestro retorno a la
casa paterna a través de la conversión. Pero para ello
es necesario el arrepentimiento de nuestra parte. Ese
arrepentimiento no sólo es fundamental para el hombre,
sino un mandato de Dios. Por ello, reconoce humildemente
tu pecado:
«...todos han pecado y están lejos de la presencia
gloriosa de Dios» (Romanos 3, 23).
3. JESÚS ES TU ÚNICO SALVADOR
La solución para el pecador es
Jesucristo. Él es el único que puede salvarte:
«Para los hombres de toda la tierra no hay otro Nombre
por el que podamos ser salvados» (Hechos 4, 12).
Jesús te salva y perdona; ya pagó el saldo pendiente al
precio de su sangre. Jesús nos salva –es decir, nos hace
libres– de nuestros temores, de nuestro egoísmo, de ese
Yo que nunca está satisfecho y pide cada vez más.
Jesús nos salva
además del mundo de las apariencias y la mentira en que
muchas veces vivimos, y que nos obliga a llevar siempre
máscaras puestas: máscara de ser fuertes, exitosos,
felices, alegres, santos, ejemplares... Nos salva
también Jesús de nuestra vida sin sentido, sin límites,
sin dignidad, dominada por el deseo de placer, de
acumular poder y dinero.
Pero no sólo son las ataduras personales y terrenales
las que nos afectan. Jesús, a través de su muerte en la
cruz y de su gloriosa resurrección, venció a los
enemigos más terribles que tenemos: el pecado, la muerte
y Satanás.
4.
ACEPTA LA SALVACIÓN QUE TE OFRECE CRISTO
Cree y
conviértete. Jesús ya ganó la nueva vida para ti.
Entonces, recíbela creyendo y volviéndote a Él. La Fe es
creer en Alguien, en una Persona, que es Jesús. Por
ello, PROCÁMALO COMO TU ÚNICO SALVADOR y renuncia a
cualquier otro medio de salvación:
«Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu
corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la
salvación. Pues con el corazón se cree para alcanzar la
justicia, y con la boca se reconoce a Jesucristo para
alcanzar la salvación» (Romanos 10, 9–10).
Arriesgarse a ser libre requiere valor, es un acto de
fe, pues es mucho más fácil seguir siendo un esclavo
de los demás y de las propias ataduras que nos dominan.
Pero no busques lo más fácil...
Por nuestro Bautismo, todos recibimos nuestro “boleto
ganador” del Gran Premio de la Salvación. Pero si no lo
reclamas, ese premio nunca será tuyo.
5. LA PROMESA ES PARA TI

La
salvación de Jesús se hace presente por medio de su
Espíritu. Con su fuerza, serás su testigo:
«Recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga
sobre ustedes, y serán mis testigos... hasta los
extremos de la tierra» (Hechos 1, 8).
Entonces, pide y recibe el don del Espíritu Santo.
No basta con saber que necesitamos del Espíritu Santo.
Tenemos que beber de él. Tiene que ocurrirnos algo, un
acontecimiento renovador que nos haga despertar, que
inflame nuestra alma de un amor ardiente y nos convierta
en esa luz para el mundo que Cristo espera que seamos
(cf. Mt 5, 14). Tiene que ocurrirnos lo mismo que a los
apóstoles. Tenemos que vivir nuestro “pentecostés
personal”.
Esta es la experiencia que llamamos efusión o bautismo
en el Espíritu, mediante la cual se libera en nosotros
el Espíritu Santo recibido en nuestro bautismo
sacramental, y que por descuido y falta de interés de
nuestra parte ha permanecido durante mucho tiempo
limitado y sin poder ejercer su acción libremente en
nosotros. Como producto de este encuentro nuevo, vivo y
palpitante con Cristo muerto y resucitado, nos abrimos
totalmente a la persona del Espíritu Santo y a su acción
en nuestro ser.
Es una verdadera renovación interior que se traduce en
un cambio exterior, y que nos mueve a comunicar esta
maravillosa experiencia a los demás, como quien pasa a
otro una antorcha encendida. La experiencia de la
efusión del Espíritu es un verdadero despertar a la
vida, el inicio de nuestra vida nueva en el Espíritu.
6. JESÚS ESTÁ EN TU COMUNIDAD
No basta nacer de
nuevo, hay que crecer en la Vida nueva. Necesitas por
ello integrarte a una comunidad cristiana que alimente
tu fe. Cristo está en tu hermano. Por ello, persevera en
tu grupo de oración o comunidad. Sobre todo en esta
etapa inicial de tu nueva vida en Cristo, es fundamental
que te congregues con otros hermanos con quienes puedas
compartir tu fe:
«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar
es parte de él» (1 Corintios 12, 27).
Reflexiona sobre tu compromiso
con nuestra Iglesia, y bendice al Señor desde lo más
profundo de tu ser, has sido incorporado mediante el
bautismo a la única Iglesia de Cristo, la Iglesia
Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él (Lumen gentium 8).
Si tú has encontrado a Cristo en tu Iglesia, si has
hallado el camino de salvación, de libertad y de vida
eterna en ella, ama a tu Iglesia, identifícate con ella,
defiéndela y contribuye a mejorarla con tu aporte, que
será tu servicio.
Y AHORA, ¿QUÉ DEBES HACER?
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Ora todos los días, sobre todo mediante la alabanza.
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Lee asiduamente la Palabra de Dios.
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Frecuenta los sacramentos. Asiste con fervor a la
Eucaristía dominical.
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Persevera en tu comunidad.
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